Diario de Lucía, Madrid
Lucía, por favor, Carmen admiraba mi vestido de lino viejo con una mezcla de incredulidad y lástima, como si fuera una pieza de museo. ¿En serio sales con eso? ¿Y delante de tu marido?
Sin pensarlo, bajé la mirada y alisé el dobladillo. La tela ya estaba tan suave tras muchísimos lavados que era casi una segunda piel.
Me gusta…
Bah, a ti te gusta cualquier cosa, saltó Alba sin apartar los ojos de su móvil. Te gusta quedarte en casa, cocinar guisos, tejer tapetes. ¿Te das cuenta de que la juventud se escapa? Hay que vivir, no solo existir.
Carmen movió la cabeza enérgicamente, las arracadas de oro tintineando y brillando con cada gesto.
Pero, ¡chica! Ayer Pablo y yo fuimos a ese restaurante nuevo en la Gran Vía… Exquisito. ¿A que tú, como siempre, hiciste patatas fritas?
Las había hecho. Con setas, como le gustan a Jorge. Llegó agotado del trabajo, comió dos platos y se quedó dormido en mi hombro frente a la tele. No lo conté. ¿Para qué? Mis amigas nunca entenderían.
Hace años, las tres nos casamos con pocos meses de diferencia. Recuerdo bien aquel año: mi modesta ceremonia en el registro civil, la boda de Carmen con orquesta y fuegos artificiales, y luego la celebración de Alba, donde cada invitado recibió una caja de dulces personalizada. Ya entonces notaba cómo Carmen y Alba se miraban entre sí cuando les contaba que quería pasar la luna de miel en la casa de campo de los padres de Jorge. Carmen bufó en la copa de cava y Alba puso los ojos en blanco tan visiblemente que todo el mundo lo vio.
Desde entonces, sus indirectas se volvieron la sintonía habitual en nuestras reuniones. Aprendí a no prestarles atención, aunque cada vez me dolía por dentro.
Carmen era de las que llenan la habitación con su presencia. Risa fuerte, gestos amplios, historias infinitas sobre quién dijo qué y quién miró a quién. Su casa con Pablo era un sitio de paso, siempre llena de amigas, colegas y algún conocido más, con copas sucias y manchas de vino en la alfombra clara.
El sábado seremos unos quince en casa me anunciaba por teléfono Carmen ¡Ven! Pablo hará carne a la parrilla.
Rehusé con cortesía. Jorge después de la semana solo pide silencio, no una cocina llena de gente que no conoce.
Pues quédate en tu ratonera Carmen colgó, y en su voz había algo parecido a la lástima.
Pablo al principio apoyaba a su mujer. Ayudaba a poner la mesa, bromeaba con los invitados, recogía después del jaleo. Cuando iba en esas raras ocasiones lo veía cansado, con sonrisa forzada, gestos mecánicos. Servía el vino, se reía en el momento justo, pero su mirada ya buscaba otra parte.
Pablo, ¿qué pasa? ¡No seas aguafiestas! le pinchaba la mejilla Carmen, delante de todos. ¡Sonríe, que van a pensar que no te doy de comer!
Él sonreía. Todos reían. Y yo pensaba cuánto tiempo puede aguantar uno sin que la máscara acabe fundida a la piel. O te la arrancas de golpe.
…Diez años después, la máscara cayó. Pablo se fue con una compañera de trabajo, una contable discreta que, decían, le llevaba empanadillas caseras y nunca le hablaba alto. Carmen lo supo la última, aunque la oficina murmuraba desde hacía semanas.
Me ha dejado lloraba Carmen por teléfono, sonaba algo caer y romperse detrás. ¡Desagradecido! ¡Le di mis mejores años! ¡Y se va!
Escuché en silencio. ¿Qué decir? Que Pablo llevada diez años durmiéndose entre risas ajenas y conversaciones que no eran sus sueños. Que una casa no es sitio para una fiesta permanente.
Tras el divorcio, supimos que el piso aún tenía hipoteca y acumulaba deudas como para comprar un Seat nuevo. Carmen se quedó sola, luchando con los papeleos y los pagos. Su risa se volvió escasa.
Alba, mientras tanto, armaba una vida de escaparate. Su Instagram rebosaba fotos: restaurantes, tiendas de Serrano, playas de la Costa Brava. Selfies impecables, frases sobre felicidad y gratitud. Sergio salía en el fondo, casi borroso: el soporte silencioso de toda esa fachada.
Mira esto, Alba me metió el móvil bajo la nariz. Asunción recibió un collar de Tous por su aniversario. ¿Y Sergio? Siempre trae tonterías.
¿Quizá le gusta elegirlo él mismo?
