¿Pero qué llevas puesto, Lucía? Doña Carmen lanzó una mirada de arriba abajo a su hija, deteniéndose en la falda. Eso es indecorosamente corto. A tu edad ya deberías dejar de vestirte como una niña.
Lucía tiró instintivamente del dobladillo, aunque la falda rozaba casi las rodillas. Era una simple falda de oficina, recta, comprada el mes pasado en las rebajas. Entonces le pareció un buen hallazgo: corte clásico, color neutro.
Mamá, es perfectamente normal intentó que su voz no sonara molesta. Es la que llevo a la oficina.
Precisamente. La gente te mira y pensará lo que no es. Yo a tu edad…
Lucía no esperó a escuchar el resto. Ya lo había oído centenares de veces: sobre la modestia, sobre en mis tiempos, sobre cómo debía lucir una mujer decente. En lugar de responder, dejó sobre la mesa un sobre abultado, con el logotipo de una agencia de viajes.
Es para ti, mamá…
Doña Carmen se interrumpió a la mitad de la frase. Miró el sobre, luego a su hija, y de nuevo al sobre.
¿Y ahora qué traes aquí?
Ábrelo.
Lucía llevaba medio año esperando ese momento. Había guardado cada euro de sobra. Ese balneario con columnas, aguas termales, al que siempre soñó ir su madre. Lucía lo encontró, reservó la mejor habitación, pensó en todos los detalles.
Doña Carmen sacó el bono, lo leyó de pasada. Lucía aguardó; esperaba, si no un abrazo, al menos un escueto gracias, una mirada cálida. Pero su madre apretó los labios con desagrado y empujó el sobre con la punta de los dedos, como si estuviera sucio.
Otra vez lo has decidido todo por mí.
A Lucía se le secó la garganta.
Pero mamá, es el Balneario de Mondariz. Tú siempre has querido…
¿Y quién regará mis violetas? ¿Has pensado en eso? Doña Carmen tamborileó los dedos en la mesa. Tres semanas fuera y se me secan todas.
Iré cada día. Lo prometo.
Tú trabajando se te olvidará, ya lo veo. Además, seguro que en el balneario sólo dan de comer coles y sopa clara. Leí que últimamente se empeñan en ahorrar hasta en la comida.
Lucía la miraba, sin saber si eso era en serio o una broma. Seis meses sacrificando cafés, zapatos nuevos, hasta las salidas con amigas. ¿Para esto?
Mamá, allí hay restaurante con cinco salones. El menú es variado. Masajes, piscina, senderos…
Senderos, doña Carmen repitió. Qué moderna eres, las palabras que aprendes… Pero ni siquiera te molestas en preguntarme si lo quiero o no.
Lucía tragó saliva. Lo único que había deseado era un bien hecho, el que llevaba buscando toda la vida.
Se dejó caer en la silla. De pronto las piernas le flaqueaban, como si el cuerpo decidiese por ella que no podía seguir de pie. Miraba el sobre, apartado en el borde de la mesa, guardando silencio.
Y luego, el clima Carmen andaba de un lado a otro por la cocina, arreglando la mantelería perfectamente planchada. Allí hay una humedad horrorosa, ya verás cómo me sube la tensión. ¿Lo has pensado siquiera?
Lucía no contestó. Por primera vez en años, sintió que no le apetecía justificarse. No quería.
¿Y el viaje? ¿Cuántas horas en tren? Temblando con mi espalda hecha polvo… La madre se sentó enfrente, cruzando las manos, preparándose para un largo monólogo. Mira a la Manoli, la vecina. Será un genio, tendrá un marido inútil y borracho, pero a su madre nunca la deja sola. Cada día viene con algo, aunque sea para hacerle compañía.
Lucía reparó en las arrugas marcadas en la boca de su madre, en las raíces grises bajo la tintura, en sus manos conocidas con venas hinchadas. Esas manos que le trenzaban el pelo para el colegio. Esos labios que le cantaban nanas. ¿Dónde se habían quedado aquellos días?
¿Me estás escuchando?
Sí, mamá.
No lo parece. Estás ahí plantada como un palo. Te hablo de cosas importantes y tú…
Doña Carmen seguía enumerando: que si las habitaciones ahora son minúsculas, que si los vecinos de planta hacen mucho ruido, que los médicos jóvenes no saben nada y sólo recetan pastillas. Lucía asentía cuando tocaba, pero por dentro sentía crecer un vacío.
El reloj de la pared marcaba el tiempo, minuto a minuto. Una hora. Hora y media. Doña Carmen cogía carrerilla, saliendo del balneario para quejarse de lo impropio de las llamadas, de la soledad, de que su hija ya no era la de antes.
¿Sabes cómo es para mí estar aquí sola? Alzó la barbilla. Solo quieres perderme de vista para poder hacer tu vida.
Mamá, es un regalo.
¡Un regalo! Doña Carmen alzó las manos. Un regalo debe ser agradable. Esto… Lo has comprado sólo para quitarte el remordimiento. Mandas a tu madre lejos y te quedas tranquila, ¿no?
