Mi hermano llevaba cinco años casado, pero nunca habíamos conocido a su esposa. Así que me dijo que vendría a pasar dos días conmigo junto a ella. Vinieron, y yo no podía soportar a esa mujer.

Mi hermano, Javier, después de terminar la carrera universitaria, se mudó a otra ciudad lejana por motivos de trabajo. En un principio pensó quedarse solamente un año, ahorrar algo de dinero y regresar a su ciudad natal para comprarse un piso. Pero el destino tenía otros planes. Allí conoció a una chica y decidieron casarse. Así, mi hermano se quedó en esa ciudad. Nadie de la familia conocía realmente a su esposa. Curiosamente, el día de su boda yo estaba embarazado de nueve meses y a punto de dar a luz, así que decidimos que lo más sensato era que yo no viajara. Mi padre tampoco pudo pedir días libres en el trabajo, así que solo fue mi madre al enlace. Mi madre no llegó a tratar mucho con mi cuñada, solo la saludó y poco más. Tras la boda se marcharon de luna de miel y unos días después mi madre volvió a casa. Cuando le pregunté por la chica, solo dijo que era guapa, siempre sonreía y parecía maja. Han pasado varios años y nunca hemos conocido en persona a la esposa de mi hermano.
Sin embargo, este año mi hermano nos dio una noticia estupenda. Había organizado un viaje por etapas. Primero vendrían a visitarnos él y su mujer. Después irían a la boda de una amiga de mi hermano, luego al reencuentro de antiguos alumnos y, por último, a veranear con los padres de ella en la costa antes de regresar a casa. Pensaban pasar dos días en nuestra casa. Yo, la verdad, no vi ningún problema. Es cierto que nuestro piso es pequeño, pero contamos con la casa de campo de mis suegros. Mi suegra nos dio permiso para alojarnos allí. Aunque hacía tiempo que no se renovaba, el lugar tenía todas las comodidades básicas. Ese día estaba de buen humor y tenía ganas de recibirles. Llegaron. Y, desde ese primer instante, comenzaron los problemas. Mi hermano me la presentó y, nada más encontrarnos, ella empezó a quejarse: que si en el viaje había pasado calor, que si era ruidoso, incómodo, que cualquier cosa.
Fuimos a la casa de campo y decidí mostrarles todo. Mi cuñada miró la ducha y el baño como si hubiera pasado por allí un vagabundo y se lo hubiese dejado todo patas arriba. Se llevó a mi hermano aparte, se quejaron entre ellos y, después, mi hermano le pidió a mi marido que los llevara a la ciudad. Mi cuñada dijo que ni de broma usaría esa ducha. Fueron a nuestro piso, se duchó, se maquilló y volvieron. Más tarde descubrimos que no quería comer nada de lo que habíamos preparado, aunque nos habíamos esforzado mucho. Que si tenía gluten, que si era muy graso, que si no sé qué más. Al final solo probó algunas verduras y hasta éstas las miraba con desconfianza. La habitación que habíamos preparado tampoco le convencía, así que nos volvimos a la ciudad, a nuestro apartamento. Al día siguiente, cuando salimos a pasear por el casco antiguo, estuvo más quisquillosa que mi hijo de tres años. O le molestaba el calor, o le dolía una pierna, o estaba aburrida. Reconozco que me sentí aliviado cuando se marcharon. Todavía me pregunto cómo lo aguanta mi hermano todos estos años. Nos desmontó la vida en solo dos días. La conclusión que saco es que la familia política puede ser toda una prueba de paciencia, y conviene tener siempre muy presente el sentido del humor.

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MagistrUm
Mi hermano llevaba cinco años casado, pero nunca habíamos conocido a su esposa. Así que me dijo que vendría a pasar dos días conmigo junto a ella. Vinieron, y yo no podía soportar a esa mujer.