Alba me miró como quien no entiende nada.
Pues no, yo le mando la lista y que escoja de ahí.
Guardé silencio. Ayer Jorge me trajo el libro que llevaba tiempo queriendo leer; lo buscó él mismo en una librería pequeña cerca de Embajadores y lo envolvió en papel craft. Ni se me ocurrió contárselo a Alba: se mofaría de semejante pobreza.
Cinco años Sergio mantuvo el ritmo: horas extra, trabajos los domingos, subiendo el listón siempre más alto porque Alba se lo exigía. Hasta que conoció a una dependienta de una librería: divorciada, con niña, sin manicura ni bolsos de marca. Ella le miró pensando que ya era suficiente, sin condiciones.
El divorcio fue rápido y feo. Alba quiso todo, se llevó la mitad, lo justo, no lo deseado. El presupuesto familiar estaba agotado: spa, tratamientos estéticos, escapadas. Ni ahorros ni futuro.
¿Y ahora qué? Alba lloraba en una cafetería, manchando el rimel. ¿De qué voy a vivir?
Tomaba mi café preguntándome si alguna vez en todos estos años Alba se había interesado por mi vida. Por Jorge, por mi salud, por nosotros. Las preguntas siempre giraban en torno a ella.
Al final, ambas amigas estaban igual: sin marido, sin euros, sin su antiguo estilo de vida. Carmen tomó otro empleo para cubrir deudas. Alba se mudó a un piso más pequeño y dejó de subir fotos.
Yo seguía igual. Cocinándole a Jorge, preguntándole por su día, escuchando complicaciones en reuniones, problemas con proveedores. Sin exigir regalos, sin escenas, sin comparaciones. Simplemente estaba. Firme como una pared. Cálida como la luz de la cocina al atardecer.
Jorge lo valoró. Un día, llegó con una carpeta de papeles y la puso delante de mí.
¿Qué es esto?
La mitad del negocio. Ahora es tuyo.
Miré mucha rato sin atreverme a tocar.
¿Por qué?
Porque te lo mereces. Porque quiero que estés protegida. Porque sin ti, nada de esto existiría.
Un año después compró un piso luminoso, con enormes ventanales, y lo puso a mi nombre. Me emocioné tanto que lloré en su hombro y él me acariciaba diciendo que yo era su tesoro. Su refugio.
Las antiguas amigas venían de vez en cuando a tomar café. Al principio poco, luego más. Observaban los cojines de seda, recorrían la casa con ojos de sorpresa y envidia disimulada.
¿Y todo esto? preguntó Carmen, paseando la mirada.
Jorge me lo regaló.
¿Así, sin más?
Sí, sin más.
Se miraron entre ellas. Yo les serví café y guardé silencio.
En una de esas visitas, Carmen no pudo más. Dejó la taza tan brusco que el café saltó al plato y soltó:
Dímelo. ¿Por qué? ¿Por qué nosotras lo perdimos todo y tú, ratona gris, sigues siendo feliz?
Se hizo el silencio. Alba miraba por la ventana fingiendo indiferencia, pero sus manos retorcían el anillo de bisutería donde antes brillaba un diamante.
Podía haberles respondido. Hablar del valor de la paciencia. De los detalles. De que un matrimonio feliz no es una fiesta constante, sino un trabajo diario. De que amar es escuchar, notar, cuidar. No exigir, sino dar.
¿Para qué? Veinte años mirando sin ver, tratándome como mobiliario. Veinte años de consejos sobre vive más y no seas tan sosa. Veinte años sin prestar atención a nada que no fuera su propia voz.
Será suerte contesté. Y sonreí.
Tras aquella conversación, dejaron de venir tanto. Luego, nada. La envidia pesó más que la amistad, más que el pasado común, más que la sensatez. Era más fácil mirar hacia otro lado que aceptar que siempre estuvieron equivocadas.
No sufrí. Sorprendentemente, la ausencia de esas relaciones trajo una calma dulce. Como al quitarte zapatos apretados y respirar libre.
Pasaron diez años más. Cumplí cincuenta y cuatro, y la vida era buena. Hijos mayores, un nieto, Jorge que aún me regala libros envueltos con cariño. Supe por una vecina que Carmen no volvió a casarse, trabajaba en dos lados y se quejaba de salud. Alba tuvo tres parejas, pero todo se desmoronaba igual: reproches, exigencias, enfados.
Escucho esas historias sin malicia. Simplemente entiendo que a veces las ratonas grises encuentran su felicidad. Silenciosa, invisible por fuera, pero preciosa por dentro.
Apagué el móvil y fui a la cocina. Jorge dijo que hoy vendría pronto, y me pidió patatas fritas con setas para cenar.






