Relaciones familiares – —Abuela, ¿puedo quedarme contigo por un tiempo? —sollozó Dasha—. No puedo …

Relaciones familiares

Abuelita, ¿puedo vivir contigo una temporada? sollozó mi nieta Carmen, secándose las lágrimas. Ya no aguanto más vivir con él.

Por supuesto que puedes, quédate el tiempo que quieras respondí yo, Rosario Torres, con ternura mientras abrazaba a mi querida nieta. ¿Otra vez te ha hecho daño ese Antonio?

Sí, abuela, sí me hace daño suspiró Carmen. Pero mamá no me deja irme porque no quiere pelearse con sus padres. Ya no me quedan fuerzas para soportarle.

La verdad es que yo nunca sentí aprecio por mi nuera, Teresa Garrido, la madre de Carmen. Fría, calculadora, para quien el provecho propio y el postureo social eran más importantes que los sentimientos, sobre todo si eran ajenos. Incluso obligó a Carmen a casarse con Antonio solo porque su padre era una figura importante en Valladolid.

¿Antonio te pega? le pregunté, preocupada.

Me pega, abuela sollozaba Carmen.

¿Tus padres lo saben? interrogué, sintiendo rabia.

Lo saben contestó Carmen, aún llorando.

¿Y aun así no te dejan dejarle? me quedé atónita.

Sí asintió mi nieta. Dicen que si me separo los dejaré en ridículo delante de los amigos. Que la culpa es mía, que tengo que ser más complaciente. Pero ¿cómo serlo si él es cruel por naturaleza? Abuela, no puedo seguir así.

Si no puedes, no lo hagas le susurré, acariciándole el pelo. Quédate conmigo, yo hablaré con tus padres.

Nada más colgar, llamé a Teresa:

¿Que Carmen se ha ido del lado de Antonio? soltó la otra chillando, furiosa. ¡Que regrese enseguida!

No grites, Teresa le corté de mala manera. Carmen no pone un pie ahí.

¿Sabes cuánto costó la boda? decía exaltada. Su familia tiene peso y nos pone en evidencia.

La que nos avergüenza eres tú, Teresa, y aún así te aguantamos le respondí tajante. Ya me has cansado, no te pienso escuchar más.

Y colgué sin titubear. Teresa, fuera de sí, lanzó el móvil contra la pared y maldijo mi nombre. No me quedé tranquila: llamé a mi hijo Luis:

¿Tú sabías que ese sinvergüenza estaba maltratando a Carmen? le solté a bocajarro.

Bueno… algo había oído, pero no sé, igual Carmen exagera…

¿Tú estás oyendo lo que dices? ¿Tu hija está siendo maltratada por su marido y te quedas tan pancho?

¿Y qué quieres que haga? Es su marido…

¡Tendrás que enfrentarte a ese canalla y enseñarle que Carmen no está sola! le grité. Que le quede bien claro a ese desgraciado que nuestra niña tiene quien la defienda.

Mamá, no te metas, se las apañarán ellos solos me respondió con fastidio.

Sois una desgracia me encendí. Entregasteis a vuestra hija por aseguraros una vida cómoda.

A los dos días, se me plantó en casa toda la familia: mi hijo Luis, mi nuera Teresa, y Antonio.

¡Carmen debe volver con su marido inmediatamente! exigió Teresa en cuanto cruzó la puerta.

Carmen no va a volver le repliqué, calmada. Me cuesta entenderos: es vuestra hija, pero la tratáis como si fuera una extraña. ¡Vaya padres!

Todo esto es por tu culpa me increpó Teresa. No pienso perder el contacto con don Gregorio Menéndez por culpa de un capricho de Carmen.

Que Gregorio le enseñe primero a su hijo a no pegar a una chica indefensa dije dirigiéndome a Antonio.

Este bajó la vista y Teresa saltó a defenderle:

¡Bah! No ha sido para tanto… Además, los matrimonios discuten y se reconcilian.

¿Tú también piensas eso, Luis? pregunté a mi hijo.

Mamá, dejadlos, se aclararán. Carmen es demasiado sensible, debe cambiar.

Yo, ya fuera de mí, le di una bofetada en la cara a Luis, y la misma a Teresa y a Antonio. Los tres se quedaron sin palabras. Les dije:

Esto lo hago “por cariño”, que aquí se discute así. ¿No os gusta? ¿Os sentís heridos? Pues eso es que tenéis un carácter muy susceptible… Así que a casa, a cambiar de carácter.

Abrí la puerta y empecé a echarlos a todos:

Venga, fuera de mi casa, y llévate a ese elemento contigo, Teresa. Y dile también a don Gregorio que, en vez de buscar alianzas, eduque mejor a su hijo. Y tú, Teresa, si tanto te gusta arrimarte a esa familia, pues ya sabes, cásate tú misma con Antonio.

¡No pienso volver a poner un pie aquí! chillaba Teresa bajando las escaleras.

¡Mejor! le respondí. Como nuera no vales mucho y como madre, aún menos.

Cerré la puerta, me froté las manos y me volví hacia Carmen, que seguía en la otra habitación escuchando todo, sin atreverse a salir.

