Estaba a punto de embarcar cuando el marido de mi hermana me escribió de repente: “Vuelve a casa aho…

Era hace años, en un tiempo que ahora me parece tan remoto como si perteneciera a otra vida. Me encontraba a punto de embarcar en un vuelo cuando el marido de mi hermana me escribió repentinamente: Vuelve a casa inmediatamente. Llevaba en la mano un billete de Primera Clase para el vuelo 815 con destino a Isla Escondida, una isla recóndita y exclusiva frente a la costa de Cádiz, famosa por sus retiros desconexión digital y su privacidad inquebrantable. De esos sitios donde los grandes de la banca madrileña iban a perderse durante una semana, y donde hasta la cobertura telefónica era un lujo que se regulaba con mano de hierro.

Luisa estaba sentada en el Salón Diamante del Aeropuerto de Barajas, contemplando cómo las gotas de condensación resbalaban por la copa de cava. Bajo su mirada, la pista de aterrizaje se extendía como un mar de asfalto gris y lluvia persistente, recortada por las luces blancas de los aviones. Dentro, sin embargo, todo era terciopelo, dorados y un silencio de convento.

Miró de nuevo el móvil.

Javier: ¿Has embarcado ya? El chófer está al tanto de tu hora de llegada. Busca el cartel con tu nombre, LUISA. No hables con los taxistas.

Luisa sonrió, tecleando su respuesta. Todavía no. Faltan treinta minutos. Ya te echo de menos. ¿Seguro que no puedes venir?

Aparecieron los tres puntos, esperando su mensaje. Javier: Sabes que no puedo, amor. La fusión me tiene aniquilado. Tengo que cerrar esto para que, por fin, descansemos. Vete, desconecta. Me uniré a ti en cuatro días. Has estado como un muelle desde lo de papá. Lo necesitas.

Tenía razón. Siempre la tenía.

Desde que su padre, Sebastián Morales, el magnate naviero, falleciera hacía seis meses, Luisa se había sentido desbordada. No por aguas bravas, sino por un mar de papeles notariales. La herencia era colosal: apartamentos, muelles, participaciones en bancos. Y Luisa no tenía formación para esas lides.

Ahí entró Javier.

Su marido desde hacía tres años se convirtió en su refugio. Aceptó dejar su propio estudio de arquitecturaque no atravesaba sus mejores momentospara encargarse a tiempo completo de los asuntos Morales. Abogados, contables, socios: Javier se movía como un tiburón en aquel océano hostil. Había planeado este viaje al mínimo detalle: villa privada, excursiones por los pinares, sesiones de spa.

Señora Riverala llamó la azafata de la sala, sonriente y elegante, ya comenzamos el preembarque de su vuelo. ¿Quiere rellenar la copa antes de irse?

No, gracias. Estoy listadijo Luisa, despidiéndose del rincón dorado. Alzó el pequeño bolso de cuero marrón que Javier le regaló por su aniversario y, al andar hacia las puertas correderas, una sensación extraña le recorrió la nuca, fría y cosquilleante.

Sacudió el escalofrío. Atribuyó aquello a los nervios: nunca había viajado sola tan lejos. Javier siempre llevaba los pasaportes, coordinaba maleteros, rutas Sin él, Luisa se sentía a la deriva.

Caminó hacia la puerta de embarque 42. El aire acondicionado parecía madrileño: demasiado frío. Se recogió en el chal de cashmere.

El móvil vibró otra vez.

Pensó que sería otro mensaje cariñoso de Javier, un emoji de corazón o un hidrátate.

No era Javier.

Carmen: ¿Dónde estás?

Frunció el ceño. Llevaba semanas sin hablar con su hermana Carmen. La relación andaba tensa. Carmen, pintora y rebelde, la oveja negra de los Morales, jamás tragó a Javier. Lo llamaba el tiburón con traje. Javier, por su parte, la apodaba la garrapata, sugiriendo que solo se acercaba a la familia por dinero.

Luisa respondió: En el aeropuerto. Voy al viaje que organizó Javier. ¿Por?

Las burbujas del chat aparecieron, desaparecieron, volvieron, alteradas.

Carmen: NO TE SUBAS A ESE AVIÓN.

Luisa se paró en seco. El torrente de viajeros la esquivaba como agua alrededor de una roca.

Luisa: Carmen, basta. Estoy cansada. Hoy no me meto en más líos.

