Engañar a alguien mientras compartes el mismo techo es una absoluta barbaridad. Compartes la misma cama el lavabo del baño la mesa de la cena y aun así encuentras el hueco para deslizarte en conversaciones ajenas o en unos brazos que no son los de tu pareja, para luego regresar a las sábanas que todavía conservan el olor de quien más confía en ti. Eso no es solo traición, es un desprecio premeditado.
La miras a los ojos cada mañana le das un beso de buenas noches asientes mientras te cuenta sus preocupaciones y a la vez guardas un secreto capaz de desmoronar por completo su sensación de seguridad. Es una crueldad única. Ella piensa que el hogar que habéis construido juntos es su refugio, pero tú lo conviertes en el escenario de la mayor mentira que jamás experimentará.
La infidelidad es una puñalada directa al corazón pero hacerlo mientras disfrutas de la comida que ella cocina, ves las series que te recomienda, dejas tus zapatos junto a la puerta que ella cierra todas las noches alcanza otro nivel de frialdad.
No es que te resbales en un momento de debilidad; eliges, día tras día, faltar al respeto a la persona que comparte su vida contigo.
Y las acrobacias mentales para ocultarlo dejar el móvil siempre boca abajo, duchas repentinas, salidas sin explicación, noches tardías mirando el teléfono en el baño las mentiras no terminan nunca y acaban por agotarte.
Aun así, esperas ser recibido con cariño. Qué ingenuidad. El daño es mucho más profundo.
Cada conversación en el sofá, cada broma compartida, cada domingo tranquilo por la mañana, todo se reescribe en su memoria cuando se entera de la verdad. Empezará a dudar de su propia intuición, repasará mil y un detalles, preguntándose cómo no supo ver las señales. Esa duda perpetua es la verdadera cicatriz que deja la infidelidad.
Si no eres feliz, sé valiente y dilo. Si te tientan otros brazos, da un paso atrás. Pero no le robes la paz a quien duerme contigo.
El amor debe ser un hogar, un refugio seguro, no una ruleta rusa.
Si puedes traicionar a esa persona que te deja compartir su espacio cada noche y ni siquiera sientes culpa no es amor; solo aprovechas la cercanía para que tu egoísmo tenga cama y cobijo.
Recuerda: la confianza no es un bien renovable. Cuando la quemas entre las cuatro paredes que debían protegeros a los dos ya no hay vuelta atrás.
Solo quedan escombros allí donde alguna vez vivió una pareja.







