He cerrado la puerta en sus narices
Viernes, 14 de abril
Mamá, yo sé que no me quieres…
Me he quedado inmóvil con el paño de cocina en la mano. Me he girado despacio hacia mi hijo. Sergio estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, con el ceño fruncido y las manos escondidas en los bolsillos de su pijama.
¿Cómo dices? he dejado el paño sobre la barra. ¿De dónde sacas eso?
Me lo ha dicho la abuela.
Por supuesto, la abuela.
¿Y qué más te ha dicho la abuela?
Sergio ha dado un paso hacia la cocina. Levantaba la barbilla, terco, con esa mirada propia de su padre.
Que te fuiste de casa porque no querías que yo tuviera una familia normal. Que lo hiciste para fastidiarme, para que no fuera un niño feliz. Que lo hiciste a propósito.
Me quedé mirándole. Casi diez años. Dos años ya viviendo solos, desde que Fernando desapareció de la vida de Sergio sin dejar ni una llamada, ni siquiera para felicitarle el cumpleaños. Pero Carmen, mi exsuegra, no falla ningún fin de semana en ver a su nieto y en llenarle la cabeza de sus historias.
Sergio he intentado hablar serena, no deberías escuchar tanto a la abuela. No sabe toda la verdad.
¡Sí lo sabe! saltó Sergio. ¡Ella sí lo sabe todo! ¡La que miente eres tú! Si de verdad me quisieras, habrías intentado salvar la familia. No habrías pedido el divorcio. No lo habrías roto todo.
Cada palabra era un puñal. Le temblaban los labios y tenía los ojos acuosos. Y lo peor: creía de verdad lo que decía.
Sergio
¡Papá viviría con nosotros! ¡Seríamos una familia!
Tu padre no te ha llamado ni una sola vez en dos años lo solté sin poder evitarlo. Ni una, ¿me oyes?
¡Porque tú no dejas! ¡La abuela dice que tú se lo prohibes!
Sergio dio media vuelta y salió corriendo de la cocina. De inmediato oí el portazo de su cuarto.
Me quedé de pie junto a la mesa, los paños a medio doblar, el tic-tac del reloj, y ese silencio denso que se hace hueco.
Me senté en la silla, escondí la cara entre las manos y las lágrimas salieron solas, llenas de rabia y de impotencia. Fernando me engañó, estuvo viéndose dos meses con una compañera de su despacho. Cuando lo descubrí, ni siquiera se disculpó. Encogió los hombros, como si no tuviera importancia. ¿Cómo iba a perdonarle? ¿Cómo podía vivir con alguien que me mentía a la cara? Pero ahora para Sergio la que ha roto todo soy yo.
Mientras, Carmen siempre tan respetable señora de barrio sigue tejiendo su telaraña. Para ella su hijo no puede tener culpa, la mala soy yo, incapaz de tragarme el orgullo un poco más por el bien de la criatura.
Miré por la ventana. Sergio, con casi diez años, aún no lo entiende. Y a saber cuánto tardará en comprenderlo todo.
Tres días eternos. Estaba, pero distante: desayunaba, iba al colegio, volvía, hacía los deberes… pero era como si nos separase también un cristal. Le preguntaba por clase y mascullaba algo, absorto en el móvil. Le llamaba a cenar y se sentaba en silencio, sin levantar la vista del plato. Cuando intentaba abrazarle antes de dormir, se apartaba y soltaba solo un buenas noches antes de encerrarse de nuevo.
Hoy decidí que tenía que hacer algo. Pasé por el supermercado después del trabajo: compré una tarta Sacher, patatas fritas de las que le gustan, una pizza grande con jamón y champiñones. Quizá veamos juntos una película. Quizá podamos hablar, otra vez, como antes.
Abrí con dificultad la puerta del piso cargada con las bolsas.
¡Sergio! Ven aquí, mira lo que he traído.
Silencio.
¿Sergio?
Caminé por el pasillo, empujé la puerta de su cuarto: vacío. La cama deshecha, libros sobre la mesa pero la mochila no estaba. Tampoco la cazadora.
Cogí el móvil y le llamé. Tono largo, luego colgó. Le mandé un mensaje: ¿Dónde estás? Llámame. Dos marcas azules: lo ha leído.
Nada.
Probé otra vez, y otra. A la quinta colgó.
Pero ¿qué está pasando?
Las manos me temblaban tanto que casi no podía teclear. Otra llamada, otra Solo tonos.
Hasta que por fin, al sexto intento:
¿Sí?
¡Sergio! apreté el teléfono al oído. ¿Dónde estás? ¿Pasa algo? ¿Estás bien?
Estoy bien.
Parecía tranquilo. Demasiado, quizá.
¿Dónde estás? ¿Por qué te has ido?
He ido a casa de papá. Me voy a vivir con él.
Me quedé parada, en mitad del pasillo.
¿Qué?
La abuela me ha dicho que papá quería llevarme. Que en el juicio quiso, pero que tú no le dejaste. Y yo no quiero vivir contigo. Estaré mejor con papá.
Sergio, espera
Tono corto.
Intenté devolver la llamada, pero ya estaba apagado.
