¿Y qué si me alteré un poco…? —¿A quién le puedes importar, vieja chocha? Eres una carga para todo…

¿Y QUÉ SI SE HA ALTERADO?

¿Pero quién te va a querer a ti, vieja chocha? Sólo das problemas. Vas por la casa oliendo raro, molestando. Si por mí fuera, te echaba fuera ya mismo, pero no me queda otra ¡Te odio!

Claudia casi se atraganta con la infusión que estaba bebiendo. Acababa de hablar por videollamada con su abuela, Carmen Fernández, que hacía un segundo se levantó, quejándose, del sillón.

Espera un momento, hija, ahora vuelvo le dijo Carmen antes de marcharse al pasillo.

El móvil quedó sobre la mesa, cámara y micrófono abiertos. Claudia, distraída, puso su atención en la pantalla del portátil. Entonces lo oyó. Una voz desde el pasillo.

Por un instante pensó que había sido su imaginación, hasta que miró de reojo el móvil. Por el sonido de la puerta, estaba claro que alguien entraba en la habitación. En la pantalla, primero aparecieron unas manos ajenas, luego el costado, y finalmente el rostro.

Rocío, la mujer de su hermano. Ahora reconocía la voz.

La mujer se acercó a la cama de la abuela y levantó primero la almohada, luego el colchón, rebuscando con la mano.

Aquí está, perdiendo el tiempo con sus tés Ojalá se muera de una vez y dejemos de perder el tiempo Total, no vale para nada, solo ocupa espacio siseó Rocío.

Claudia se quedó petrificada. Durante unos segundos, sintió que no podía respirar.

Pronto, Rocío se fue, sin darse cuenta de la cámara. Unos minutos después, su abuela volvió. Sonrió, pero aquella sonrisa no llegaba a sus ojos.

Ya estoy aquí. Por cierto, no te he preguntado ¿Qué tal en el trabajo? ¿Todo bien? dijo Carmen como si nada.

Claudia asintió bruscamente, aún procesando lo que acababa de escuchar. Todo su interior le gritaba por levantarse e ir a poner a esa creída en la calle, en ese mismo momento.

Carmen siempre le pareció una mujer de hierro. Nunca alzaba la voz. Tenía ese porte de maestra, modelado durante décadas entre aulas y charlas con niños y sus padres.

Cuarenta años enseñando Lengua y Literatura. Sus alumnos la adoraban; Carmen lograba que la literatura de siempre pareciera nueva.

Cuando murió su abuelo, Carmen no se vino abajo, aunque su postura perfecta se plegó un poco y empezó a salir menos, a enfermar más. Ya no sonreía igual. Pero no perdió su vitalidad. Siempre decía que todas las edades son hermosas y encontraba motivos para disfrutar.

Claudia quería a su abuela por esa sensación de refugio que le daba. Con ella nada parecía un problema insalvable; siempre encontraba salida. Cuando el nieto, Iván, tras casarse, tuvo problemas con el alquiler del piso, Carmen ofreció su propio hogar: había sitio en el piso grande, así además la cuidaban si subía la tensión o el azúcar.

Me da igual estar sola, siempre es bien tener ayuda y compañía decía con entusiasmo.

Iván se encargaba de vigilarla y Claudia llevaba comida, medicinas y a veces ayudaba con los gastos del piso. El sueldo daba, y la conciencia no le permitía olvidarse de su abuela. A veces el dinero iba en metálico, otras lo transfería; o, sabiendo que Carmen era de ahorrar para emergencias, directamente le traía comida fresca: pescado, carne, leche, fruta Todo para que su abuela comiera bien.

Es por tu salud, sobre todo con el azúcar como lo tienes le decía Claudia.

Carmen agradecía, pero le costaba mirarla a los ojos, incómoda por dar molestias.

Rocío, la esposa de Iván, nunca le cayó bien a Claudia. Dulce en palabras, cortés casi hasta la exageración, pero con una mirada fría, calculadora. No quiso inmiscuirse en lo que eran asuntos de otros. Solo preguntaba discretamente a su abuela si todo iba bien.

