El Regreso a la Vida

Celia lleva mucho tiempo sin entrar al piso de su hijo. No lo quiere, no puede. Las lágrimas ya no aparecen; el duelo se ha convertido en una constante y sorda molestia, en una sensación de indefensión.

Sergio tiene veintiocho años, nunca se ha quejado de su salud. Se ha licenciado en la Universidad Complutense, trabaja en una empresa de informática, acude al gimnasio y mantiene una relación con su novia. Hace dos meses se fue a la cama y no volvió a despertarse.

Celia se divorció de su marido cuando Sergio tenía seis y ella treinta. La causa fue la infidelidad, repetida en varias ocasiones. Él no pagó la pensión, desapareció. Sergio creció sin padre, con la ayuda de los abuelos. A lo largo de los años le han pasado varios amantes, pero nunca ha llegado a contraer otro matrimonio.

Celia trabajó y se las arregló para ganarse la vida. Primero alquiló un pequeño puesto en un hipermercado para montar su propia óptica; ella es oftalmóloga. Después solicitó un préstamo y compró un local, convirtiéndose en propietaria de una sólida Óptica Celia, donde también tiene su consulta. Allí atiende a los pacientes y les adapta los cristales.

El año pasado compró a Sergio un piso de una habitación en el mismo bloque de su edificio en Madrid. Le hicieron una pequeña reforma; podría vivir allí sin problemas.

El polvo cubre todo. Celia coge un trapo, frota el suelo y, al mover el sofá, de su interior sale el móvil de su hijo. No lo encuentra en el sofá, lo coloca a cargar.

Ya en casa, con lágrimas en los ojos, Celia mira las fotos del móvil: Sergio en la oficina, de vacaciones con amigos, con su novia. Abre Viber y en la parte superior ve un mensaje de su antiguo amigo Dani. La foto muestra a una joven desconocida con un niño; el niño se parece al pequeño Sergio, como dos gotas de agua.

¿Te acuerdas de la noche de Año Nuevo en la casa de Lena, cuando todavía estudiábamos? Ella tenía una amiga que vive justo enfrente y tiene un hijo. Ese chiquillo es idéntico a tu hijo. Te envío la foto por si la guardas como recuerdo.

Ese mensaje se envió una semana antes de la tragedia. Entonces Sergio sabía y no le dijo a Celia.

Al día siguiente, después de trabajar, Celia conduce hasta la casa de donde salió el mensaje. Reconoce al niño al instante: Juanito, que corre detrás de otro chico en bicicleta pidiéndole que le deje montar. Celia se agacha y le pregunta: «¿No tienes bicicleta?». El niño responde que no.

Aparece la madre, una joven de veinticinco años, con un maquillaje llamativo que le resta naturalidad al rostro. «¿Quién es usted?», dice Celia.

«Creo que soy la abuela de este niño», responde Celia.

«Yo soy Almudena, la madre, mucho gusto», contesta la joven.

Celia lleva a las dos a una cafetería del barrio. Piden helado para Juanito y café para ellas.

Almudena cuenta que hace seis años llegó a Madrid procedente de un pueblo de Castilla, tenía diecisiete años y se matriculó en un instituto de costura. Durante las vacaciones de Navidad, su amiga Lena la invitó a su casa; ambas estudiaban en la misma clase. Los padres de Lena estaban fuera de viaje.

Lena era amiga de Dani, que llegó a la celebración con su amigo Sergio. Esa noche Almudena y Sergio se juntaron. Él le dejó su móvil y prometió llamarla, pero nunca lo hizo.

Almudena le llamó ella cuando descubrió que estaba embarazada. Se encontraron, Sergio se enfadó, le gritó que las chicas decentes piensan en anticonceptivos, le dejó dinero para abortar y, al despedirse, le pidió que desapareciera de su vida. Desde entonces no volvió a verla.

Almudena abandonó el instituto; la expulsaron del dormitorio con su hijo. No podía volver al pueblo, su madre había fallecido y su padre y hermano vivían bebiendo.

Almudena alquila una habitación con una anciana soltera. Ahora cuida a Juanito mientras ella trabaja en una fábrica de empanadillas; el sueldo es bajo, pero se arreglan. Tiene que entregar casi todo lo que gana y no le consiguen plaza en la guardería municipal.

Al día siguiente Celia traslada a Almudena y al niño al piso de Sergio. Y su vida da un giro radical.

Juanito entra en una guardería privada de buen nivel. Celia tiene nuevas responsabilidades: comprar ropa para Almudena y el niño, y lo dedica con gusto. El pequeño se parece a Sergio en todo: mirada, gestos, terquedad.

Celia se convierte en mentora de Almudena. Le enseña a usar el maquillaje, a vestirse, a cuidar de sí misma, a cocinar y a mantener el orden. En una palabra, le enseña todo.

Una tarde, viendo la tele, Juanito abraza a su abuela, se aferra a ella y dice: «¡Eres la que más quiero!». En ese instante Celia se da cuenta de que ya no siente el vacío en el alma y el dolor ya no la aplasta como antes. Sabe que ha vuelto a una vida normal, con espacio para la alegría, y todo gracias a ese pequeño, su nieto.

Han pasado dos años. Celia y Almudena llevan a Juanito al primer curso de primaria.

Almudena trabaja para Celia; se ha convertido en su mano derecha indispensable.

Almudena tiene ahora un novio y busca una relación seria. Celia no se opone; la vida sigue y debe continuar.

Parece que pronto será una mujer casada. Un buen amigo de toda la vida insiste en que se case. ¿Por qué no? Tiene cincuenta y cuatro años, es atractiva, independiente, de figura elegante y carácter afable.

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