Carmen: LUISA ESCÚCHAME. Estoy en tu casa. Vine a dejar el reloj de papá. Javier piensa que soy la asistenta. Le he escuchado.

Carmen: No ha reservado vuelo de vuelta.

Luisa se quedó mirando la pantalla. Aquello no tenía sentido. Javier siempre lo prepara todo.

Carmen: Es solo de ida, Lui. Es una trampa.

Última llamada para el vuelo 815 a Isla Escondidaanunció la megafonía. Pasajera Luisa Rivera, acuda a la puerta.

La azafata la observaba, escáner en mano. El finger se extendía como la garganta de una bestia antigua.

Otra vibración.

Javier: ¿Por qué sigues en la terminal? Sube al avión, Luisa, o perderás la plaza.

El contraste era brutal: el pánico de Carmen frente a la eficiencia de Javier.

Por primera vez en tres años, Luisa dudó.

Parte 2: La Advertencia

La sonrisa de la agente de la puerta comenzaba a torcerse. ¿Señora? Cerramos puertas en dos minutos.

Luisa avanzó. El hábito, cincelado por el matrimonio, le decía que obedeciera. Javier estaría furioso. Había gastado miles de euros; detestaba malgastar. Emitiría ese suspiro tan pesado, tan decepcionante, que la hacía sentir pequeña.

Solo es Carmen, celosa, se repitió.

Alzó el billete.

El móvil vibró con tanta fuerza que casi lo dejó caer. Esta vez era una foto.

Un vistazo borroso por el hueco de una puerta; Javier en el despacho de su padre, con un teléfono satelital y una botella de whisky.

El texto de Carmen debajo congeló la sangre de Luisa.

Carmen: NO ESTÁ SOLO.

Luisa amplió la imagen. En el reflejo del ventanal, apenas visible, un hombre tatuado en el cuello, maletín en mano.

Carmen: Sal del aeropuerto. YA. No me llames; quizá tenga un espionaje en tu móvil. HUYE.

La boca de la pasarela ya no era el principio de unas vacaciones, sino el hocico de un monstruo.

Señorainsistió la agente. Última oportunidad.

El pecho de Luisa se cerró. El aire le faltaba.

Es que la voz le tembló. Me he dejado la medicación en el coche.

No podrá reembarcar si cerramosadvirtió la agente.

Lo sésusurró Luisa. No subo.

Dio media vuelta.

En ese instante le invadió un terror auténtico. Caminó deprisa, luego más deprisa, hasta casi correr.

No salió por la puerta de chóferes de lujo. Ni por la cinta de equipajes. Fue directísima a la cola de taxis.

Saltó dentro de un taxi antiguo, olor a café frío y ambientador de pino.

¿Dónde vamos?preguntó el conductor, mirada desconfiada.

Arranque sin destino. Coger la A-2, dirección Alcalá. Pero rápidojadeó.

El taxi se perdió entre el tráfico cerca de la M-40. El móvil se iluminó.

Llamada entrante: Mi esposo

La dejó sonar.

Otra vez.

Miró la foto de Javier. Sonriente, copa en mano, tan seguro.

La estaba rastreando, cayó en la cuenta.

Desactivó la ubicación compartida en la app de parejas.

El móvil vibró otra vez. Y otra.

Cuando llegaron a la carretera de circunvalación, las notificaciones se apilaban como ladrillos: 10 llamadas perdidas. 20. Mensajes: ¿Dónde vas? El piloto mantiene la espera. Da la vuelta. ESTÁS COMETIENDO UN ERROR.

Miró la periferia gris de la ciudad. ¿Y si Carmen se equivocaba? ¿Y si Javier solo tenía una reunión? ¿Y si arruinaba su matrimonio por una foto y las sospechas de su hermana?

Pero luego recordó al chófer. No hables con nadie.

Pensó: Si hubiera cogido ese coche en una isla lejana, sin conocer el idioma ni el sitio, ¿adónde la llevarían?

Otra vibración.

99 llamadas perdidas.

El pánico, de pronto, no era suyo. Era de él.

Parte 3: El Encuentro

Luisa y Carmen se encontraron en una cafetería de carretera, en plena Castellana, lejos de los salones elegantes de la familia Morales.

Carmen tenía el pelo enredado, las ojeras profundas. Temblaba, anclada a un café solo.

Apaga el móvilordenó Carmen.

Luisa obedeció. ¿Me cuentas qué ocurre? Acabo de perder un vuelo de más de seis mil euros. Javier me va a matar.