Carmen, tienes que aprender a defender tus derechos. En la vida, vas a encontrarte con muchos que intentarían pisarte. Vivir para contentar a otros es condenarse y nadie te lo agradecerá.

Mientras tanto, Teresa despotricaba con Luis:

¡Haz que tu loca madre no se meta más en nuestras vidas! le gritó a su marido. ¿Qué va a pensar la gente? El matrimonio de Carmen era nuestra entrada a la “alta sociedad” y si se divorcia, se acabó todo.

¿Para qué quieres tanto estar ahí? preguntó Luis, cansado. ¿Qué no tienes?

¡Quiero más dinero, más estatus! ¡Quiero que me envidien!

Luis suspiró. Los gritos de Teresa le taladraban la cabeza. Últimamente ella parecía otra persona, y él hubiera querido decirle que se callase, pero sólo musitó:

Por favor, tranquilízate… hablaré con mamá.

Hablaré con mamá… le imitó Teresa con desprecio. ¡Menudo blandengue!

Luis se fue en silencio a otra habitación, mordiéndose el fastidio. Rehuía las peleas y le era más fácil aceptar todo, que defenderse.

Al día siguiente, Luis vino a verme.

¡Ni se te ocurra pedírmelo! le dije apenas entró.

No pienso hacerlo, mamá me contestó, con naturalidad.

¿Entonces, a qué has venido?

¿Puedo quedarme a vivir aquí una temporada?

¿Ya no aguantas más? pregunté, comprensiva.

Me supera su histeria suspiró. Está desatada.

Es tu responsabilidad, Luis. Tienes que saber poner límites y defender tus derechos. Por ceder siempre te has convertido en un borrego al que manejan.

Asintió, y Carmen se acercó y apoyó la cabeza en su hombro. Ella sabía bien que su madre siempre dominó a su padre, y que él, tan educado y reservado, nunca se le pudo enfrentar.

Menos mal que Carmen salió de ese matrimonio a tiempo dije mirándola con cariño. Sois responsables de vuestra vida y de vuestras decisiones. Nadie lo hará por vosotros. ¿Lo entendéis?

Ambos asintieron y yo, negando con la cabeza, añadí:

Todavía os queda mucho por aprender.

Ese mismo día, Luis se fue de casa y le comunicó a Teresa que se iba. Ella, como siempre, reaccionó con crisis de nervios, gritos, platos rotos y arrojándole cosas.

Antonio llamaba a Carmen cada día, primero suplicando que volviera, luego exigiendo, y finalmente amenazando. Carmen aguantó, sin volver atrás. Empezó a hacer nuevos planes.

Al cabo de una semana, apareció Gregorio Menéndez, padre de Antonio. Entró con aires de autoridad:

Pero bueno, ¿os habéis vuelto locos aquí? ¡Una huida del marido, otro que se va de la esposa! ¡Vais a volver todos ahora mismo! Y usted, Rosario, deje de consentir estas locuras.

Antes de que Carmen o Luis pudieran responder, me planté ante él y le espeté:

¿Tú quién eres para venir a dar lecciones? ¡Educa primero a tu hijo!

Ya hablé con él dijo, más calmado. No volverá a hacerlo.

Tenías que haberlo educado antes de que ni se le pasara por la cabeza.

No hay que dramatizar ni poner en evidencia a la familia. Antonio la quiere y cambiará. Si Carmen pide el divorcio, hablaremos mal de ella: que fue infiel, que era una dejada…

Gregorio, no me asustas le dije. Yo también puedo hablar y contar que tú te hacías pis en la escuela. ¿Qué crees que sería más interesante para la prensa: que tu hijo es tan inútil que su mujer le engañaba, o que tú, con tu “gran apellido”, mojabas las sábanas?

Se quedó blanco, desconcertado.

¿No dirá usted eso?

Yo había sido su maestra, y todos me creerían. Aunque fueran mentiras, nadie lo olvidaría.

Depende de cómo te portes, Gregorio.

Vaciló, y dándose cuenta de que no podía competir en esto, accedió:

Lo he entendido.

Bien hecho. Ahora, quiero unas vacaciones para Carmen y para mí, para recuperarnos. Y cuenta a todos que mi nieta ha viajado conmigo para cuidarme, y que no hay nada de divorcios ni escándalos.

Gregorio reflexionó. Yo seguía siendo su maestra, y no había manera de imponerse a mí. Sabía sacar partido de la situación: con algunos, zanahoria; con otros, palo… y si hacía falta, chantaje.

De acuerdo, tendréis los mejores días en Santander o donde queráis accedió. Y perdonadme, a mí y a mi hijo. No supimos hacerlo mejor.

Eso es asentí. Y mi consejo: vive con decencia, no te preocupes tanto de lo que digan. Si actúas bien, nadie te juzgará.

Gregorio asintió y se fue. Cumplió, y yo nunca le guardé rencor; me siguió respetando. Y aunque sentía pena por Antonio, era mejor así.

El divorcio de Carmen y Antonio llegó un año después. Ya cada uno tenía otra pareja y todo fue tranquilo. Carmen volvió a casarse y es feliz con su marido y sus dos hijos. Más adelante, me llevó a vivir con ella, como en su día yo hice por ella.

Luis nunca se divorció, pero siguió viviendo en mi casa, tan apocado como siempre.

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