Un milagro en Nochevieja: Cómo Petri olvidó el regalo de su hija, el enfado de Ana, el misterioso vi…

Un milagro en Nochevieja

¡Juan, explícame, por favor, cómo has podido olvidarlo! ¡Te lo recordé varias veces esta mañana y también te mandé un mensaje! dijo Carmen, mirando a su marido con desaprobación.

Él, de pie en el umbral de la cocina, ponía cara de culpable y solo se encogía de hombros.

No lo entiendo, Carmen… Se me fue de la cabeza, de verdad intentaba justificarse Juan.

¿Y el móvil?

No lo saqué del bolsillo, por eso no vi tu mensaje

Carmen empezó a hervirse por dentro.

O sea, el batería nuevo para el coche no se te olvidó comprarlo, pero el regalo de nuestra hija para Reyes se te esfumó de la cabeza, ¿no?

Pues sí El taller cerraba a las ocho y me di prisa, se me pasó todo lo demás. Lo siento.

A veces, Juan, tengo la sensación de que ese coche viejo y destartalado que se te rompe cada mes es más importante para ti que Lucía Carmen se sentó en un taburete y suspiró pesadamente, consultando el reloj.

Faltaban cinco minutos para las once.

Era tarde, la noche ya había caído, y no había manera humana de arreglar nada a esas horas. La impotencia solo aumentaba la rabia y la tristeza de Carmen.

Carmen, ¿cómo puedes decir eso? Sabes perfectamente que adoro a Lucía. Solo que hoy se me pasó, de verdad. ¿A quién no le puede ocurrir?

Pues a mí no me pasa, Juan quería gritar, pero solo susurraba entre dientes para no despertar a su hija.

El marido intentó abrazarla para apaciguar la tormenta, pero Carmen se apartó, le dio la espalda y

empezó a preparar la ensaladilla rusa en la fuente.

Casi media tarde dedicándole a la ensaladilla rusa para alegrar a mi marido, y él se olvida del regalo de Lucía.

Si es que lo sabía, tenía que haberlo hecho yo misma murmuraba para sí. Pero confié en ti, Juan; creí que eras responsable.

Carmen, si lo pienso, no ha pasado nada tan grave insistió él. Es solo un regalo. Mañana se lo compramos y le decimos que

¿Qué le vamos a decir, Juan? ¿Que su padre tiene memoria de pez con treinta y cinco años? ¿O que era más importante el coche que ella?

Le decimos que los Reyes Magos este año van muy atareados, que mañana seguro que le llega el regalo. Se lo damos por la mañana, como si fuera de parte de los Reyes.

¿Y dónde lo piensas comprar? Casi todas las tiendas van a estar cerradas mañana. A lo sumo las de alimentación Ay, Juan, Juan

La decepción de Carmen era comprensible.

Desde que nació Lucía, en su familia se instauró la tradición: en la madrugada del 1 de enero, nada más sonar las campanadas, toda la familia iba junta al árbol de Navidad para…

…buscar allí los regalos.

Esa costumbre era la favorita de Lucía, que, como muchos niños de su edad, creía en los Reyes Magos, en la magia y en los milagros navideños. Su ilusión al encontrar lo que había deseado era incomparable.

Hoy mismo Lucía miró varias veces bajo el árbol (por si el regalo aparecía antes de medianoche) y le contaba a Carmen que esperaba impaciente la sorpresa de los Reyes.

¿Qué me traerán este año los Reyes? fantaseaba en voz alta. Me encantaría una bici, como la de Marta del segundo, pero si son patines me vale también.

Carmen sonreía al oírla. Justamente había encargado a Juan que le comprara unos patines.

Normalmente Carmen elegía el regalo de Lucía, pero hoy, como Juan tuvo que ir corriendo a trabajar, pensó que podía comprarlo él de camino a casa y así ella no tenía que salir.

Juan llegó pasadas las ocho, pero cuando Carmen estaba poniendo la mesa, guiñándole el ojo, le preguntó por el regalo y él recordó de repente que se le había olvidado por completo.

Carmen, no nos amarguemos hoy por esto pidió Juan, volviendo a intentar abrazarla. Te prometo que no fue a propósito. Debo hablar yo misma con Lucía y explicárselo. Lo entenderá.

Carmen no contestó.

Siguió arreglando la mesa, mientras las lágrimas la traicionaban: ¿Cómo pudo olvidar el regalo de su hija?

Hasta el último momento Carmen quiso creer que Juan tenía el regalo bien escondido para sorprenderlas al final. Pero ya a esas horas, todas las tiendas estaban cerradas.

¿Te ayudo? preguntó Juan, mirando indeciso a su esposa mientras ella distribuía los platos.

Gracias, mejor no. Ya has ayudado suficiente respondió con ironía.

En ese instante entró en la cocina Lucía, radiante de alegría tras ver todos los dibujos animados navideños:

¡Mamá, papá! ¡Faltan menos de dos horas para Nochevieja! ¡Pronto los Reyes Magos vendrán con mi regalo!

