Solo queríamos lo mejor para ti —¿Ahora una escuela de música? —La madre arrojó sobre la mesa el fo…

¿Cómo que conservatorio, chiquilla? la madre tiró sobre la mesa el folleto que Lucía había traído del instituto. ¡Ni hablar! Ni se te ocurra.

Lucía estaba de pie en la puerta de la cocina, abrazando la mochila como si fuera un salvavidas. Tenía un nudo tan grande en la garganta que ni con una botella de agua pasaba.

Mamá, pero yo quiero
Yo quiero, dice la madre la imitó con tonito. Mucho quieres tú. Vas a estudiar para contable. Es una profesión de prestigio, con futuro. No te faltará nunca un euro, hija.

El padre, sentado en la mesa, no decía nada, pero Lucía lo tenía más que claro: su silencio era otra forma de estar de acuerdo, como siempre.

Papá se giró hacia él aferrándose a la última esperanza. Dilo tú, dijiste que tenía talento.

El padre alzó la mirada, vio la de su mujer, y volvió a clavar los ojos en el plato.

Tu madre tiene razón, hija. La música no es una profesión. Eso es lo que haces en tus ratos libres.

Las lágrimas salieron a borbotones, calientes y furiosas. Lucía se secó la cara con el puño del jersey del uniforme, y sólo consiguió esparcirse los mocos y el rímel por toda la cara.

Ya está. Otra vez llorando la madre apretó los labios. Mira a tu prima Cristina, ¡mira a tu prima! Es contable, tu tía Carmen no habla de otra. Y mira: piso propio, marido decente, viven como personas normales. ¿Tú eres peor? ¿Vas a pasarte la vida tocando la guitarra por los portales?

Cristina. Siempre Cristina, la hija de tía Carmen, la sobrina favorita y eterna referencia. Cristina esto, Cristina lo otro. Cristina ya casada con veinticinco, y tú, Lucía, ni los platos sabes fregar.

Yo no quiero ser como Cristina murmuró Lucía. Yo quiero la música.
Ya se ha acabado el tema el padre empujó el plato y se levantó despacio de la mesa. Lo dicho. Vas a Empresariales y punto. Nosotros no queremos nada malo.

Lucía los miró a los dos: la madre con esa cara de limón agrio de siempre, el padre ya de camino fuera de la cocina, zanjando el asunto. Un bloque sólido, imposible de atacar. No tenía ni ahorros ni voz. Sólo un sueño que acababa de ser pisoteado junto al folleto, ahí sobre el linóleo.

Asintió. Sin decir ni mú recogió el folleto arrugado del suelo, lo alisó y lo tiró a la basura…

…Cinco años de universidad se le fundieron en una película en blanco y negro. Lucía iba a clase, machacaba contabilidad, aprobaba los exámenes. No entendía ni disfrutaba ni una materia. Débitos, créditos, balances todos esos números pesaban una tonelada y se le quedaban pegados a los zapatos.

En la graduación, su madre brillaba como si el título fuera suyo. Fotografiaba a Lucía frente a la columnata de la facultad, llamaba a tía Carmen para presumir.

¿Ya tiene trabajo? preguntaba la tía desde el móvil, y la madre sonreía triunfal.
Ya está hecho, la cogen en una empresa buena. Vuestra Lucía va a llegar lejos, ya verás.

Vuestra Lucía, como quien habla de un jamón caro, un producto familiar.

El primer día de trabajo de Lucía fue todo lo que había temido: despachito sin luz, monitor gris, pila de papeles y olor a café soluble de marca blanca. Sus compañeras, dos señoras de cuarenta y pico, desgranaban los chismes del súper y los divorcios del vecindario.

Lucía pasó ocho horas mirando hojas de excel. Los números le bailaban y se convertían en sopa de letras. Llegó a casa con migraña y ganas de llorar.

La nómina llegó el día veintiocho. Lucía miró la cantidad en el móvil, hizo cuentas. Daba justito. Si pillaba un cuarto en las afueras y apretaba el cinturón, sobreviviría.

Esa tarde, sin pronunciar palabra, empezó a meter sus cosas en la maleta vieja. Su madre entró justo cuando Lucía cerraba la cremallera.

¿Pero esto qué es?
Me voy de casa.

Segundos de silencio. La cara de la madre pasó del asombro al tomate en un suspiro.

¿Que te vas? ¿Te has vuelto loca?
No, mamá. Lo tengo claro.
¿Y el piso? ¿Y el coche? la madre se aferró al marco de la puerta como si fuera a caerse. ¡Si tu padre y yo lo teníamos todo planeado! Ahorrarás para la entrada del piso, te sacas la hipoteca, luego te casas bien
Eso lo habéis planeado vosotros Lucía la esquivó y salió al pasillo. Pero es mi vida. No vuestra.

El padre asomó la cabeza.

Lucía, por favor, ¿a dónde vas a ir?
Ya veremos.

Lucía abrió la puerta de la casa. Salió, y la puerta se cerró sola por la corriente.

La maleta le pegaba en las piernas bajando las escaleras. Desde abajo ladraba un perro ajeno, en el quinto alguien subía la radio a tope. Una noche normal en una casa normal.

Lucía llegó a la calle, respiró hondo y caminó hacia la parada de autobús. En el bolsillo, el salario; en la maleta, sus cosas; y por delante, una vida ignorada por el GPS familiar.

…Los primeros meses tras la fuga, el móvil echó humo a base de llamadas. La madre mandaba mensajes eternos, mezclando amenazas con melodramas. El padre llamaba por las noches, cuando Lucía regresaba a su cuartucho alquilado de Vallecas.

Vuelve a casa, hija. Ya vale. Somos familia.

