UN MARIDO VALE MÁS QUE LOS AGRAVIOS AMARGOS —¡Íñigo, esta ha sido la gota que colma el vaso! Se aca…

MI ESPOSO VALE MÁS QUE LOS MALOS MOMENTOS

¡Juan, esta fue la gota que colmó el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! Ni te arrodilles como te gusta, que esta vez no sirve de nada puse un punto final bien grande a nuestro matrimonio.

Juan, por supuesto, no me creyó. Estaba convencido de que, como siempre, bastaría con sus rodillas en el suelo, algún arrepentimiento y otro anillo para que yo le perdonara todo. Así había sido ya muchas veces. Pero esta vez, de verdad, decidí romper las cadenas conyugales. Mis dedos, incluso los meñiques, estaban llenos de sortijas, pero mi vida era hueca. Juan bebía sin medida y sin freno.

Y pensar que todo empezó con tanto romanticismo.

Mi primer marido, Alberto, desapareció sin dejar rastro. Ocurrió en los años noventa, cuando la vida en España era inquietante, llena de cambios y miedos. Alberto era de carácter difícil, siempre buscando problemas. Como dicen aquí, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Si algo no era de su agrado, la casa temblaba. Estoy casi segura de que Alberto acabó metido en alguna mala historia. Nunca más supe nada de él. Me quedé con dos hijas: Lucía, de cinco años, y Inés, de dos. Pasó un lustro desde su enigmática desaparición.

Pensé que acabaría perdiendo la razón. Quería mucho a Alberto pese a su temperamento. Éramos inseparables. Cuando él se fue, pensé que mi vida se acababa. Me resigné a criar sola a las niñas, ignorando mis propias necesidades. Pero

Me las vi negras en aquellos años duros. Trabajaba en una fábrica y me pagaban el sueldo en planchas eléctricas. Tenía que venderlas en el mercadillo para poder comprar algo de comida. En invierno, la helada me calaba hasta los huesos. Un sábado, mientras temblaba de frío vendiendo un par de planchas, se me acercó un hombre. Le di pena al verme allí tiritando.

¿Está usted helada, señorita? me preguntó con delicadeza aquel desconocido.
¿Cómo se nota? intenté bromear, aunque me castañeteaban los dientes. Pero a su lado sentí por primera vez en mucho tiempo un poco de calor humano.
Disculpe, ha sido una pregunta tonta. ¿Quiere entrar en una cafetería a entrar en calor? Le ayudo a cargar lo que no haya vendido.
Acepto. Si no, me muero aquí mismo balbuceé.

Al final, no fuimos a ningún café. Lo llevé hacia mi casa y le pedí que me esperara a la puerta, vigilando la bolsa de planchas mientras recogía a las niñas de la guardería. Corrí todo lo deprisa que el frío me permitía. De regreso, allí estaba él se llamaba Juan, fumando y nervioso. Pensé: le invitaré a tomar un té, ¡a ver qué pasa!

Juan me ayudó a subir la pesada bolsa hasta el sexto piso; el ascensor estropeado, cómo no. Mientras yo subía con las niñas despacio hasta el tercero, Juan ya bajaba.
¡Espere, mi salvador! No le dejo marchar sin que se tome un té caliente le sujeté por la manga.
Bueno ¿no será molestia? miró a las niñas con ternura.
¡Qué va! Coja de la mano a las pequeñas, que yo pongo el agua.

No quería dejar escapar aquel hombre; ya sentía que era de los míos. Entre conversación y té, me propuso trabajar con él de ayudante, con un sueldo más alto que el de toda un año de planchas.

Asentí feliz, con ganas hasta de besarle la mano de agradecimiento

Juan estaba en proceso de divorcio y tenía un hijo de su primer matrimonio.

Así, poco a poco, todo se fue dando. Pronto nos casamos y Juan adoptó a mis dos hijas. Todo parecía un sueño. Compramos un piso de cuatro habitaciones, lo amueblamos con lo mejor, compramos electrodomésticos nuevos. Más tarde, una casa en el campo, y vacaciones cada año en la Costa del Sol. Vivíamos una felicidad de novela

Siete años así. Pero después, alcanzada la cima de nuestra dicha, Juan comenzó poco a poco con el vino. Al principio no dije nada; comprendía que trabajaba mucho y necesitaba desconectar. Pero cuando empezó a perder el control incluso en el trabajo, encendí las alarmas. Las charlas no servían de nada.