Carmen lanzó a Juan una mirada de reproche.

Pero se giró enseguida, disimulando, para no estropear a su hija la ilusión de la noche.

Carmen ya había pensado una solución. Pondría un sobre bajo el árbol con algo de dinero dentro y, en la portada, escribiría: Para Lucía, para tus patines.

Por supuesto, no era el regalo que ella esperaba en la noche mágica, pero siempre sería mejor que no encontrar nada.

Quizá así todo pasaba desapercibido.

****

Cuando la familia se sentó a cenar a las once, alguien tocó el timbre.

Juan, ¿tú has invitado hoy a alguien? preguntó asombrada Carmen. Porque yo, desde luego, no.

No, seguro que no. Serán los vecinos. Voy a ver, id sirviendo, ahora vuelvo contestó Juan, erigiéndose como cabeza de familia.

Abrió la puerta y vio a un hombre barbudo, con una cazadora roja toda rota. Más parecía un vagabundo que un Papá Noel. Se notaba por la pinta y el olor (no era precisamente colonia).

¿Qué desea? ¿Se ha equivocado de piso o viene por dinero? Ya le aviso que no le puedo dar ni un euro, seguro que se lo gasta en vino.

No, no, no vengo a pedirle dinero, de verdad, replicó alegre el desconocido.

¿No viene a pedir dinero? ¿Será posible? pensó Juan, conteniéndose para no reírse.

Nunca despreció a un sintecho, al revés, siempre sintió compasión por ellos. Pero lo que acababa de oír le resultó casi cómico. Era evidente que no tenía recursos, ¿y dice que no viene a pedir nada?

Entonces, ¿qué quiere? preguntó Juan, saliendo al rellano y cerrando la puerta tras él, para evitar que el aroma indeseado se esparciera por toda la casa.

Pues mire usted Me he encontrado un gatito en el portal ¿Lo han perdido ustedes? sacó de debajo de la chaqueta un bultito blanco de pelo. Puede que sea suyo.

Juan sonrió con ironía.

Ya está, como no le voy a dar dinero, me viene a intentar colocar al gato callejero.

Lo siento, nunca lo he visto antes. Además, no hemos tenido animales nunca.

¿No quiere quedárselo? A su hija seguro le gustaría mucho

Claro pensó Juan, intenta vender el gato para sacar algo.

No, muchas gracias.

Entiendo Bueno, tendré que llevarlo a la basura entonces.

El hombre ya se iba, escondiendo de nuevo al gatito, cuando Juan lo detuvo por el hombro.

Oiga, ¡espere! ¿Cómo que se va a tirar a la basura? Déjelo en el portal. Ya encontrará allí algo.

Le echarán a la calle igualmente. Y en la basura hay cajas de cartón donde puede resguardarse, y algo para comer.

Juan nunca fue amante de los animales, pero le apenó de verdad pensar en ese cachorrillo solo toda la noche, pasando frío y hambre.

Tal vez, si hubiera tenido un minuto para pensarlo, habría dicho que no. Pero no tenía tiempo; su familia lo esperaba, el hombre se iba

¡Déjemelo aquí! le quitó el gatito de las manos. No lo tire, por favor.

Como quiera respondió el desconocido, con una sonrisa amable, y desapareció escaleras abajo.

****

Juan entró de nuevo a casa. Carmen y Lucía, intrigadas, asomaban desde la cocina:

¿Por qué tardaste tanto? ¿Pasó algo?

No, no, todo bien sonrió Juan, ocultando el gatito detrás de la espalda, rezando por que no maullara.

Si Carmen se enteraba de lo que traía, a saber quién terminaría en la calle primero, él o el gato.

Sabía que, tarde o temprano, tendría que contar la verdad, pero necesitaba un poco de tiempo para pensar cómo justificarse por haber adoptado un gato sin consultarlo con nadie.

¿Quién era? Carmen lo miró con desconfianza. ¿No estarás tramando algo raro?

Era el vecino, Luis, del quintoimprovisó Juan. Que quería consejo sobre baterías de coche.

¡Vaya, qué experto eres! Anda, ve a lavarte las manos, que pronto empiezan las campanadas.

Cinco minutos y estoy.

En cuanto se quedaron solas, Juan buscó a toda prisa dónde esconder el gatito.

El balcón: imposible, hacía frío.

El baño: arriesgado, cualquiera podría entrar.

Ni la habi­tación ni el dormitorio era opción, solo restaba el salón…

¡Juan, vamos ya! gritó Carmen, con impaciencia. ¡Que no te vamos a esperar!

¡Voy, ya voy!

Decidió dejar el gatito en la estantería baja del mueble del salón, medio abierta la puerta para que respirara. Y corrió de vuelta a la cocina.

****

¡Feliz Año Nuevo! gritaban en la calle.

Juan abrazó a su mujer y a su hija. Les deseó, como siempre, salud y suerte.

