No pensé mucho en ello cuando mi futura suegra no paraba de preguntarme por mi vestido de novia, hasta que llegué a casa y descubrí que mi vestido de 2.750 euros había desaparecido. ¿Te lo puedes creer? Se lo probó, lo destrozó y encima se negó a pagarlo. Furiosa y desesperada, la enfrenté armada con una prueba secreta que lo cambió todo.
Debí sospechar algo cuando Mercedes, la madre de mi prometido, insistía tanto con el tema del vestido.
Durante semanas me escribía casi todos los días: ¿Has encontrado ya el vestido? o Asegúrate de que eliges algo bonito, cariño. No querrás parecerte a un mantel.
A pesar de todo, siempre tenía una excusa lista cuando la invitaba a venir de compras.
Lo siento, tengo jaqueca, me contestaba. O: Ay, estoy liadísima este fin de semana.
Mi madre también lo notó.
Es curioso que esté tan implicada pero nunca venga a mirar, me dijo una tarde mientras recorríamos nuestra tercera tienda de trajes nupciales de ese día.
Me encogí de hombros. Intentaba no perder el entusiasmo por encontrar el vestido perfecto.
Tampoco yo lo entiendo, pero mira al menos así me ahorro sus críticas.
Me giré a mirar otro escaparate al fondo de la tienda, y entonces lo vi: un vestido corte A en marfil, con delicados detalles de encaje y escote corazón.
En cuanto me lo probé, lo supe. La manera en la que resaltaba mis curvas antes de caer con elegancia El brillo sutil de las cuentas bajo la luz Era exactamente lo que había soñado.
Ay, hija, susurró mi madre, con los ojos empañados. Este es el tuyo.
En la etiqueta, el precio: 2.750 euros. Era mucho más de lo que pensaba gastar, pero a veces la perfección no tiene precio.
Mientras posaba en el probador y mi madre hacía fotos desde todos los ángulos, me sentía por fin una novia de verdad. Todo encajaba.
Al llegar a casa, le escribí a Mercedes que había encontrado el vestido ideal. Respondió en cuestión de minutos, exigiendo que se lo llevase para verlo en persona.
Le contesté: Lo siento, Mercedes, pero prefiero guardarlo aquí hasta el gran día. Te paso las fotos que ha hecho mi madre.
No quiero ver fotos, replicó al instante. ¡Quiero ver el vestido en persona!
Me mantuve firme. Fue insistente, pero al final vio que no pensaba arriesgarme a que mi precioso (y carísimo) vestido sufriera algún daño llevándolo de un lado a otro sólo porque ella quisiera verlo.
Dos semanas después, pasé el día en casa de mi madre, organizando decoraciones y detalles de la boda. Al volver a mi piso esa noche, noté algo raro.
Había un silencio extraño, y los zapatos de Gonzalo no estaban en la entrada, como siempre.
¿Gonzalo?, llamé mientras dejaba las llaves en la encimera. Silencio.
Me dirigí al dormitorio para cambiarme, y al abrir el armario, sentí el pánico subir como un cubo de agua helada.
La bolsa con mi vestido ya no colgaba de la puerta, donde siempre la dejaba. Supe al momento lo que había pasado.
Con las manos temblando de rabia marqué el número de Gonzalo.
Hola, amor, respondió, con ese tono apocado tan sospechoso.
¿Has llevado mi vestido a casa de tu madre, verdad?. Le salieron las palabras llenas de miedo y enfado.
Sólo quería verlo, y tú no estabas, así que
No le dejé acabar. ¡Tráelo de vuelta. Ahora mismo!
Cuando Gonzalo cruzó la puerta, treinta minutos después, sentí el presentimiento de que todo iría a peor.
Sonreía, como si no pasara nada, pero la culpa brillaba en sus ojos. El corazón se me encogió mientras abría la bolsa y sacaba el vestido, temiéndome lo peor.
El vestido estaba dado de sí, con el encaje roto en varios sitios. La cremallera torcida y con los dientes medio arrancados.
¿Qué ha pasado? Mi voz apenas era un susurro.
¿A qué te refieres? Gonzalo frunció el ceño, fingiendo que no entendía.
¡Esto! Señalé la cremallera rota, el encaje destrozado, la tela jamas vista. Las lágrimas llenaron mis ojos al asimilar toda la extensión del desastre. ¡Mi vestido de novia está arruinado!
No está tan mal. De verdad, no sé cómo ha pasado, quizá el vestido estaba mal cosido y se ha roto cuando mamá abrió la bolsa
No digas tonterías, le solté. La única manera de que esto pase es si ¡Dios mío! ¿Se ha probado mi vestido de novia?