Cabe decir que soy una valiente. Para distraerle de la bebida, decidí darle un hijo. Ya tenía treinta y nueve años. Mis amigas, al saberlo, no se sorprendieron.
Venga, Carmen, igual nos animas a tener niños a los cuarenta se reían. Yo siempre decía:
Si cortas el camino de alguien, puede que después lo llores con remordimiento; pero si traes al mundo a un hijo, por inesperado que sea, nunca te arrepientes.

Tuve mellizas con Juan. Así pasé a ser madre de cuatro hijas. Pero Juan no dejó la bebida. Aguanté lo que pude y quise buscar una vida tranquila en el campo, con animales y huerto. Buena salud para las niñas, y menos tentaciones para él.

Vendimos piso y casa, compramos un chalet en un pueblo y montamos un restaurante. Juan se aficionó a la caza; compró escopeta y lo necesario. La sierra ofrecía buena caza.

Pero una noche, tras una borrachera, Juan perdió el control por completo. Rompió muebles y platos; nos asustó hasta el extremo. Tomó la escopeta y disparó al techo.

Salí corriendo con las niñas a refugiarnos con los vecinos. Qué noche. Por la mañana, todo en silencio. Volvimos a casa a hurtadillas. Un caos: todo roto, imposible sentarse, dormir, ni comer. Juan dormía en el suelo, vencido por el alcohol.

Recogí lo poco intacto y, con las niñas, fui a casa de mi madre, que vivía cerca. Allí, al menos, estaríamos a salvo. Mi madre, apurada:
Ay, Carmen, ¿qué hago yo con tanta nieta? Vuelve con tu marido, hija. En todos los matrimonios pasa de todo. Las penas, si se comparten, pesan menos.

Ella tenía como lema: mejor con muelas rotas pero con marido a tu lado.

A los días, vino Juan suplicando. Fue entonces cuando puse fin a todo. Él ni recordaba el espectáculo que había dado. No creyó una palabra de lo que le conté. Pero ya no me importaba. Rompí con todo; no podía seguir. Mejor pasar hambre, pero viva, que jugármela con un marido que pierde el sentido.

Tuve que vender el restaurante tirado de precio; con prisas por irnos. Nos establecimos en un caserío pequeño en el pueblo vecino. Las hijas mayores empezaron a trabajar y, con el tiempo, se casaron. Las mellizas tenían once años. Todas querían a Juan y seguían hablando con él, así que siempre supe de él por ellas. Juan rogaba que volviera; las niñas insistían: Mamá, no seas tan dura. Papá se ha arrepentido mil veces. Piensa un poco en ti, que ya no eres una cría… Pero yo no cedía. Quería un poco de paz en mi vida, sin sustos.

Dos años más y empecé a extrañar a Juan. Me podía el vacío. Tuve que empeñar todos mis anillos de boda; ni pude recuperarlos. Lo lamenté. Recordé aquella vida pasada: había amor en casa, Juan quería a todas como si fueran suyas, yo le importaba, siempre sabía pedir perdón. No era tan mala familia. Cada uno busca la felicidad a su manera, ¿qué más podía pedir?

Al final, las mayores solo llamaban por teléfono; la juventud tira más. En poco tiempo las mellizas dejarían casa y acabaría yo sola, como el gallo del corral. Los hijos crecen y vuelan.

Así que animé a las mellizas a preguntar a su padre cómo le iba de verdad. Había cambiado de ciudad, no bebía gota, vivía solo. Dejó su dirección por si acaso

Hoy, llevamos ya cinco años juntos de nuevo.

Como siempre he dicho, soy una aventurera. Y entendí algo: a veces la vida da tantas vueltas como el viento en la Plaza Mayor, pero uno debe luchar por lo que le hace feliz y, aunque los caminos sean duros, el amor y la dignidad siempre encuentran su sitio. La familia, con sus días amargos, siempre vale más que unos malos momentos, y si algo nos enseña la vida española, es que tras la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar.

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MagistrUm
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