¿Por qué me tocó una vida así? Con cada año que pasaba, Luba comprendía que no quería vivir como s…

Con cada año que pasaba, Lucía se daba más cuenta de que no quería, ni iba a vivir como su madre, Rosario. Rosario, aunque es una mujer todavía joven, parece mucho mayor de lo que le corresponde por culpa de su marido, Sebastián, siempre borracho.

Lucía apenas tiene diecisiete años, y tras terminar el bachillerato decidió no matricularse en ninguna universidad por miedo a dejar sola a su madre. Se habría marchado de casa hace tiempo, pero le duele abandonar a Rosario. Si se fuera, ¿quién cuidaría de ella, le pondría hielo en los hematomas, le acercaría un vaso de agua?

Hoy, su padre ha vuelto otra vez borracho, ha caído en la silla de la cocina. Rosario, en silencio, le sirve un plato de sopa; pero al instante la ve volando al suelo y haciéndose añicos, casi rozándola.

Estoy harto de tu sopa le suelta Sebastián, mirándola con los ojos desencajados.

Lucía salta a ayudar a su madre recogiendo los trozos del plato roto, mientras su padre, tambaleándose, pasa a su lado y le da un rodillazo a Rosario. A su hija, le espeta con brusquedad:

Mañana, al alba, nos vamos de pesca. Así traemos pescado para esta inútil, que al menos nos haga un buen caldo.

Lucía rezaba para que su padre olvidara ese plan, pero se despierta con un empujón; es Sebastián de pie a su lado.

Arriba, que vamos a perder el mejor momento del día; al alba pican bien.

Lucía se viste rápidamente, y cuando está a punto de salir, Rosario aparece con un cubo de leche recién ordeñada.

¿Has mirado el cielo? pregunta la madre al padre. Va a caer una tormenta de un momento a otro, ¿a qué mente se le ocurre irse al río así?

Rosario coloca el cubo en el suelo, bloquea la salida a Lucía.

No te dejo ir; vas a ahogar a la niña.

Pero Sebastián empuja con fuerza a Rosario, que cae al suelo y derrama el cubo de leche. Él, riéndose, agarra a Lucía con rudeza y la saca a la fuerza de la casa. Lucía ve el cielo oscurecido; una gran tormenta se acerca desde detrás de la casa. Al subirse a la barca, el viento arrecia. Siente miedo, pero su padre, pese a las olas, rema hacia el centro del río, más cerca de la otra orilla, donde hay más profundidad y, según él, mejor pesca.

La orilla ya no queda lejos, pero el viento se ha vuelto casi huracanado y la lluvia cae con fuerza. Lucía, tensa, se agarra con todas sus fuerzas a la barca. Su padre, de pie y con la caña, grita:

¡Mi viejo decía que con este tiempo los peces pican mejor! la otra orilla se ve cerca.

De repente, una ráfaga levanta una ola que sacude la barca; Sebastián pierde el equilibrio y cae al agua. Lucía ve cómo su padre se hunde entre las olas sin lograr salir a flote. Intenta acercarle el remo, pero el agua la arrastra y la barca se vuelca; algo le golpea fuerte en la cabeza y se apaga todo.

Lucía abre los ojos, se encuentra en una cama, en una habitación pequeña que huele a humedad. Entra un hombre barbudo. Lucía respira con dificultad; no tiene fuerzas para moverse.

Ya has despertado, menos mal musita el hombre mientras enciende la chimenea. Pero Lucía cae de nuevo en un sueño donde ve a una mujer joven: su madre.

La siguiente vez que despierta, el hombre sigue allí, esta vez junto a la cama, dándole de beber una infusión de hierbas.

Bebe, te sentará bien y luego deberías comer algo le dice en tono seco.