Pensaba hacerloreplicó Carmen, seca.

Luisa se sobresaltó. No digas tonterías.

Fui a casadesgranó Carmen en susurros. A dejar el reloj antiguo de papá. Ese que Javier decía perdido. Lo encontré en su bolsa del gimnasio. Se lo robé de vuelta. Pensaba dejarlo en su escritorio y una nota, que supiera que no cuela.

Javier no es un ladrónprotestó Luisa, débilmente.

Es peor. Me colé con la copia de la llave. Le oí en el despacho, creía la casa vacía.

Sacó su móvil.

No solo la foto, Luisa. Lo grabé.

Pulsó play. El audio, entre chisporroteos, dejó oír a Javier. No era la voz suave que Luisa adoraba. Era cortante, cruel.

Javier (grabación): ¡Me da igual si hay tormenta! El equipo en Barcelona me cuesta cincuenta mil euros al día. Cuando aterrice, la retenéis en aduanas. Usad la salida VIP, sin cámaras.

Otra voz: ¿documentos?

Javier: Está todo en su bolso. Metí el poder notarial con el seguro de viaje. En el almacén, que firme. Si hace falta, decís que es una carta de rescate. Solo que firme.

Otra voz: ¿Y después?.

Silencio pesado, de plomo.

Javier: Es una isla, Rico. El mar lo traga todo. Solo aseguraos de que el cuerpo no aparezca hasta terminar la testamentaría.

Carmen paró la grabación.

El silencio quedó pesado. El bullicio del bar se apagó en los oídos de Luisa.

El poder notarialsusurró Luisa. Me pidió firmar unas modificaciones la semana pasada. Quise leerlas antes. Se enfadó. Dijo que no confiaba en él.

Necesita control totaldijo Carmen. Papá blindó el dinero para que Javier no pudiera tocarlo sin tu firma. Si desapareces y él tiene tu poder

Lo coge todoremató Luisa.

Miró su anillo: el diamante ahora parecía una cadena.

Está arruinado, Luisusurró su hermana. El estudio, en quiebra. Lleva meses vaciando cuentas para cubrir apuestas, cripto Está tan hundido que la única salida es enterrarte.

Luisa sintió lagrimear, pero de rabia. Le defendí ante todos.

No importaafirmó Carmen, cogiendo su mano. Lo importante es que estás viva.

¿Seguro? Él sabe que falló el plan. ¿Qué hace alguien acorralado así?

En la televisión del bar, rotulito rojo: POLICÍA ACTÚA EN LA M-40.

Debemos avisar a la policía.

Aún nodeterminó Luisa. Si vamos ahora, se cubrirá. Dirá que la grabación es falsa, o que era una broma. Es encantador. Se sale de todo.

¿Entonces?

Luisa encendió el móvil. Cayó un alud de notificaciones. Entre ellas, un buzón de voz.

Ponlodijo Carmen.

Luisa activó el altavoz.

Javier: ¡Luisa, contesta! ¿Dónde estás? ¡Lo estás arruinando todo! Estoy en el aeropuerto, reviso las salas VIP. Si esto es una broma, te arrepentirás. Voy a encontrarte.

Estaba en el aeropuerto. Buscando una presa.

Está cazandodijo Luisa, poniéndose en pie. Démosle una carnada.

Parte 4: El Desenlace

No fue a cualquier comisaría, sino a la de Salamanca, donde el apellido Morales abría puertas y el comisario Sánchez le debía favores a la familia.

En la sala de interrogatorios, Luisa dejó el móvil en la mesa fría.

Intenta matarmedeclaró.

Eso es grave, señora Riveradijo Sánchez.

Carmen intervino: Muéstrele el vídeo, Luisa.

¿Vídeo? Creía que solo tenía audioobjetó el comisario.

Mark puso cámaras en toda la casaexplicó Luisa, por seguridad. Solo que olvidó que yo también tengo las contraseñas.

Mostró la grabación: Javier sacando una pistola del cajón y charlando con el hombre tatuado.

En pantalla, Javier dijo: Si lo de Cádiz falla, lo hacemos a lo bruto. La echaremos en falta desde hoy y luego ese ingreso forzoso en casa. Que parezca un robo violento.

Sánchez se irguió. Esto es intento de asesinato. Pido localización de Javier Rivera ya.

Está en Barajas, buscándome.

Montaremos el operativo. Quédense aquí. Custodiadas.

