Querido diario,
Hoy necesito desahogarme y ordenar mis pensamientos. Todo comenzó hace años, cuando mi hermano Álvaro terminó la universidad y se mudó a Sevilla por trabajo. Su idea era clara: pasar solo un año allí, ahorrar euros y regresar a Valladolid para comprarse un piso. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Allí, conoció a una chica, se enamoró y, finalmente, decidieron casarse. Y así, Álvaro se quedó a vivir en el sur.
Nunca llegamos a conocer bien a su esposa, Camino. Por casualidades de la vida, en la época de su boda yo estaba embarazadísima, a punto de dar a luz. Decidimos que era más prudente que no me moviera de casa. Mi padre, por su parte, tampoco pudo pedir días libres en el trabajo. Así que sólo fue mi madre al enlace, brevemente, porque Camino y Álvaro partieron de luna de miel poco después. Mi madre decía que la chica era guapa, sonriente y maja, pero ningún contacto especial surgió entre ellas. Volvió al cabo de unos días, y así pasaron los años sin que aquí nadie tratara realmente a mi cuñada.
Este año, sin embargo, Álvaro nos sorprendió con unas noticias estupendas: había planeado un viaje largo, haciendo varias paradas. Primero, vendrían a nuestra casa, luego a la boda de una amiga suya, después asistirían a una reunión de antiguos alumnos, más tarde se encontrarían con los padres de Camino en la playa de Sanlúcar y, al final, retornarían a su casa en Sevilla. Iban a quedarse con nosotros dos días. No pensé que hubiera problema, aunque nuestro piso es pequeño. Hablé con mi suegra y nos dejó dormir en su casa de campo, a las afueras. El sitio no estaba recién reformado, pero era perfectamente habitable y acogedor.
El día de su llegada estaba de muy buen humor, emocionada de verles por fin. Pero en cuanto llegaron, empezaron los líos. Nada más presentarnos, Camino no paró de quejarse: que si el viaje había sido caluroso y ruidoso, que si estaba incómoda, que menuda paliza…
Al llegar al chalé, les hice una visita guiada. Recuerdo la cara de Camino al ver el baño y la ducha; parecía que le hubiera besado un mendigo. Llevó a Álvaro aparte, cuchichearon mucho y, al cabo de un rato, mi hermano le dijo a mi marido que si podíamos llevarles de vuelta al centro. Camino insistió en que ella no pensaba ni rozar esa ducha. Fuimos a nuestra casa, se duchó, se maquilló y finalmente volvimos.
Ni hablar de la comida. Habíamos preparado lo mejor que sabíamos: embutidos, pan de pueblo, tortillas, jamón ibérico… Pero nada le convencía: si no era el gluten, era la grasa o vaya usted a saber qué. Solo aceptó tomar las verduras y, aún así, se las miraba como si fueran veneno.
A la hora de dormir, tampoco quería quedarse en el cuarto que preparamos para ellos, así que volvimos todos de nuevo a Valladolid. Al día siguiente, durante el paseo por la ciudad, estaba incluso más caprichosa que mi hijo de tres años: que si tenía calor, que le dolían los pies, que estaba aburrida…
La verdad es que, cuando se despidieron, sentí alivio. Sigo preguntándome cómo es capaz mi hermano de convivir con una persona así. En tan solo dos días, mi cuñada nos dejó exhaustos. Después de esto, no puedo evitar darle vueltas: ¿será siempre así o simplemente no tiene ganas de conocer a la familia?