Lucía escuchaba la voz ronca por el teléfono y negaba con la cabeza, aunque él no podía verla.

No, papá. No vuelvo.
Entonces ya no eres nuestra hija cantó la madre al fondo, quitándole el teléfono. ¿Oyes? Olvida el camino. No tenemos hija.

Colgó. Lucía dejó el móvil en la ventana y miró largo rato las luces titilantes del barrio que apenas sentía suyo. Sin lágrimas, sin rabia. Sólo un hueco raro en el pecho, que el tiempo llenó con la costumbre.

…Diez años volaron. Lucía mudó tres veces de piso, cambió cinco curros, trasnochó entre partituras y programas de edición. Aprendió sola, en pijama, de madrugada. Aceptaba encargos de saldo: música para anuncios de detergente, cortos de estudiantes, jingles para podcasts de dudoso gusto. Y así, sin hacer ruido, poco a poco, se abrió hueco.

Ahora su nombre salía en los créditos de tres películas y dos series que hasta sus vecinos veían en la tele nacional. Su estudio doméstico ocupaba una habitación entera y, desde hacía tres meses, relucía una alianza en su dedo anular.

Álvaro, su marido, entró en el estudio mientras Lucía remataba un tema y le dejó un café humeante junto al teclado.

Está sonando el portero dijo, besándole el pelo. ¿Esperamos a alguien?
Ni idea. Se habrán equivocado de piso, seguro.

Pero insistieron. Y otra vez. Y otra. Con esa firmeza de quien sabe que atrás de esa puerta hay vida.

Lucía se quitó los cascos y se acercó al portero automático. En la pantalla, dos ancianos mujer con abrigo de la Prehistoria, hombre con cazadora más gastada que su matrimonio. Reconoció a sus padres al instante, aunque el tiempo los hubiera arrugado. Ella más encorvada, él más barrigón.

Lucía pulsó el botón.

¿Qué queréis?
Lucía… la madre se pegó a la cámara. Cariño, somos nosotros. Ábrenos, por favor.

Lucía ni se movió. Álvaro se acercó y le puso la mano en el hombro.

¿Son tus padres? preguntó en voz baja.
Mmm.

Pulsó de nuevo el botón.

¿Cómo habéis encontrado la dirección?
Por conocidos tartamudeó la madre Cristina vio tu boda en Instagram, decían el barrio, y luego…
Bien.

Lucía cortó la explicación y observó la pantalla: dos viejos moviéndose de un pie al otro. Diez años de silencio, diez años sin una llamada ni un ¿sigues viva?. Y ahora, en el portal, allí, como quien viene a pedir sal.

Bajo yo dijo a Álvaro Espérame aquí.

En el portal, Lucía se detuvo, tomó aire y abrió sólo lo justo para salir.

Lucía ¡Qué guapa estás! Estamos tan orgullosos La boda fue tan bonita, las fotos, tu marido, que dicen que es de buena familia
¿A qué habéis venido?

La madre se calló, miró al padre. Él carraspeó, manos en los bolsillos.

Hija, somos tus padres empezó lo pasado está pasado. Ahora que estás bien podrías ayudarnos.
¿Ayudaros?
Claro encogió los hombros necesitamos arreglar la bañera del baño y, bueno, hace años que no vamos a la playa. Tú ahora tienes dinero, buen marido

La madre le dio un codazo disimulado, pero el padre siguió.

¿Qué pasa? Es nuestra hija. Tiene que ayudar, ¿no?

Lucía se apoyó en el marco y cruzó los brazos. Esbozó una sonrisa torcida.

¿Tengo? Qué curioso. Diez años sin hija, ni señales, ni recuerdos. Y ahora que me va bien, de repente la familia.

Sólo queríamos que recapacitaras atropelló la madre Era por tu bien
Por mi bien, claro Lucía asintió. Sabéis, logré todo esto porque no olvidé mi sueño. No me convertí en la contable perfecta que queríais. No enterré mi vida entre balances y papeles en un zulo sin ventana. Elegí mi camino, y este es el resultado.

Señaló el portal, la luz cálida detrás.

¿Así que venís por dinero? ¿Un baño nuevo, vacaciones? ¿Después de diez años? Un poco fuerte, ¿no?

Ya está bien, hija bufó el padre ¡Déjate de resentimientos!
No es resentimiento. Es un hecho: me borrasteis. Cuando mi vida salió mejor de lo que esperabais, vinisteis a pedir. Vaya sentido de la familia.

La madre sorbió la nariz. Le temblaban los ojos.

Te queremos, Lucía. Siempre te hemos querido, hija…
Si de verdad queréis lo mejor interrumpió Lucía, y la madre calló , volvedos y olvidadme. Haced como hace diez años: vivid como si no tuvierais hija. Así, todos felices.

Retrocedió y empezó a cerrar la puerta. El padre quiso avanzar, pero su mirada lo paró en seco.

Lu
Adiós.

La puerta se cerró quedo, como el telón de un teatro.

Lucía subió y entró en casa. Álvaro la esperaba, los ojos llenos de preguntas.

¿Todo bien?
Sí suspiró Lucía, apoyándose en su pecho. Ahora sí.

Él la abrazó y le acarició la espalda, sin preguntar más. Y Lucía pensó que sí, ahora estaba mejor que la prima Cristina. Piso, pareja y carrera para presumir si le apetecía. Pero en realidad, de eso no iba todo.

Le había costado diez años: caídas, noches en vela, tragarse el orgullo y rascarse el bolsillo. Y ahora era feliz. Feliz de verdad, de esa que quema por dentro. Y eso, mire usted, no lo pone en ningún folleto.

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MagistrUm
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