La respuesta inesperada: La historia de Katia, incapaz de soportar a Stas durante siete años de matr…

Respuesta inesperada

Mira, te voy a contar una historia que todavía me remueve por dentro, porque tiene esa mezcla de tristeza y ternura que solo los buenos líos de la vida saben tener.

Desde el primer día, Lucía no aguantaba a Sergio. Eran ya siete años casada con su mejor amigo, Álvaro, y nada hacía que le cayera mejor. Le sacaban de quicio su risa estruendosa, esa chaqueta de cuero que ya huele a mil conquistas y, sobre todo, ese gesto de darle palmadas en la espalda a Álvaro y soltar: ¡Tío, apuesto a que Lucía está otra vez cabreada!, a todo volumen en mitad de una sobremesa. Te puedes imaginar la gracia que le hacía a Lucía

Álvaro, por su lado, siempre lo justificaba: No hagas caso, mujer, que Sergio es un poco bruto pero tiene un corazón de oro. Y claro, a Lucía le daba la rabia, pensaba que tener un corazón de oro no daba derecho a fastidiarle la cena a nadie.

Pero cuando Álvaro murió cosas de la vida, resbaló al bajar la escalera y no lo contó Sergio apareció en el funeral con esa cazadora horrorosa, plantado en la iglesia en un rincón, con cara de no saber ni por qué estaba allí. Parecía como si mirara por encima de todos, viendo algo que los demás no podían ver.

Lucía, entre llantos, sólo esperaba que por fin se alejara de su vida ese pesado. Bendito el silencio, pensó.

Pero nada, que va. Una semana después ahí estaba, timbrando el portero del humilde piso de Lucía y de su hijo, Nico, que se había quedado callado como una estatua desde que faltaba Álvaro.

Lucía, titubeó Sergio, ¿te echo una mano? No sé, pelo unas patatas o saco la basura, lo que sea.

No hace falta, Sergio, gracias. contestó ella sin ganas, tras abrir apenas una rendija de la puerta.

Sí hace, insistió él, colándose en el recibidor antes de que le pudiera parar.

Y así empezó todo.

Sergio arreglaba cualquier pequeña avería que surgía; parecía que las cosas se rompían sólo para darle excusa de venir. Llegaba a casa cargado de bolsas del Mercadona, como si viniera preparado para pasar un asedio. Se llevaba a Nico al parque del Retiro, y el crío volvía con las mejillas coloradas y hablando sin parar. Eso, por raro que te suene, le dolía: porque con Álvaro, Nico siempre volvía serio.

El dolor se instaló en Lucía como una costumbre. Un dolor punzante cuando se topaba con un calcetín viejo de Álvaro, otro más suave cuando preparaba el té para dos. Y uno raro, incómodo, al ver las chapuzas de Sergio poniendo los cubiertos donde no toca.

Sergio era un recordatorio viviente de Álvaro, pero retorcido, como un espejo que deforma la figura. Lucía sufría su presencia, hasta que un día se dio cuenta de que temía más su ausencia; sólo ella sabrá por qué.

Las amigas cuchicheaban: Lu, pero si ese lleva años loco por ti ¡Dale una oportunidad! Su madre le decía: Sergio es de fiar, cariño, anda que no estarás sola. Lucía se enfurecía aún más. Sentía que Sergio le quitaba hasta el derecho a su propio duelo, que se lo robaba con tanto empeño y cura.

Un día, cuando apareció con otras cinco bolsas de patatas (estaban en oferta, pillé para un regimiento), Lucía explotó:

Ya está bien, Sergio. Mira, sé lo que estás haciendo, que te preocupas por nosotros pero no puedo. No estoy preparada y no lo estaré. Tú eras amigo de Álvaro. Quédate en eso.

Esperaba que él se enfadara, que saltara con excusas. Pero Sergio se quedó rojo de vergüenza, bajó la mirada y apenas musitó:

Entendido. Perdona.

Y se marchó, pero se marchó de una forma que el vacío que dejó fue atronador.

Nico preguntaba: ¿Mamí, y el tío Sergio? ¿Por qué ya no viene? Y Lucía, apretando al nene en sus brazos, pensaba: Porque he sido una idiota. He largado al único que venía ni a pedir ni a exigir, sólo a dar

Dos semanas después, Sergio reapareció. Llamó al timbre bien entrada la noche. Venía olía a lluvia, y a vino barato. Los ojos, turbios y obstinados.