Pasa mucho tiempo hasta que Lucía recupera algo de fuerzas. Se levanta, aunque las piernas le tiemblan, y al mirar desde la ventana ve el otoño a punto de terminar. Lleva un pijama grande; al mirarse al espejo, ve su pelo recogido en una trenza, algo deshecha. La casa es de madera. Tiene hambre y, algo aturdida, sale a la otra habitación.

¡Ah!, ya espabilaste. Siéntate, coge pan dice el hombre mientras remueve una olla; la casa huele a comida recién hecha.

Lucía, algo nerviosa, se sienta en la mesa y él le sirve un cuenco de sopa, luego se sienta enfrente a comer.

¿Cómo he llegado aquí?

Primero come, luego hablamos

No se atreve a llevarle la contraria, se termina la sopa.

¿No recuerdas nada? pregunta el hombre.

No niega ella con la cabeza.

Así se vive con una persona, cuidándola, y luego no recuerda nada Quizás la fiebre te ha borrado la memoria. Casi te ahogas en el río; fui yo quien te salvó.

Ella no sabe qué contestar. No recuerda absolutamente nada.

¿Al menos recuerdas tu nombre? Ella vuelve a negar.

Pues esto es lo que hay… Eres mi esposa, Valentina; sí, sí, Valen.

No puede ser exclama Lucía, atónita, pero realmente no puede recordar nada.

Pues claro que sí responde el barbudo con una sonrisa desagradable. Vamos a la habitación, te recordaré quién soy dice, arrastrándola de la mano. He esperado mucho a que despertaras, llevas dos meses enferma.

La empuja de nuevo a la habitación donde estaba antes. Ella intenta zafarse pero él la tumba de un golpe en la cama.

Ingrata… te he salvado y cuidado, pero ahora vas a saber quién es tu marido…

A Lucía le duele, siente asco, las fuerzas la abandonan y acaba entregándose. Luego, yace como un guiñapo, y las lágrimas humedecen su rostro. Desde el patio se escucha una sierra eléctrica. Después, cubriéndose con una chaqueta grande, sale furtivamente corriendo hacia el bosque, hasta la orilla del río. Allí ve una barca con motor, pero escucha el crujido de los arbustos y el barbudo aparece, la tira al suelo.

Le agarra del cuello de la chaqueta y con rabia le dice:

¿Así que ya te has enfadado? Bueno, vale, no te pongas así; me desesperó que perdieras la memoria, creí que no ibas a vivir. ¿Pensabas escaparte? Olvídalo. Ahora te hago el baño, que tienes que calentarte. ¿Recuerdas mi nombre al menos? Me llamo Clemente, Clemente.

Ella, sin resistencia, regresa a la casa; de verdad no se acuerda de nada. Ya no trata de huir ni de oponerse, débil y desubicada, decide esperar una mejor oportunidad.

Señor, ¿por qué me tiene que tocar a mí esta vida? piensa constantemente.

Clemente le impone las tareas del hogar: limpieza, la comida, lavar la ropa, incluso limpiar la cuadra. Lo peor es cuando, con esa mueca desagradable, la obliga a la cama. Si protesta, le pega; Lucía aprende que es mejor no resistirse.

El tiempo pasa. Clemente sale de pesca, a cazar, va a la ciudad a vender pescado y carne en el mercado. Cuando está fuera, Lucía intenta disfrutar; sin televisión, lee libros viejos llenos de polvo. Pero cuando él vuelve, vuelve su miedo.

Un día, para recoger leña, Lucía va al río y ve la barca encadenada. Sabe que la llave está colgada en la casa. Un buen día, tras la siesta de Clemente, ella coge la llave, se viste con abrigo, sale y, tras mucho forcejeo, logra abrir el candado y se lanza al agua. Apenas zarpa, una bala silba sobre su cabeza. Mira atrás: Clemente con la escopeta, y sabe que apunta bien.

Remas de vuelta, o la próxima va a la cabeza grita, disparando de nuevo. Ella, llorando, regresa a la orilla.

