Mira, déjame contarte una historia de esas que nunca te imaginas que te van a pasar ni aunque te paguen en euros. Resulta que Miguel, un abogado madrileño de treinta y cinco años, no podía con la Navidad ni con la Nochevieja. Para él eran como esos maratones que la gente corre por las calles del centro, pero con más villancicos y menos sentido.
Todo le agobiaba: buscar regalos para compañeros del bufete a los que apenas soportaba, la presión constante de quedar bien con el jefe, y por supuesto, el infame evento de empresa. Ese año la firma decidió tirar la casa por la ventana y alquiló un complejo rural en las afueras de Segovia para celebrarlo a lo grande.
Miguel conducía su impecable coche negro por la autovía, escuchando un pódcast sobre cambios en la ley fiscal, mentalizándose: aparecer, charlar un rato, tomar una copa de cava, saludar al jefe y fugarse antes de que alguien le pidiera bailar Paquito el Chocolatero.
Cuando llegó, el sitio ya estaba hasta arriba, gente con camisas imposibles y vestidos repletos de brillos. Se oían risas exageradas de fondo y el Feliz Navidad se mezclaba con el jaleo de fondo.
Miguel cogió su copa y buscó su sitio, apoyado en una esquina, observando la pista de baile como si fuera un detective con ganas de escapar. Sentía que estaba en otra galaxia, una donde todo el mundo fingía pasárselo bien a la vez, como si fuera obligatorio por decreto.
***
Y entonces, la vio a ella. No era la más llamativa ni hacía aspavientos. Estaba junto a la ventana, al margen de todos, mirando la tormenta de nieve que caía sobre los pinares.
Llevaba un vestido azul marino discreto, en la mano un vaso de zumo. Tenía un aire de estar en paz consigo misma, como si el bullicio no fuera con ella.
Miguel se sorprendió viéndola y sintiéndose reflejado por dentro.
Vaya noche para volver a casa, ¿verdad? le dijo al acercarse, improvisando lo primero que se le pasó por la cabeza.
Ella se giró y le regaló una sonrisa de verdad, nada de sonrisas falsas como las de los demás.
Pero fíjate qué bonito está le contestó señalando la nieve. Cuando el mundo se cubre de blanco, parece que los líos de cada día se quedan enterrados.
Eso sí que no se lo esperaba. Se presentó:
Miguel dijo, ofreciéndole la mano.
Carmen respondió apretando la suya, de contabilidad. Quizá alguna vez hemos coincidido en el ascensor.
Callaron, pero era un silencio cómodo, como cuando escuchas la lluvia en la ventana.
Cada vez caía más nieve. Por megafonía anunciaron que las carreteras estaban cortadas y que nadie podría irse hasta la mañana.
La sala entera soltó un suspiro de resignación, entre el susto y la decepción.
Miguel soltó una maldición entre dientes; su plan se había ido al traste.
Bueno, señor abogado, ¿preparado para pasar la noche en una cama plegable? bromeó Carmen.
Para esto no me entrenaron en la facultad rio él. ¿Y tú?
Yo siempre llevo un buen cargador y un libro en el bolso, lista para cualquier apocalipsis dijo con una sonrisa traviesa.
Y fue justamente esa noche, sin planes ni máscaras, cuando de verdad empezaron a hablar.
Descubrieron que a Carmen le apasionan las pelis clásicas en blanco y negro, mientras que Miguel, la verdad, no podía con ellas, pero prometió darle una oportunidad si ella le explicaba qué tenían de especial.
Miguel confesó que en el fondo soñaba con mandar todo a paseo y abrir una cafetería pequeña, y Carmen le contó que pintaba acuarelas en secreto, aunque ni su gato lo sabía.
Hablaban tranquilos en un rincón, con un termo de té caliente que sorprendentemente Carmen también traía (la chica era una caja de sorpresas).
Ella le contó las travesuras de su gato Manchitas, que se volvía loco corriendo tras los copos en el alféizar; Miguel, a su vez, le relató cómo su abuela le enseñó a preparar tarta de miel en las navidades en Ávila.
Llegada la medianoche, no gritaron ¡Feliz Año Nuevo!. Se miraron, sencillamente.
Feliz año, Miguel dijo ella suavemente.
Feliz año, Carmen contestó él.
Aquella noche no durmieron en las habitaciones lujosas del hotel, sino en una salita, en sendos catres que los empleados habilitaron para los atrapados por la nieve. Juntos, charlaron en voz baja hasta que la nevada fue calmándose y el sueño los venció.
Por la mañana, cuando las quitanieves abrieron los caminos, salieron afuera. Todo estaba blanco, silencioso, como recién estrenado. El sol deslumbraba en los charcos helados.
¿Y ahora, a dónde vas? preguntó Miguel.
Al autobús, de vuelta a casa.
Si quieres, te llevo yo.
Carmen lo miró, y en sus ojos brilló una risa silenciosa.
¿Y si te digo que me gusta este mundo tan callado y helado, y me apetece andar hasta la parada?
Miguel lo entendió. Aquello no había sido una casualidad cualquiera.
Era el inicio de algo nuevo y de verdad.
Pues te acompaño dijo, sin dudarlo.
Y así, caminaron juntos por la nieve virgen, el primer día del año, dejando huellas que marcaban un rumbo desconocido, pero inevitablemente luminoso.
A veces solo falta creer que estas cosas sí pasanMientras avanzaban, sus pisadas crujían sobre el manto blanco. Ni Miguel ni Carmen hablaban mucho, como si el silencio bastara para decirlo todo. A su alrededor, el paisaje brillaba bajo la luz dorada: un mundo en pausa, sin juicios ni expectativas.
Al llegar a la parada, Carmen se detuvo y se volvió hacia él.
¿Sabes? Este año no pienso hacer resoluciones absurdas dijo, encogiéndose de hombros, con los ojos chispeantes. Solo seguir caminando un poco más lejos de lo acostumbrado.
Miguel sonrió, sintiendo por primera vez en años que algo cambiaba de verdad dentro de él.
Igual deberíamos ver hasta dónde llega ese camino respondió.
Un autobús asomó a lo lejos entre la neblina, pero ninguno se apresuró a saludarlo. El día, tan inédito como su encuentro, parecía invitarles a improvisar. Por primera vez, Miguel miró el reloj y no le importó la hora.
Carmen sacó una pequeña libreta de su bolso y garabateó un teléfono junto a un dibujo torpe de un gato con bufanda.
Por si algún día quieres probar la tarta de miel, o ver una peli antigua ofreció, tendiéndole la hoja.
Miguel la guardó con más cuidado del que jamás le había puesto a un contrato.
El autobús se detuvo y las puertas se abrieron con un silbido. Carmen subió, pero antes de desaparecer, le dedicó una última sonrisa, de esas que se recuerdan en los días grises.
Miguel permaneció allí, viendo cómo el autobús se alejaba despacio, dejando marcas efímeras en la nieve, igual que sus propias huellas junto a las de Carmen. Sintió que, por primera vez, el invierno no era solo algo que había que soportar. Era el principio de su propia primavera.
Con la nota de Carmen guardada en el bolsillo, Miguel regresó sobre sus pasos, dejando atrás, una a una, las viejas dudas congeladas. Y en el aire frío, se juró nunca más dejar pasar la oportunidad de quedarse un rato más cerca de donde la vida y quizá el amor elige aparecer, incluso bajo la nieve.