¿Puedo pasar un segundo? Sólo quiero decirte una cosa y me marcho.

Le dejó entrar.

Sergio se sentó en el taburete de la entrada, sin quitarse la chaqueta empapada.

No debería, pero no puedo más le salió una voz ronca. Me he portado como un idiota, pero Lucía, le di mi palabra.

Ella se quedó helada, pegada a la pared.

¿Qué palabra? casi sin aire.

Sergio la miró con una expresión tan triste que Lucía sintió una punzada física.

Él lo sabía. No a ciencia cierta, pero se olía algo. Tenía en el cerebro una bomba: un aneurisma. Los médicos le dijeron que podía romperse en cualquier momento. Le dieron un año, quizá dos. Álvaro no quiso asustarte, pero a mí sí me lo contó. Un mes antes del accidente.

El mundo de Lucía, que ya tenía grietas por todos lados, se vino abajo del todo. Se dejó caer al suelo del pasillo, el corazón a mil.

¿Qué te pidió? susurró.

Me dijo: Sergio, eres el único en quien confío de verdad. Si pasa algo, por favor, cuida de los míos. Nico es pequeño, y Lucía por fuera parece de piedra, pero por dentro puede romperse. No dejes que se rompa, Sergio. Yo le dije: Venga ya, que te quedan cien años por delante. Y él, muy serio, me miró y me soltó: Intenta que Lucía se enamore de ti. No quiero que esté sola. Yo sé que siempre la has tratado bien. Será lo correcto.

Sergio calló.

¿Eso era todo? preguntó Lucía, al borde del llanto.

Me dijo también, continuó él, limpiándose la cara con la manga, que me ibas a odiar al principio porque te recordaría a él pero que aguantase, que te diese tiempo. Que ya se vería, a su tiempo.

Se levantó pesadamente.

Eso es todo. Yo lo intenté, de verdad Todo lo torpe que soy. Pensé que quizá Pero ya. Cuando me miraste así, supe que no podía ser. Para ti siempre seré Sergio, el amigo de tu marido. Así que he fallado a Álvaro. No he sido capaz de cumplir su última voluntad. Perdóname.

Buscó la manilla de la puerta.

En ese momento, Lucía por fin lo vio claro. Vio el amor descabellado y enorme de Álvaro, que había pensado en ellos dos justo antes de enfrentarse a lo peor. La fidelidad a prueba de bombas de Sergio, cargando con ese encargo como una cruz sin esperar jamás una palabra bonita.

Sergio, la voz de Lucía le salió suave.

Él se giró. Ya no había expectativa en sus ojos, sólo cansancio.

Tú arreglaste el grifo, ese que llevaba dos años perdido. Álvaro siempre decía que lo arreglaría.

Sí.

Te llevaste a Nico a la sierra justo el día que yo casi me rompo llorando en la ducha.

Bueno

Recordaste el cumpleaños de mi madre cuando hasta yo lo había olvidado.

Asintió en silencio.

¿Y todo eso sólo porque él te lo pidió?

Sergio suspiró:

Al principio, sí. Y luego luego ya era porque salía de dentro. Porque ya no sabía hacerlo de otra manera.

Lucía se levantó, se acercó, miró esa cazadora tan fea. En la cara desgastada, cansada, de Sergio, por primera vez en mucho tiempo no vio la sombra de Álvaro. Vio a Sergio. Al hombre que fue su amigo y que ahora se había tragado el marrón de cuidar lo que quedó de su familia.

Quédate, le soltó, decidida, tómate un té. Vas helado

Él la miró como si no se lo creyera.

¿Como amigo? añadió Lucía, y por primera vez en mucho tiempo en su voz no había hielo, sino algo blando, cálido. Como el mejor amigo de Álvaro. Al menos mientras no te hartes tú.

Sergio esbozó esa vieja sonrisa ladeada que antes la ponía de los nervios.

¿Un té? ¿No tendrás por ahí una cerveza?

Lucía se echó a reír. De verdad. Y supo, al sentirlo, que nunca más volvería a rechazar una mano tendida, aunque viniera en una chaqueta vieja y a destiempo.

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