Yo conocí a Álvaro cuando ambos teníamos veintisiete años. Por aquel entonces, Álvaro ya había terminado la carrera con matrícula de honor y se preparaba para la defensa de su tesis. Había conseguido varios logros en el ámbito académico. Además, ya había ahorrado lo suficiente para comprarse un piso de dos habitaciones y una plaza de garaje. Después de acabar la universidad, tenía pensado comprarse un coche. Un año después, nos casamos. Y al año y medio nació nuestra hija. Cuando celebramos nuestros treinta años, nuestra pequeña tenía ya dos meses.
Como se acercaba su cumpleaños, le sugerí celebrarlo en un restaurante con sus padres. Sin embargo, él no aceptó la idea. Me dijo que prefería pasar su día solo con nosotras, sus mujeres.
Así lo hicimos. Al día siguiente, después del trabajo, fue a visitar a sus padres. Pero volvió enseguida. Se sentó en el sofá y rompió a llorar. Me quedé helada. Un hombre adulto, independiente, padre de familia, lloraba como un niño. Intenté consolarle, calmarle. Y ahí fue cuando todo salió a la luz.
Resultó que, de niño, había sufrido castigos físicos por las cosas más pequeñas: por jugar al fútbol en la calle, por mancharse la ropa, por hacer una mancha de tinta en el cuaderno… Le pegaban tanto su padre como su madre.
Cuando crecí, dejaron de pegarme, pero nunca escuché una palabra amable de su parte. Terminé la formación profesional con las mejores notas.
¿Y qué? Es solo formación profesional. Ahora tienes que ir a la universidad. Y Álvaro fue, aunque no lo necesitaba realmente.
Compró un piso.
Solo tiene cincuenta metros le decían.
Eso, mientras ellos vivían en una casa que apenas llegaba a los treinta. Se casó.
Una mujer pequeña y delgaducha. ¿Seguro que podrá tener hijos?
Tuvimos una hija.
A saber de quién será esa niña. ¡Si no se nos parece en nada!
Al final, sus padres le montaron una bronca por no organizar un banquete para celebrar su aniversario de bodas.
¡Hijo desagradecido!
Así, dictaron su sentencia. Y entonces Álvaro me preguntó:
¿Soy tan mala persona para que no me quieran?
Le respondí que hay personas que simplemente no saben querer. Tuvo la mala suerte de nacer en una familia así. Pero ahora me tiene a mí y a nuestra hija. Le queremos con todo nuestro corazón. Porque es el mejor del mundo.
¿Te has dado cuenta de cuánto se alegra tu hija cuando vuelves del trabajo a casa? le dije.
Y Álvaro, al recordar cómo brillan los ojos de nuestra pequeña cada vez que ve a su padre, por fin se tranquilizó. Y entonces, volvió a sonreír.