Mientras hablaba, Lucía dejó el vaso y corrió al salón. Carmen notó entonces que se había olvidado de meter el sobre bajo el árbol y le lanzó a Juan la mirada más amarga: ¡Por tu culpa todo esto!

¡Ahora te toca consolarla a ti!

Pero Lucía no se desesperó; al contrario, al cabo de unos minutos gritó de alegría.

Tan alto fue su júbilo que ni todo el bullicio exterior pudo acallarlo.

¡Mamá, papá! ¡Venid corriendo! ¡Mirad lo que me han dejado los Reyes bajo el árbol!

Carmen y Juan entraron en el salón y se quedaron petrificados. Lucía, con una sonrisa radiante, abrazaba a un pequeño gato blanco bajo el árbol.

¡Era lo que más deseaba! ¡Los Reyes Magos me han traído un gatito! ¡Lo llamaré Copito!

Lucía lo tomó en sus brazos, mientras Carmen apartaba a Juan a un lado.

¿Esto qué es? ¿De dónde ha salido? ¿Has sido tú?

Carmen, no te enfades, por favor. Te lo explico

¿Enfadada? ¡Mira cuán feliz está Lucía! Deberías haberme avisado del sorpresón, me has hecho pasar un disgusto inútil hoy le abrazó y besó en la mejilla.

Juan todavía no salía de su asombro y agradecía mentalmente haber salido tan bien parado.

Como dicen, en Nochevieja pasan verdaderos milagros. La hija feliz y la esposa ya sin enfado.

Todo gracias a un pequeño gato blanco y

De pronto se le vino a la cabeza el sintecho.

Carmen, escúchame una cosa

Le susurró algo al oído y ella, sorprendida, asintió sonriendo.

****

Bueno, Paco, el hombre de la barba dio una palmada en el hombro de su compañero. Ya hemos logrado que todos los gatitos encuentren casa. Vaya suerte, ¿eh? Podemos volver al sótano antes de que lo cierren.

Sí, y tu idea de la basura ha funcionado rió Paco.

¿Tú crees? Pensé que me lanzarían por las escaleras cuando lo soltara.

Había riesgo, pero solo alguien compasivo acoge así a un gatito y no lo deja tirado.

Así es… Lo importante es que estos peques han acabado en buenas manos.

Los dos sintecho se sentaron en un banco cercano al edificio donde habían logrado que varias familias adoptaran los cachorros encontrados esa mañana en el sótano.

Había ambiente, gente por la calle, y nadie los ahuyentaba como de costumbre.

Al contrario, algunos les deseaban feliz año y ellos devolvían los buenos deseos.

De repente, la puerta del portal se abrió y Juan apareció corriendo. Los divisó en el banco, les hizo un gesto alegre y corrió hacia ellos.

¿Pero qué hace ese? ¿No querrá devolver el gatito? se inquietó el barbudo.

Ese es el último padre, ¿no? Qué raro

¡Feliz Año Nuevo, amigos! sonrió Juan, acercándose con una gran bolsa. Mirad, mi mujer y yo os hemos preparado algo para celebrar la noche.

Muchísimas gracias. No lo esperábamos agradecieron emocionados Paco y el barbudo.

Esto es de mi parte, dijo Juan, ofreciéndoles una botella de cava. Que no falte el brindis.

Paco, esta noche sí que será especial. Hay milagros, ¿eh? dijo ilusionado el barbudo.

Juan se iba a marchar, pero se detuvo, girándose de nuevo.

¿Dónde vais a cenar esta noche, si puede saberse?

Pues, en el sótano, que de momento sigue seco y calentito contestó Paco.

¿Sabéis qué? Veníos conmigo.

Cinco minutos después, los tres llegaron al garaje de Juan. Él abrió para que entraran.

Poneos cómodos. Hay sofá y calefacción, y mesa y platos de sobra. Estaréis mucho mejor aquí que bajo tierra. Muevo el coche fuera y así tenéis más espacio.

Ya encajamos, Juan, no te preocupes dijeron tímidamente.

No, nada de eso. El coche puede esperar fuera. Y solo os pido que lo celebréis con moderación, ¿vale?

Descuida, no bebemos más que para el brindis prometió el barbudo.

Os creo. Mañana vendré a veros, y si queréis, podemos intentar buscar algún lugar mejor para vosotros.

Eso no nos lo esperábamos musitó Paco.

Sí, realmente sorprendente coincidió el barbudo.

Y así transcurrió la noche. Realmente navideña. Realmente mágica.

A veces, los milagros suceden cuando menos los esperas y cuando compartimos lo poco que tenemos, recibimos mucho más: la alegría de ver feliz a quienes amamos y la satisfacción de hacer el bien. Así, una Nochevieja cualquiera puede convertirse en un auténtico milagro.

Rate article
MagistrUm
Un milagro en Nochevieja: Cómo Petri olvidó el regalo de su hija, el enfado de Ana, el misterioso vi…