Mamá, tienes que escuchar esto, pero siéntate mejor.
Celia se dejó caer en el sofá junto a Carmen, metiendo los pies debajo de ella al buscar acomodo. Sus ojos relucían con una electricidad infantil, ese destello que hizo que Carmen apartara su novela, se quitara las gafas y quedara solamente en el rumor de los azulejos; la última vez que vio ese brillo, Celia tenía doce años recién ganados y acababa de alzarse con el primer premio en el concurso de relatos de Madrid.
He conocido a un hombre. En una cafetería, cosas del azar. Bueno, en realidad no tanto azar; estábamos en mesas contiguas, él empezó la conversación y de ahí pasamos hablando tres horas seguidas, ¿puedes creerlo?
Celia contaba atropellada, tropezando en detalles, volviendo atrás, encadenando palabras con vértigo y entusiasmo. Se llamaba Ramón, tenía treinta y cuatro, arquitectura por oficio, un sentido del humor casi imposible y, según Celia, la única persona en el mundo capaz de escucharla hasta el final, sin jamás interrumpirla. Tres citas en diez días. En la tercera, deambulaban ya por la ribera del Manzanares hasta bien pasadas las dos, cayendo en la cuenta de que ambos tendrían madrugones laborables después.
Me entiende como nadie nunca. Es como si yo iniciara una idea y él ya la terminase, y pienso: «Dios mío, ¿de qué agujero te has escapado tú?».
Carmen escuchaba ladeando la cabeza. En un punto, negó en silencio, no en juicio sino desde una extrañeza ingenua.
Hija, vas derramando luz. Te juro que creí que ese brillo lo habías perdido.
Entonces Celia cayó callada. No de golpe, más bien como quien deja vaciarse un vaso boca abajo, goteando asombros hasta dejar sólo el poso. Bajó la mirada a las manos enlazadas sobre el regazo, y estuvo así varios segundos, digiriendo el coraje.
Pero
¿Pero qué? Carmen frunció el ceño, inclinándose sobre el vacío que separaba el sofá. Celia, ¿qué te ocurre?
Está casado.
Carmen se echó atrás, al respaldo, palabras detenidas en la lengua. Puede que no pasaran ni cinco segundos pero a Celia el tiempo se le vino tan denso que deseó no haber dicho nada.
Celia, eso no es solo un pero. Es durísimo. ¿Comprendes lo que significa? Estás irrumpiendo en otra familia, llevándote el marido de otra.
Mamá, él mismo dice que ya no ama a su esposa, que sólo sigue allí por la niña, no invento nada.
¿Y esa hija qué? ¿No cuenta? ¿Eres consciente de lo que haces? Te metes en la vida de personas extrañas y decides a quién pertenece cada uno.
No decido nada, mamá, solo
Solo ves a un hombre casado. Tres veces en diez días. Y vienes a contármelo con esa carita, como si lo terrible fuera invisible.
Celia se levantó; era irracional permanecer junto a su madre recibiendo bofetadas de realidad. Carmen también se puso en pie, pero no la siguió, justo ahí pesaba el ambiente, porque ese espacio entre las dos, si Carmen lo hubiera cruzado y la hubiera abrazado, quizás Celia habría resistido. Pero solo se quedó testigo a distancia, y Celia recogió su chaqueta casi a ciegas, mal metiendo los brazos en las mangas antes de huir, tragándose las lágrimas como se tragan las palabras que nadie quiere oír.
En su piso, Celia pasó veinte minutos clavada en el recibidor, sin quitarse los zapatos, robándose la humedad de las mejillas a mano abierta. El teléfono vibró dentro del bolsillo; en la pantalla apareció ese nombre: Ramón. Celia se secó la cara con la manga, carraspeó y contestó intentando recomponerse.
Hola, la voz de Ramón era tan suave que Celia casi se disuelve, soltando el aire a trompicones para no romperse del todo. He hablado con mi madre. De ti. De nosotros.
¿Y qué tal le sentó?
Mal. Dice que destruyo una familia, que soy horrible. No con esas palabras, pero lo mismo es.
Ramón guardó silencio y Celia distinguió su respiración como un oleaje lejano mientras pensaba qué decir.