Él la saca de la barca de un golpe y la tumba a puñetazos. Vuelve a despertar en su misma cama.

Como no lo entiendes por las buenas, la próxima te encierro en el cobertizo y te ato con cadena dice antes de salir de casa.

Pasa otra semana. Lucía siente que va a volverse loca. Poco a poco recupera fuerzas, pero pronto nota náuseas y sale corriendo al patio. Clemente la mira fijamente.

Vaya, ¿estás embarazada?

Y sí, pronto lo confirma. Desde entonces Clemente cambia, le quita las tareas más duras, no la golpea, solo amenaza de vez en cuando. Un día se va al mercado como siempre, cruzando el río en su barca para luego coger el autobús hasta la ciudad, y regresa del mismo modo.

Lucía sale a pasear por la orilla; hace frío y es ya noviembre, el invierno se acerca. De pronto oye motor. Se acerca una barca, pero no es Clemente; un hombre con cañas de pescar desembarca y se sorprende al verla.

¡Luci, eres tú! dice el hombre, boquiabierto.

Debe confundirme, me llamo Valen.

No digas tonterías. Te conozco de toda la vida, hasta te llevaba en brazos de niña, eres mi vecina. Tu madre, Rosario, enterró a tu padre y te perdió a ti en el río; te daban por muerta. Tu pobre madre insiste. Soy tu vecino Andrés, ¿no te acuerdas? ¿Cómo acabaste aquí?

Vivo aquí con mi marido balbucea Lucía, desorientada.

Nunca he visto a nadie por aquí, pensaba que estaba abandonado contesta Andrés. Lucía entonces le agarra del brazo.

Andrés, llévame al otro lado del río, te lo contaré todo Tengo miedo, Clemente me va a matar.

Venga, rápido, sube a la barca. Al llegar a la orilla escuchan disparos a lo lejos y corren a esconderse tras una loma.

A casa de Andrés les recibe Rosario, la madre de Lucía, mujer que había visto en sueños.

Hola saluda tímidamente Lucía.

¡Hija mía! grita Rosario abrazándola. Andrés, ¿de dónde la has sacado? ¿Dónde estaba?

La madre no cabe en sí de alegría. Andrés cuenta cómo la encontró y que Lucía no recuerda nada. Pero, poco a poco, Lucía empieza a recordar: su infancia, su padre, su madre, y por fin, cómo se cayó su padre al agua. Pronto lo recuerda todo, incluso su vida con Clemente, que la salvó, sí, pero luego la mantuvo presa.

Mamá, si nos encuentra, nos matará a las dos No es una persona, es una bestia.

La vecina Carmen, esposa de Andrés, entra en casa y, al escuchar su historia, aconseja:

Rosario, tu hija tiene razón. Debéis marcharos ya. Mi hermana vive sola en el pueblo, id allí y pensáis qué hacer. Recogedlo todo, Andrés os lleva en coche.

Y así, en un coche viejo, madre e hija dejan atrás el hogar de su infancia. Días después Clemente encuentra la casa, observa el candado en la puerta.

¿A quién buscas? pregunta Carmen al verle.

Busco a una amiga, ¿sabe dónde está?

No lo sé responde, aunque nota que Clemente no la cree y se marcha de mala gana.

Andrés vende la casa de Rosario, les lleva el dinero en euros, les ayuda a comprar otra pequeña vivienda en el pueblo. Carmen ayuda a arreglarla: pinta los techos, las paredes, lo prepara todo aliñado con la hospitalidad castellana.

Lucía, con el tiempo, va dejando atrás el horror vivido con Clemente. Solo su pequeño hijo Miguelito le recuerda esa pesadilla, pero le quiere más que a su propia vida, y la abuela también. Ahora, Lucía comienza a vislumbrar su felicidad, porque cerca vive Gregorio, que sueña con pedirle la mano a Lucía muy pronto.

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MagistrUm
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