Primera vez casada a los 55
Hoy cumplo 60 años; mi marido tiene 65. Hace ya cinco años celebramos nuestra boda, y aún me cuesta creer que mi primer matrimonio llegó cuando ya había pasado la mitad de la vida. En mis tiempos, cualquier cosa puede suceder, pero lo que más me sorprende es que ni él ni yo habíamos estado casados antes.
Jamás pensé que volvería a poner la cabeza bajo el altar. Cuando tenía menos de veinte años, mi primer amor, Salvador, me abandonó en el quinto mes de embarazo. Al principio, con el dolor, pensé que el mundo se acababa y hasta llegué a contemplar el suicidio, pero después de una noche de desvelos decidí jurarme a mí misma que jamás volvería a casarme. No quería que otro patán apareciera a mi lado para escaparse en el primer momento oportuno.
Y cumplí mi promesa. Mi hija creció, se casó, tuve nietos, y yo, como una mula testaruda, seguía sola. Los hombres parecían pasar de largo, y yo, obstinada, me dije que si alguna vez me lo propusiera, lo haría a capa y espada. La soledad me fue moldeando, convirtiéndome en una mujer áspera, sin los encantos que suelen asociarse a la feminidad.
Sin embargo, el destino, esa dama caprichosa, tiene sus trucos. Cuando me jubilé, como muchos jubilados, me dediqué a la huerta. Mis padres me habían dejado una casita de campo en la sierra de Segovia, con un pequeño terreno. Cada mañana tomaba el Cercanías desde la estación de Alcalá y, como el viaje dura más de una hora, me llevaba un crucigrama bajo el brazo para que el tiempo pasara volando.
Una tarde, en la parada de San Ildefonso, se subieron a mi vagón una pareja y un ancianito bajito. Al principio, el silencio llenó el compartimiento, pero luego escuché la voz temblorosa de la mujer:
Salvador, vamos a ver a los niños, ayúdanos tú eres el padre
Antes de que pudiera responder, el ruido del tren ahogó la discusión. El marido, con tono airado, replicó:
¿Qué te pasa, tonta? ¿Quieres que me arrastre a tus pies delante de esos idiotas?
El intercambio se volvió una verdadera riña. Mis ojos se cruzaron con los de un hombre que, a la distancia, parecía estar a punto de estallar en ira. Al acercarme, descubrí que era el mismo Salvador que me había dejado embarazada. Los años le habían marcado el rostro, pero seguía tan corpuloso como entonces. No me reconoció; sin embargo, al notar mi mirada, soltó un grito:
¡A qué miras! ¡Quítame la vista de encima o te clavo!
Me quedé paralizada, las piernas no respondían, el corazón se me subió a la garganta. Entonces, el ancianito que había estado al otro lado de la barra se puso de pie, se interpuso entre Salvador y yo y, con voz firme, dijo:
Si vuelves a insultar a una mujer, tendrás que enfrentarte a mí. Yo no soporto a esos bribones que se creen dueños del mundo. ¡Te haré ver el toro de la vida!
Sentí que el suelo se me escapaba bajo los pies. ¿Qué toro? ¡Salvador, lo vas a aplastar con la mano!
Justo cuando me preparaba para defender al hombre que me había protegido, Salvador se encogió, cruzó los brazos y murmuró algo incomprensible. Entonces comprendí que aquel héroe solo mostraba fuerza cuando estaba delante de las mujeres, pero ante un verdadero hombre valiente se achicaba como un gato.
Las lágrimas empezaron a escurrirme por las mejillas, como una película que acelera los años en un solo minuto. Salvador y su esposa descendieron en la siguiente parada y yo, sola en el vagón, sentí un vacío insoportable.
En ese instante, el anciano me miró con una sonrisa y, apoyándose en su bastón, añadió:
Ni las lágrimas pueden empañar tu hermosura, amiga.
Ya no me parecía un hombrecito de dedos; frente a mí estaba un caballero de verdad. Se llamaba Federico Borja, un militar retirado que había servido en la Armada y ahora vivía en la zona rural. Fue allí, entre los aromas a tierra mojada y el crujir de las vías, donde conocí al futuro marido que llegó demasiado tarde, pero justo a tiempo.
Por primera vez en años, sentí el deseo sincero de volver a casarme, de ser una mujer amada y apreciada. Y así fue. Federico y yo vivimos una felicidad inesperada. La vida, con su sabia paciencia, coloca cada pieza en su sitio, sin importar la edad. Incluso el otoño de la existencia puede florecer con amor y alegría.
Hoy, mientras reviso la cuenta bancaria y veo que los euros se acumulan para nuestro próximo viaje a la costa, me doy cuenta de que nunca es tarde para encontrar la felicidad.