Lucía se levantó, despacio. Le temblaban las piernas, pero apretó con fuerza el sobre. Sus dedos se clavaban en el papel.
Tienes razón, mamá. Allí no estarías a gusto. Voy a devolverlo.
Doña Carmen se quedó muda, una chispa de desconcierto brilló en sus ojos, como de quien espera una guerra que de pronto se acaba.
¿Qué significa eso de que lo devuelves?
Eso. Que lo devolveré. Recuperaré el dinero No lo pensé.
Lucía, deja el sobre en la mesa.
¿Para qué? No quieres ir.
¡No he dicho que no quiera! ¡He dicho que tenías que preguntar! La voz de doña Carmen subió, le salió color en las mejillas. Siempre igual, primero haces lo que te da la gana y luego te sorprende que yo esté mal.
Lucía se abrazo el sobre al pecho y caminó hasta el recibidor. El corazón le golpeaba en la garganta, pero seguía decidida.
¿A dónde vas? ¡Lucía! ¡Te estoy hablando!
Mamá, estoy cansada.
¿Cansada? Su madre la alcanzó y le cogió del codo. ¡Te he dado mi vida! ¡Pasamos hambre, tu padre nos dejó, yo sola te saqué adelante! ¿Y así me lo agradeces?
Lucía se giró y la miró a la cara: labios temblando de ira, rostro pálido de enfado.
Tú misma dijiste que no querías ir.
¡He dicho que no me lo preguntaste!
Vale, te lo pregunto. Mamá, ¿quieres ir a Mondariz?
Carmen resopló, atónita.
¿Te burlas de mí? ¿Me estás provocando? ¡Eres un robot sin corazón! ¡Deja el billete en la mesa, ya decidiré yo!
Con cuidado, Lucía soltó su brazo del agarre materno, llevando el sobre firmemente con ella.
Mañana te llamo, mamá.
Y cerró la puerta antes de que Carmen pudiera añadir nada más. Los reproches la siguieron mientras bajaba la escalera, amortiguados por la madera y el yeso. Decían algo de la juventud arruinada, de la ingrata, de que ya se arrepentiría. Lucía no paró, ni miró hacia atrás. Las piernas la llevaban solas, bajando los peldaños junto a los buzones descascarillados, saludando de paso a algún vecino.
En la calle caía una fina lluvia. Lucía alzó el rostro, dejando que las gotas resbalasen por su cara, respirando el aroma a asfalto mojado. La gente la esquivaba, uno chasqueó la lengua con desaprobación, pero nada le importaba. Seguía sosteniendo el sobre con el bono, y en ese momento pensó: tal vez podría ir ella misma. Mondariz, las columnas antiguas, los baños reales, y desayunar sin sentirse juzgada.
Anduvo sin rumbo hasta pararse ante el escaparate de una pequeña cafetería en la esquina. La luz cálida iluminaba las mesas con manteles blancos, los jarrones con flores frescas, a las personas cenando tranquilamente, sin prisas. Lucía empujó la puerta y entró.
Buenas noches el camarero la recibió con genuina cortesía. ¿Viene sola?
Sí le sorprendió lo fácil que le salió la palabra.
Escogió una mesa junto a la pared, lejos de los otros clientes. Se sentó, colocó la servilleta sobre las piernas y abrió la carta. Sus ojos volaron enseguida a la línea del postre más caro: tarta de pera con caramelo y sal. Y una copa de vino tinto, fuerte, de crianza.
Mamá lo habría tachado de capricho. Dinero tirado, diría. Lucía se imaginó los labios apretados, la mirada reprensora, el eterno en mis tiempos e hizo su pedido.
El vino era denso, con un punto áspero al principio. Lucía dio un sorbo y se recostó en la silla. Por dentro empezó a sentir algo extraño: una ligereza donde años pesan. Recordó cuando de niña temía sacar un notable, porque su madre pasaba una semana entera sin hablarle después de una vergonzosa nota. Cuando eligió economía en la universidad en vez de filología, porque eso no tenía futuro. Cuando estuvo tres años con Javier, al que quería, pero lo dejó porque su madre insistía en que no tenía futuro.
La tarta era suave y se deshacía en la boca. Lucía miró la caramelo derritiéndose y pensó que no recordaba la última vez que hizo algo sólo por desearlo. No para que su madre dijera bien hecho, ni por una mísera palmada en la espalda, sino por sí misma.
El móvil vibró en el bolso. Luego otra vez. Y otra. Lucía lo miró siete llamadas perdidas de su madre, tres notas de voz sin abrir y apagó el teléfono.
Bebió el vino hasta el fondo, terminó la tarta y pidió la cuenta. Dejó una buena propina, simplemente porque le dio la gana, y salió a la noche madrileña. La lluvia ya había cesado, y sobre los tejados brillaban las primeras estrellas de un cielo despejado.
Lucía pensó que, después de todo, el primer paso, el más difícil, ya estaba dado. Acababa de permitirse ser, por una vez, más importante que las expectativas ajenas.