Todo bien, cariño respondía Carmen. Rocío cocina, mantiene la casa muy limpia Es joven, inexperta, pero ya aprenderá.

Ahora Claudia entendía que todo era mentira. Frente a otros, Rocío era una ovejita. Pero en cuanto no había testigos

Abuela Lo he oído todo ¿Qué ha sido eso?

Carmen se quedó quieta, desviando la vista.

Nada, Claudita suspiró. Rocío está cansada, están pasando una mala racha, Iván siempre de viaje Por eso se empada a veces.

Claudia la observó fijamente. De pronto, esos ojos enérgicos estaban cansados y asustados. El orgullo seguía ahí, la fatiga también. Había surgido algo nuevo: el miedo.

¿Enfados? ¿Has oído lo que te ha dicho? No es un enfado. Es

Hija, no le des más vueltas la cortó Carmen. Yo puedo aguantar. Ya ves Se alteró. Es joven, con carácter. Y yo, soy vieja, no necesito mucho.

Abuela, no me tomes por tonta dijo Claudia tensa. O me cuentas todo ahora mismo o cojo el coche y voy para allá. Ahora.

Carmen dudó unos segundos. Suspiró, bajó los hombros y se recolocó las gafas. La coraza se resquebrajó. Claudia ya no veía a la mujer fuerte de siempre, sino a una anciana herida.

No quería decirte nada Estás liada con el trabajo, tus cosas. ¿Para qué? Pensaba que se arreglaría solo

La historia de Rocío era mucho más larga y turbia de lo que Claudia imaginaba.

Llegaron a casa con maletas enormes y el sueño de ahorrar para una hipoteca en seis meses. Al principio Carmen se alegró: la casa bullía de pasos y voces, olor a café y a bizcocho recién hecho. Rocío, entonces, se esforzaba: preparaba dulces, servía el té, acompañó a la abuela al centro de salud unas cuantas veces.

Después Iván se fue a trabajar fuera y todo cambió de golpe.

Empezó solo por estar de mal humor contaba Carmen. Pensé que era por Iván. Al poco dejó de cocinar apenas para mí. Decía que tú traías mucho y ella lo necesitaba más, que está joven y quería quedarse embarazada. Y claro, yo no necesito tanto, me viene hasta bien perder algo de peso.

Resultó que Rocío le pidió dinero prestado a la abuela, la que, confiada, le dio parte de lo que Claudia le había mandado para sus medicamentos. Con aquel dinero, Rocío se compró una nevera aparte, la puso en su dormitorio y le echó un candado. Todo lo bueno que traía Claudia, a ese candado iba a parar.

Por supuesto, Carmen nunca recuperó el dinero. Peor aún, Rocío empezó a rebuscarle escondites de ahorros.

Se llevó mi tele Decía que me estropeaba la vista la abuela se secó los ojos, retirando las lágrimas. El wifi también lo corta a veces. Y yo yo ya solo recibo llamadas y miro recetas en internet Me siento como en la cárcel.

¿Y a Iván no le has dicho nada? preguntó Claudia.

La abuela negó con la cabeza.

Rocío me amenazó: Si digo algo, le cuenta a todos que por mi culpa perdió un bebé. Que le hice la vida imposible. No sé ni si estuvo embarazada. Pero todos la creerán y nadie me querrá.

Claudia no sabía qué responder. Quería chillar, quería echar pestes sobre Rocío. Solo consiguió decir:

Nadie, repito, nadie, puede tratarte así. Da igual que sea joven o vieja, de la familia o no.

Carmen rompió a llorar y Claudia la calmó con dulzura, mientras dentro de sí lo tenía claro: esto no se iba a quedar así.

Media hora después, Claudia y su marido, Mario, ya iban en el coche camino de casa de la abuela. Mientras conducía, le iba contando lo sucedido. Mario dudó al principio, pero pronto la creyó.

Carmen les abrió la puerta enseguida. Manoseaba nerviosa una bayeta vieja, sin levantar la cabeza.

