¿Por qué no nos das tu piso? Pronto voy a dar a luz y, aun así, sigues viviendo sola.

Pasé la mitad de mi infancia con mi hermana gemela en varios centros de menores, hasta que nuestra tía, la hermana de mi madre, cumplió los dieciocho y decidió llevarnos a vivir con ella. Ella y, más tarde, su marido se convirtieron en nuestros padres de verdad, y les quiero con locura y les agradezco todo lo que han hecho por nosotras.
Cuando cumplimos los dieciocho años, nos llevaron a un piso de tres habitaciones en pleno centro de Madrid, que había pertenecido a nuestros padres biológicos. Durante años lo tuvieron alquilado, pero ahora nos propusieron venderlo y repartirnos el dinero, para que cada una pudiera comprarse su propio hogar. La idea nos pareció estupenda. Como el piso no estaba nada mal, sacamos una buena suma. Yo tuve lo suficiente como para comprarme un piso de dos habitaciones, eso sí, con una hipoteca que conseguí liquidar en un año. Luego me lancé a la aventura de las reformas y me volví experta en elegir muebles entre semana y comparar sofás los sábados.
Mis padres estaban contentísimos de verme asentada, pero no podían evitar preocuparse por mi hermana. Una y otra vez intentaban explicarle cómo debía llevar la vida. Ella, sin prisa por comprar nada, fue gastando el dinero en gadgets de última generación, cenas en restaurantes caros y algún que otro viaje al extranjero.
Al final, mi tía perdió la paciencia y le lanzó el ultimátum: o compraba un piso antes de fundirse el resto o tendría que buscarse la vida fuera de casa. Ya era tarde, porque con lo que le quedaba ya no podía ni soñar con una hipoteca madrileña, así que empezó a buscarse alquileres.
Por esas fechas apareció un chico en su vida, y pronto se fue a vivir con él, entre los dos ahorrando un poco, y yo me alegré porque al fin mi hermana estaba sentando la cabeza. A mí me ascendieron en el trabajo, ayudaba a mis padres, me fui unos días de vacaciones y conocí a un chico simpático con el que empecé a planear una vida juntos.
Poco después de comenzar la relación, nos juntamos todos en mi casa. Mi hermana, con el típico brillo en los ojos, me soltó la noticia: estaba embarazada. Y, cómo no, se vino arriba con un largo discurso dramático sobre lo carísimo que está el alquiler, cómo no compensa trabajar para pagar cuatro paredes y lo injusto que es el mundo para los futuros padres. No entendía a qué venía todo el teatro, hasta que me miró directamente y suelta:
Dame tu piso, que yo voy a ser madre y tú vives sola, ¿qué más te da irte a casa de la tía, si además ahora tiene un cuarto libre? me soltó mi hermana, tan fresca.
Le dije que no, por supuesto. Ella montó un numerito, salió llorando del salón con su novio y se marchó.
Después me llamó varias veces para ver si cambiaba de opinión, pero yo seguí en mis trece: había pagado hasta el último azulejo con mi esfuerzo, lo sudé todo, y no pensaba regalarle el resultado de todo ese trabajo.
Al fin y al cabo, que pensara antes en su futuro, que no todo puede ser vivir la vida a lo loco.

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MagistrUm
¿Por qué no nos das tu piso? Pronto voy a dar a luz y, aun así, sigues viviendo sola.