Nueve rosas rojas…
La suegra acababa de llegar a casa por unas horas y el yerno sintió que no podría aguantarlo. Dijo que iba a los baños, cogió sus cosas y salió.
Pero el infortunio le esperaba: la casa de baños estaba cerrada por reformas. Y el ánimo, ya decaído, se desvaneció por completo.
¿Volver a casa? ¡Ni pensarlo!
Comenzó a vagar por las calles de Madrid, entre plazas y esquinas; entrar en una tienda no era cosa de hombres, pensó. Se sentó tristemente en un banco de la Gran Vía.
Entonces los vio: una pareja de unos sesenta, bien vestidos, caminando despacio bajo la luz dorada del atardecer. Ella tomaba a su marido del brazo y charlaban en voz baja, sólo para ellos.
El hombre, quieto en el banco, pensaba: Mira, tienen de qué hablar. Nosotros llevamos quince años juntos, lo hemos conversado todo yahabitualmente sólo hay silencio.
De repente la pareja se detuvo y el marido, con delicadeza, reajustó el pañuelo de su mujer. Siguieron paseando a paso lento.
Nunca dejan de querersequé raro que mantengan el amor, se dijo el hombre, nosotros hace tiempo que ni nos miramos.
Su esposa, menuda y encogida, pertenecía a ese tipo de mujeres eternamente fatigadas: mujeres que ya no se cuidan, que se conforman con poco. Trabaja en una fábrica de Leganés, siempre preocupada por lo niños, por los mil quehaceres de la casa.
No se sienta nunca, siempre algún trapo o la fregona en la mano, moviéndose deprisa en bata vieja, el pelo revuelto, la expresión constantemente seria, ausente hasta la sonrisa.
A la peluquería apenas va; sólo si el desaliño casi ya la avergüenza. El hombre, sentado, recuerda: Nos quisimos mucho. ¿Dónde quedó todo eso?
Intentó rescatar ese sentimiento antiguo, escondido; y lo consiguióuna chispa de ternura le rozó por dentro, dejando una estela cálida. Le dio tanta pena ella, su mujer, que sintió la necesidad urgente de hacer algo bueno.
No podía quedarse sentado; había que hacer ese algo, y debía ser ya, en ese preciso momento. Caminó ligero, sin saber adónde iba.
La señal llegó súbita: casi tropezó con un quiosco de flores junto a la Plaza Mayor. ¿Flores? Si las llevo, pensará que soy tonto, que tiro el dinero. Mejor comprarle deportivas nuevas a Mariola, que no tiene para gimnasia.
Titubeó, pero esa ternura le pinchaba el alma dulcemente.
Al diablopensó.
Entró. La florista, joven y atenta, le saludó. Hacía quince años que él no compraba flores.
Quizá una rosa bastaría… Pero una voz interna lo detuvo: una sola no significa nada. Se armó de valor: Me da nueve.
La absurda extravagancia lo sobresaltó. ¡Menuda locura! Pero las palabras ya habían volado.
Al salir, sentía las miradas inquisitivas de los transeúntes chocando contra él.
Marcó a casa, asegurándose de que la suegra ya se había marchado.
Subió por la escalera, el corazón apretado. Seguro que me echa a la calle con las flores, pensará que estoy loco, que las tire al cubo directamente si empieza a gritar.
Justo entonces su mujer, con las manos todavía limpias tras dejar una bolsa de harina sobre la mesa, se giró y lo vio. Él se quedó quieto, sin respirar, y ella se detuvo, perpleja ante el ramo.
Aurora, son para ti. Tenía ganas. ¿No te vas a enfadar?
Ella dudó, observándole como si fuera una visión del sueño. Sin decir nada, tomó las flores, las acercó a la cara, esbozó una leve sonrisa. De repente, desaparecieron la fábrica, los días agotadores, quince años de rutinas.
Casi susurrando, murmuró: Gracias.
El jarrón quedó en medio de la mesa: nueve rosas rojas que parecían encender la habitación entera.
Ella acarició los pétalos y después, pensativa, se detuvo frente al espejo y se arregló el pelo. Los rasgos se le suavizaron; la preocupación, por un instante, le cedió el sitio a cierta ensoñación.
Él la abrazó por la cintura, y permanecieron así, callados.
Bastó un instantesólo un instantepara que el tiempo se detuviera y los sueños fueran de color de rosa.