Nodijo Luisa.

Sánchez arqueó la ceja. ¿Perdón?

Él cree que soy una inútil dependiente. Si ve un policía, huye y destruye pruebas. Deben pillarle in fraganti.

¿Qué propone?

Luisa levantó su móvil.

Le diré que le espero.

Parte 5: La Caza

La escena era tan arriesgada como necesaria. Luisa aguardaba en la zona de llegadas de Barajas, bajo un abrigo claro, cinta de seguridad en la cintura, y la policía camuflada como viajeros o personal.

Carmen seguía la operación desde la furgoneta de vigilancia.

El móvil sonó.

Contestaordenó la voz del comisario en el pinganillo.

Luisa respondió. ¿Javier?

¡Luisa! ¿Dónde narices estabas? ¡He recorrido todo Barajas!

Me asusté Javier, no embarqué. Estoy aquí, en llegadas. Vente a buscarme, por favor. Llévame a casa.

No te muevas. Te veo.

Apareció Javier en el piso superior, trajeado y fuera de sí. Corrió escaleras abajo.

Le agarró del brazo, con brutalidad. Eres idiota, ¿lo sabes? ¿Sabes la ruina que me has provocado?

Me haces daño, Javierdijo ella, en alta voz.

Te haré algo peormurmuró, rumbo a la salida y al coche. Vas a firmar. Vamos a arreglar esto.

¿Firmar qué? ¿El poder?

Javier se detuvo. Le clavó los ojos y vio algo nuevo: Luisa no temblaba.

¿Cómo te enteraste?

Porque Carmen no es tan inútil como creesdijo Luisa.

La mano de Javier voló a la pistola.

Sube al coche. Ya.

¡Policía! ¡Suelta el arma!

El falso conductor apuntaba a Javier, los otros agentes igual. El comisario Sánchez corría hacia ellos.

¡Es un error!gritó Javier. Tomó a Luisa de escudo. ¡No os acerquéis o disparo!

La multitud gritó.

Mírame, Javierdijo Luisa con calma.

¡Cállate!rugió él. ¡Quiero un coche! ¡Un vuelo fuera ya!

Se acabó, Javier. Tienen el vídeo. El despacho. La conversación. Lo tienen todo.

Javier palideció. ¿Qué?

Te visusurró Luisa. Y vi al monstruo.

En su duda, ella le pisó el empeine, le clavó el codo en el costado, se zafó.

Antes de que levantara el arma, Sánchez le placó contra un carro de maletas.

La policía lo redujo y esposó.

Javier Rivera, queda arrestado por asesinato en grado de tentativa, secuestro y extorsión.

En el suelo, Javier la buscó con odio.

Luisa, diles algo. Era un malentendido. Te quiero. Todo era por nosotros.

Luisa le miró sin pestañear.

Tú no me quieres, Javier. Solo querías el dinero. Y ahora no te queda nada.

Se lo llevaron. Gritó:

¡Nunca estarás segura! ¡No soy el único!

Las puertas automáticas se cerraron.

Carmen irrumpió por la barrera. Solo la abrazó. Y Luisa lloró, por fin.

Parte 6: Nuevo Rumbo

Tres meses después, el aeropuerto seguía bullicioso, pero ya no le infundía temor.

Luisa, con pelo corto y chaqueta vaquera, comía un mollete en una cafetería normal.

Había vendido el jet familiar. Seguía aprendiendo cómo se dirigía un imperio, esta vez sin ayuda de tiburones.

Puerta 12, embarque a Tokioanunció la megafonía.

Carmen dejó dos cafés frente a ella.

¿Preparada?

Sísonrió Luisa.

Podríamos ir en el jet privadosugirió Carmen.

Lo vendí hoyrespondió Luisa. Demasiado lastre. Quiero empezar de cero, llevar mi mochila.

Agregó: Sin esposos. Sin secretos.

Sin trampasremataron juntas.

El agente escaneó su billete. El pitido fue verde y amable.

Luisa avanzó por el finger, esta vez sin miedo.

Mientras el avión despegaba sobre los tejados de Madrid, Luisa miró a su hermana, la desordenada, la valiente, la que le había salvado la vida cuando el amor estuvo a punto de quitársela.

Por primera vez, Luisa supo que volaba libre.

Vamos a volardijo sonriendo.

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MagistrUm
Estaba a punto de embarcar cuando el marido de mi hermana me escribió de repente: “Vuelve a casa aho…