Celia, mira, yo tampoco sé dónde colocarme frente a todo esto. Mi hija tiene cuatro años. Si me marcho ahora, siento que la traiciono. Pero seguir así, tampoco puedo. Tengo la cabeza llena de sospechas y, a veces, creo que Susana me es infiel. Podría ser útil si todo acabase en juicios, pero
El silencio les pesó un instante, el hilo de la llamada hecho nada. Algo en Celia destiló una idea, quizás latente desde hacía tiempo, que ni siquiera había nombrado.
Ramón ¿Estás seguro de que es tu hija? Lo dices tú, que sospechas de engaños.
Silencio soñado, extraño, húmedo y pesado
Ramón no llamó ni esa noche ni la siguiente. Celia le envió un mensaje breve, sin preguntas, apretando solo un «Estoy aquí». La respuesta llegó al día siguiente: «He hecho la prueba. Estoy esperando resultado. No puedo hablar ahora, perdona». Y Celia, con un esfuerzo grande, evitó volver a marcar su número.
El mes se estiró como un chicle, prestándose a la burla del tiempo. Ramón a veces llamaba tarde, apenas unos minutos, y Celia se colgaba de los silencios entre frases, sintiendo el desgarrón de quien se contiene y al final opta por un tema mundano, por un Madrid lluvioso, por la nueva panadería de la acera donde venden unos cruasanes tan absurdos que parecen de otro universo.
Ella nunca presionaba, nunca indagaba; le regalaba la normalidad de cualquier lunes anodino, hablaba de su trabajo en la editorial, del rumor de aceras mojadas, de lo que fuera por cobijarle al menos unos minutos.
Así, hasta aquel jueves de aguacero. Celia se acostó temprano, convencida de que dormir era el único consuelo que podía darse. El timbre sonó cerca de las once. Ella se puso una rebeca encima y abrió la puerta: era Ramón, empapado, los ojos rojos, un folio arrugado apretado en el puño.
No habló. No hizo falta: su cara era más elocuente que nada. Celia lo agarró del brazo mojado, lo arrastró al vestíbulo y le abrazó fuerte, tan fuerte que Ramón dejó de fingirse firme y apoyó la frente en su hombro.
No es mía masculló, y a Celia le ardieron aquellas palabras. Cuatro años, Celia. Cuatro años creyendo tener una hija y todo este tiempo ella ha callado.
Celia le acarició el pelo mojado; no ofrecía consejos ni consuelo, solo cuerpo y brazos de no abandono.
El divorcio fue largo y agotador. Celia le acompañó al abogado, recogió papeles, preparó tortilla de patatas cuando Ramón volvía de los juzgados como un fantasma. Jamás reprochó ni pidió atención, aunque a veces la soledad la asustaba. Pero Ramón renacía luz a golpes: cada día, una brizna más de sustancia, un cimiento que Susana había horadado durante años.
Pasó casi un año. Sellaron su unión con una celebración íntima, sin protocolo ni alharacas, en el registro civil de Lavapiés. Celia confesó después que jamás fue tan feliz, porque era verdad cada segundo. El piso recién adquirido olía aún a pintura y polvo, y Celia adoraba ese olor a inauguración, ese principio tan propio.
Después, nació Leo. Se lo llevaron a la habitación: una cosa minúscula, roja y chillona. Celia miró a Ramón, tieso de emoción, y pensó que un año antes esta escena era imposible.
Dos semanas tras el ingreso, Celia dejó sobre la mesa un sobre con el resultado de la prueba de ADN. Ramón miró el sobre y luego a Celia.
De ti no necesito nada de esto, Celia
Ábrelo Celia subió los pies al sofá, hundiendo a Leo dormido contra su abdomen. No va de confianza, Ramón. Es por paz mental. Imagínate, si en el hospital hicieran un lío Así sabemos seguro que nuestro gritón es nuestro.
Ramón leyó en diagonal los resultados, dejó el papel fuera y se sentó a su lado, abrazándolos con precisión. Así se quedaron los tres, en silencio, hasta que algún vecino hizo saltar la cisterna. Celia entrecerró los ojos y pensó en sus padres: cómo habían aflojado, cómo el padre había estrechado la mano de Ramón y hasta había prometido ayudar con la cuna; cómo Carmen le trajo unos patucos de lana enormes, tejidos con tanta ternura que Celia casi lloró en el umbral de casa.
Y se le pasó por la cabeza, con la lógica trenzada del sueño, que un año atrás había hecho bien al negarse a rendirse.