Corrí por toda la casa mientras me ponía la chaqueta y buscaba el bolso. Pedí un taxi a toda prisa. Aún recordaba perfectamente la dirección de Fernando.
Veinte minutos de atasco. Veinte minutos mordiéndome las uñas y con mil pensamientos en la cabeza.
El taxi paró delante del bloque. No esperé ni el cambio, bajé y corrí hacia el portal, pero entonces me detuve.
Sergio estaba sentado en el banco, a la entrada, con la cazadora abierta y la mochila al lado. Tenía la cara mojada, roja, los hombros temblando.
Estaba llorando.
Corrí hasta él, me dejé caer de rodillas sobre el suelo húmedo, le abracé. El frío caló al instante a través de los vaqueros, pero me dio igual.
¿Estás bien? ¿Has comido algo? ¿Por qué lloras?
No podía evitarle tocarle las manos, la cara, comprobar que estaba entero por fuera al menos. Tenía las mejillas heladas, la nariz roja y las pestañas pegajosas de las lágrimas.
Me miró, con los ojos rojos, tan cargados de dolor que se me atragantó la voz.
Papá me ha echado.
Me quedé helada, con las manos aún sobre sus hombros.
¿Qué?
Está con otra allí. Tienen un bebé sollozó y se pasó la manga por las mejillas, embarrándolo todo. Ni me dejó entrar. Dijo que no pintaba nada, que volviera con mamá. Y me cerró la puerta. Justo delante de mi cara.
La voz se le rompió y se tapó la cara. Los hombros le temblaban.
Le apreté fuerte contra mí, metí la nariz en su pelo, que olía a viento frío y a champú de niños. No se apartó. Por primera vez en tres días, no se apartó. Agarró mi chaqueta y la aplastó contra su cara.
Vamos le dije suave, cuando pudo respirar un poco. Vamos a aclararlo todo. Ahora.
El taxi a casa de Carmen tardó quince minutos más. Sergio iba callado, mirando por la ventanilla los faroles y el asfalto mojado. Le cogí la mano y, esta vez, no la quitó. Su manita pequeña y glaciar entre las mías.
La puerta se abrió en cuanto llegamos, como si Carmen estuviera esperando. Batas, rulos, zapatillas de borlas: la imagen de la abuela de toda la vida. Pero en los ojos, solo desconfianza.
Vaya, ya estamos todos. ¿Ahora la madre te trae aquí para que te pongas contra tu padre? ¿Contra mí?
Sergio cruzó el umbral, la espalda tiesa, la cabeza bien alta bajo esa parka azul que pronto le quedará pequeña.
Abuela dijo con una voz distinta, más seria, ¿me has mentido?
Carmen dudó. Un segundo se le descompuso la expresión.
¿De qué hablas, hijo?
He ido a ver a papá. Me ha echado. ¿Por qué?
Vi cómo se le caía la máscara de buena abuela. Los ojos le buscaban una salida, resbalaban de él a mí y vuelta.
Ha sido culpa de tu madre, ella
Tú decías que mamá me prohibía hablar con él. Decías que él me quería, que me echaba de menos. Sergio apretó los puños. Entonces, ¿por qué me cerró la puerta? ¿Por qué ni quiso hablarme, ni mirarme a la cara?
Está muy ocupado, cariño, está pasando por un mal momento
¿Y si mamá tenía razón? alzó la voz, y Carmen se echó atrás. Que ya no le importamos, ni yo ni nadie. Que tiene una nueva familia, otro hijo. Que somos solo un estorbo.
Carmen se irguió, la barbilla bien alta, los ojos brillando.
¡Eso es lo que te ha enseñado tu madre! ¡Ha sido ella la que ha destruido la familia!
¡Ya basta! gritó Sergio. El eco retumbó en la escalera.
¡Estoy harto de tus mentiras! ¡Dos años escuchando cuentos de un padre que ni siquiera me felicita el cumpleaños! No pienso volver. Ni me llames más. Si él me ha rechazado, yo también le rechazo. A los dos. Se giró hacia mí. Mamá, vámonos.
Por primera vez, Carmen se quedó pálida, sin saber qué responder. Le vi de verdad mayor y frágil, por fin sin esa coraza de reproches.
Adiós dije, y cerré la puerta, suavemente.
En casa, Sergio se comió dos trozos de pizza fría y tres tazas de té bien cargado con mermelada de frambuesa. Se sentó en el sofá, envuelto en la manta de cuadros, callado, con la nariz aún roja. Fuera, la noche era oscura y la lámpara dibujaba sombras dulces en su cara.
Mamá.
Dime, cariño.
Perdóname.
Dejé la taza sobre la mesa y le miré de verdad; a esos hombros pequeños, al pelo alborotado, a la línea testaruda de su frente.
Tú siempre te has esforzado por mí, y yo Yo solo hacía caso a la abuela. Le creía a ella, no a ti. Bajó la mirada, jugando con los flecos de la manta. No volveré a hacerlo. Ahora miraré por mí mismo, creeré lo que vea, no lo que me digan.
Le sonreí, me acerqué, y le revolví el pelo. Esta vez no se apartó, al contrario, se apoyó en mí como cuando era pequeño.
La lección fue dura. Cruel, en realidad. Pero creo que Sergio, por fin, ha aprendido.





