Tres años de matrimonio… y cada noche su marido dormía con su madre. Una noche, ella decidió seguirl…

Tres años de matrimonio y cada noche su marido dormía con su madre. Una noche, ella lo siguió y descubrió una verdad que le cortó la respiración.
Carmen y Javier llevaban tres años casados. Para todo el barrio de Salamanca, parecían la pareja de anuncio de turrón. Javier era atento, trabajador y más detallista que un catálogo del Corte Inglés. Pero había algo que a Carmen le chirriaba: una costumbre de lo más peculiar que tenía su marido.

Cada noche, sobre las doce o la una, Javier se despertaba con el sigilo de un gato callejero de Lavapiés. Se soltaba con gracia del abrazo de Carmen y se iba de puntillas al cuarto de su madre, doña Esperanza, que vivía con ellos desde que la jubilación la pilló por sorpresa. Y no volvía al dormitorio marital hasta que el gallo de la vecina daba los buenos días.

El primer año, Carmen quiso ser comprensiva.
Mamá tiene insomnio explicaba Javier. Le cuesta estar sola.

Pero en el segundo año, las dudas empezaron a crecer más que el precio de la gasolina.
¿Sería uno de esos hijos demasiado apegados a la falda materna? ¿Un niño de mamá en toda regla?

Para el tercer año, Carmen tenía más celos que una telenovela y la sospecha en modo Gran Hermano. Sentía que hasta el colchón le hacía el vacío y que la madre era la tercera en discordia de su matrimonio.

¿Por qué duermes con ella? arremetió una noche, sin pelos en la lengua. ¡Que soy tu mujer! ¿Qué hacéis ahí dentro hasta el amanecer? ¿Hablando del precio de la luz?

Carmen, por favor, entiende le contestó Javier, más ojeroso que un búho tras la feria de San Isidro. Mi madre está enferma. Me necesita.

¿Enferma? ¡Pues yo la veo desayunando churros y viendo El Hormiguero tan ricamente! Eso suena a excusa para no dormir conmigo.

Javier no replicó. Se encogió de hombros y salió del dormitorio con la resignación de un Real Madrid perdiendo contra el Cádiz.

Ciega de rabia y con la mosca detrás de la oreja, Carmen tomó una decisión muy de novela de sobremesa: lo seguiría. Necesitaba saber la verdad, sí o sí.

Llega la medianoche.

Como siempre, Javier se deslizó como un ninja del Retiro. Creía que Carmen dormía plácidamente, pero ella tenía el ojo más abierto que la puerta de un bar en fiestas.

Salió del dormitorio y Carmen, cinco minutos después y descalza como si pisara brasas, le siguió.

Se detuvo frente a la puerta de doña Esperanza, que estaba entreabierta.

Carmen se asomó.

Ya tenía el grito preparado, los reproches afilados y la mirada lista para taladrar paredes. Pero lo que vio dejó su corazón en punto muerto.

Dentro, en penumbra, doña Esperanza esa señora que por la mañana parecía la alegría de Pasapalabra estaba suavemente atada a la cama con pañuelos. Se agitaba como si luchara contra fantasmas invisibles. Los ojos desorbitados, el cuerpo empapado en sudor, y espuma asomando por la comisura de la boca.

¡Fuera! ¡No os llevéis a mi hijo! ¡Dejadnos en paz! gritaba con voz ronca y fantasmal.

Javier la sujetaba con firmeza para que no se hiciera daño. Sus brazos repletos de mordiscos, arañazos y moratones.

Shhh mamá, estoy aquí. Soy Javier. Todo va bien susurraba, acariciándole la espalda.

¡No! ¡Tú no eres Javier! ¡A Javier lo mataron! ¡Te han suplantado! ella chillaba, lanzando otro mordisco al hombro.

Javier cerraba los ojos por el dolor, pero no soltaba la cuerda. Ni un mal gesto.

Carmen pudo ver las lágrimas resbalando por el rostro de su marido, tragándose el daño físico y emocional.

Al cabo de unos minutos, doña Esperanza vomitó sobre la bata de su hijo. El aroma, más intenso que una tapa de cabrales, llegó hasta la puerta. Pero Javier, imperturbable como un camarero en hora punta, cogió un paño y limpió primero a su madre y después a sí mismo. Luego, le cambió incluso el pañal a la señora.

Las piernas de Carmen temblaron y se agarró al marco, por si acaso.

Al cabo de una hora intensa, doña Esperanza se tranquilizó y recuperó un poco el sentido.

¿Javi? preguntó con voz flojita.

Sí, mamá. Aquí estoy.

Ella le tocó la cara y, al ver todas las heridas, se le cayó el alma a los pies.

Hijo ¿otra vez te he hecho daño? Lo siento, de verdad Márchate. Vuelve con Carmen. Bastante hace la pobre con aguantarnos

Javier negó con la cabeza, arropándola suavemente.

No, mamá. Yo estoy aquí. No quiero que Carmen te vea así, ni que le toque limpiar este estropicio. Soy tu hijo, este es mi papel. Que ella descanse.

Pero hijo tú también necesitas descansar

Tranquila, mamá. Puedo con esto. Os quiero a las dos. A Carmen de día y a ti de noche.

Fue ahí cuando Carmen ya no pudo más.

Entró en la habitación, sin miedo al olor ni a los fantasmas.

¿Carmen? Javier pegó un respingo, intentando tapar las manchas de su camisa. ¿Pero qué haces aquí? Esto huele fatal

Carmen no le contestó. Se acercó, se arrodilló y le abrazó por la cintura, deshaciéndose en lágrimas.

Perdona sollozó. Perdóname, Javier He pensado lo peor y tú, cargando con esto sin decir nada

Carmen miró a doña Esperanza, ahora avergonzada.

Mamá dijo Carmen, cogiéndole la mano. ¿Por qué no me lo contaron? ¿Tiene usted demencia, verdad? ¿Y eso que empeora por la noche? ¿Síndrome del ocaso?

No queríamos molestarte, hija respondió la señora. Sabíamos que trabajas mucho. No quería ser una carga.

No es ninguna carga le replicó Carmen, inflexible.

Se levantó, trajo agua caliente y una toalla. Limpiando ella misma los brazos heridos de Javier y el rostro de su suegra.

Javier le dijo mientras le desinfectaba una mordida. Tres años con este peso, tú solo. Pero de hoy en adelante, esto va a ser cosa de dos. Soy tu mujer, en las buenas y en las malas y eso incluye cuidar de mamá.

Pero Carmen

Nada de peros. Nos turnamos, o buscamos una enfermera. Pero tú solo, nunca más.

Javier la abrazó, con las fuerzas que le quedaban. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que la mochila era menos pesada.

A partir de esa noche, la situación de doña Esperanza ya no fue secreto familiar ni tabú en casa. Lo afrontaron juntos. Y Carmen entendió que el amor no se mide por las cenas románticas ni los momentos de arcoíris, sino por la capacidad de estar juntos en los momentos más difíciles y oscuros.

Los celos se esfumaron.
Solo quedó respeto y un amor aún más hondo por un hombre capaz de sacrificar descanso y soportar dolor con tal de cuidar a las mujeres que quiere.

Y aunque las noches seguían oliendo un poco a clínica, la familia dormía más unida que nunca y en paz.

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MagistrUm
Tres años de matrimonio… y cada noche su marido dormía con su madre. Una noche, ella decidió seguirl…