Bueno
¿Cómo has podido, Gonzalo? Cogí el móvil y llamé a Mercedes. ¡Ella no tiene mi talla, ni aunque la tuviese, es MI vestido de novia! No un vestido cualquiera de El Corte Inglés.
Mercedes contestó y puse el altavoz.
¡Has destrozado mi vestido! El encaje está roto, la cremallera hecha trizas, la tela dada de sí Tú y Gonzalo me debéis 2.750 euros para reponerlo.
A Gonzalo se le desencajó la cara. No estarás hablando en serio
¿Y la respuesta de Mercedes? ¡Se rió! Pero se rió de verdad.
No dramatices. Cambio yo misma la cremallera, sé hacerlo y quedará perfecto.
No, no quedará, contesté, con la voz quebrada. El problema no es sólo la cremallera; el vestido está estropeado. Tendré que comprarme otro, Mercedes. Sabes que no debiste probártelo, ahora tienes que arreglar esto.
Estás montando una montaña de un grano de arena, cortó Mercedes.
Miré a Gonzalo, esperando que saliera en mi defensa. Pero él bajó la cabeza.
El corazón se me rompió. Ya no podía con esa situación, ni con él, ni con su madre. Colgué, fui directa a la habitación y me eché a llorar con el vestido en los brazos.
Dos días después, apareció en la puerta Carmen, la hermana de Gonzalo, con cara seria.
Yo estaba allí, dijo sin rodeos. Cuando mamá se probó tu vestido. Intenté convencerla de que no lo hiciera, pero tú sabes cómo es. Lo siento mucho.
La hice pasar, y sacó el móvil.
Cuando vi que no podía pararla, pensé que al menos podía ayudarte de alguna manera. Toma esto hará que mi madre pague lo que debe.
Me enseñó la pantalla y me dieron ganas de vomitar.
Allí estaba Mercedes, embutida en mi vestido, riendo y posando ante el espejo. La tela a punto de explotar, la cremallera medio cerrada.
Tiene que asumir lo que ha hecho, dijo Carmen, y estas fotos son la clave.
Escuché detalladamente las instrucciones de Carmen de cómo podía usar las fotos para que Mercedes reaccionara.
Armada con las fotos, volví a enfrentarme a Mercedes y le dije que las mostraría si no me pagaba los 2.750 euros que me debía.
No te atreverías a publicarlo, me dijo, mirándose las uñas. ¿Sabes lo que podría suponer eso para la familia?
Miré su impecable maquillaje, la ropa cara, esa imagen de suegra ejemplar. Pruébame.
Esa noche, con las manos temblando, subí un post a Facebook.
Publiqué las fotos que me pasó Carmen y varias del vestido destrozado. Conté cómo mi futura suegra se había probado mi traje sin permiso y lo había arruinado, negándose siquiera a asumir la responsabilidad o reponerlo.
Un vestido de novia es mucho más que una prenda, escribí. Simboliza sueños, esperanzas y confianza. Todo eso desapareció junto con mi vestido.
A la mañana siguiente, Mercedes irrumpió en nuestro piso sin llamar, colorada de rabia.
¡Borra eso!, chilló, agitándome su móvil delante. ¿Sabes lo que está diciendo la gente? ¡Estoy humillada! ¡Mis amigas, mis compañeras, todos lo han visto!
Tú te lo has buscado, cuando decidiste probarte mi vestido sin permiso.
¡Gonzalo, dile que lo borre!
Gonzalo nos miró, pálido. Mamá, quizás podrías haber ofrecido comprarle otro
¿Otro? ¿Después de lo que ha hecho? ¡Nunca! El grito de Mercedes probablemente se oyó en todo el bloque.
Por fin miré de verdad a Gonzalo. Vi cómo había evitado el conflicto, cómo dejaba que su madre pasara por encima de ambos, cómo traicionaba mi confianza tan a la ligera.
Tienes razón, Mercedes, murmuré. Ya no hace falta reponer el vestido.
Me quité el anillo de compromiso y lo dejé sobre la mesa baja. Porque no habrá boda. Me merezco a alguien que me defienda y una suegra que sepa respetar los límites.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Mercedes abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua. Gonzalo intentó decir algo, pero me acerqué a la puerta y la abrí.
Por favor, marchaos. Los dos.
Mientras los veía alejarse, me sentí más ligera de lo que me había sentido en meses.