¡Ay, qué susto! No me habéis avisado Podía haber puesto el agua en el fuego

No venimos a tomar té, abuela dijo Claudia con serenidad. Venimos a resolver esto. ¿Dónde está Rocío?

Se fue no sé dónde A mí no me cuenta nada ya Pasad, pasad.

Claudia fue directa a la cocina. El frigorífico tenía cuatro cosas: un par de leches caducadas, huevos, un bote de pepinillos en vinagre con moho y una bolsa de hielo en el congelador.

Miró a Mario, que asintió. Se movieron sin titubeo. La habitación de Rocío estaba cerrada con candado, uno barato. Mario lo forzó con un destornillador.

Dentro sí había una nevera: allí estaban los yogures de Claudia, queso, embutidos, tomates, pepinos Todo lo bueno.

Claudia tenía rabia, pero se contuvo. Con Mario, se apostó en el cuarto de la abuela.

Rocío apareció media hora después.

¡¿Quién ha abierto mi puerta?! gritó, cerrando el puño.

Pero entonces Claudia salió al paso.

He sido yo.

Rocío se quedó sin habla un instante, los ojos esquivando la mirada. Cuando quiso recuperar su tono habitual, la cortaron.

¿Y tú quién eres para entrar en mi cuarto?

Claudia la encaró, erguida y firme. Rocío era menuda a su lado.

Soy la nieta de la dueña. ¿Y tú? entrecerró los ojos con desprecio. Tienes diez minutos para largarte. Si no, tus cosas volarán por la ventana. ¿Entendido?

¡Se lo voy a decir a Iván!

Díselo a quien quieras. Iván no está, y si hace falta te sacamos a rastras.

Rocío bufó, pero se encajó en el cuarto y empezó a meter la ropa en una bolsa. Iba soltando insultos y pataletas, pero Claudia solo observaba fría como piedra.

Carmen lloraba en la entrada, limpiándose las lágrimas.

Clau hija No montes escándalo, que nos van a oír los vecinos

Solo entonces Claudia se aproximó y la abrazó.

No es un escándalo, abuela. Estamos tirando la basura.

Aquel día se quedaron a dormir con Carmen. Al día siguiente llenaron su despensa y su botiquín. Cuando se marchaban, Carmen no pudo evitar llorar. Claudia deseaba que no lo hiciera por miedo ni por soledad, y fue muy clara: nada de dejar que Rocío volviera.

Esa tarde llamó Iván, rugiendo al teléfono, tanto que el móvil vibraba.

¡¿Pero estás loca?! ¡Rocío está llorando! ¡¿Dónde va a vivir ahora?! ¿Te crees con derecho solo porque tienes dinero?

Claudia le colgó. Unas horas después mandó un mensaje de audio.

Antes de hablar deberías enterarte. Tu Rocío ha hecho pasar hambre a la abuela, le ha quitado hasta la tele. Recuerda que la abuela te dio todo lo que tenía. Si vuelves aquí con esa víbora, de los dos no queda ni una oreja.

Iván no contestó nunca más. Tampoco hacía falta.

Rocío, según supieron, se alojó en casa de alguna amiga. En las redes sociales ponía estados de familia tóxica y gente falsa. Iván los marcaba con un me gusta. Más allá de eso, Claudia no volvió a saber de ellos.

En casa de Carmen volvió la tranquilidad, aunque la soledad pesaba. Al par de semanas, Carmen le pidió a Claudia que le enseñara a ver series en el móvil. Empezaron con El Ministerio del Tiempo, luego comedias. A veces veían juntas películas.

Uy, hacía siglos que no me reía así le confesó Carmen. Me duelen hasta las mejillas, de no usarlas.

Claudia sonrió. Ahora sí, sentía paz por dentro. Un día fue su abuela quien la protegió. Ahora, le tocaba a ella cuidar de Carmen.

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MagistrUm
¿Y qué si me alteré un poco…? —¿A quién le puedes importar, vieja chocha? Eres una carga para todo…