Fui a un restaurante para conocer por primera vez a los padres de mi prometida, pero lo que hicieron me llevó a cancelar la boda
Nunca pensé que una simple cena podría cambiar el rumbo de mi vida tan de golpe, pero aquella noche con los padres de Lucía me abrió los ojos a una realidad insostenible. Al terminar la velada, no tuve más remedio que plantarme y cancelar la boda.
Jamás imaginé que yo sería esa clase de persona capaz de dejar a su pareja justo antes de dar el paso más importante de nuestra relación. Pero ya sabéis, la vida te sorprende y a veces no todo es como lo habías soñado.
Siempre he sido un hombre reflexivo, de los que consulta decisiones importantes con sus amigos y su familia. Esta vez, sin embargo, sentí con toda claridad que tenía que actuar sin pedir opiniones. Sabía que era lo correcto.
Antes de entrar en detalles sobre ese día, merece la pena que os hable un poco de Lucía, mi prometida. La conocí cuando llegó como adjunta a dirección financiera en la empresa donde trabajo. Tenía algo especial, una chispa que la hacía inolvidable desde el primer momento.
Lucía encajaba perfectamente en lo que uno entendería como una mujer atractiva: alta, con el cabello castaño perfectamente peinado, una sonrisa franca y elegante sentido del humor. Pronto se ganó el cariño en la oficina y enseguida comenzamos a charlar durante los descansos para el café.
Apenas siete semanas después de su llegada, ya estábamos saliendo y pronto supe que era lo que buscaba: inteligente, amable, responsable y resolutiva. Todo lo que a mí me falta, pensé.
Nuestra relación fue deprisa, tal vez demasiado vista con perspectiva. Lucía me pidió matrimonio solo seis meses después de empezar y yo, absorbido por la pasión del momento, acepté sin dudar.
Lo único raro era que no hubiese conocido aún a sus padres. Vivían en otra provincia y siempre tenía alguna excusa para evitar el viaje. Pero tras enterarse del compromiso, insistieron en quedar conmigo.
Te van a adorar, me dijo Lucía, apretando mi mano con dulzura. He reservado mesa en ese restaurante moderno y elegante de la Gran Vía para este viernes.
Estuve días nervioso, sin saber qué ponerme ni cómo causar buena impresión. ¿Y si no les gustaba? ¿Si le decían a Lucía que no era el adecuado para ella?
Me probé mil camisas diferentes hasta que decidí ir con traje azul marino, discreto y clásico, tal como mi madre me enseñó para estas ocasiones.
El viernes, salí del trabajo antes para prepararme. Tras una ducha rápida y una pizca de colonia, cogí mis zapatos castellanos y una cartera de piel. Menos es más, pensé.
Lucía me recogió poco después, preciosa con un vestido burdeos y tacones bajos. Estás guapísimo, me susurró con esa sonrisa que siempre me tranquilizaba. ¿Listo?
Asentí intentando no mostrar lo que me temblaban las manos. Espero que les caiga bien, solté, medio en broma, medio implorándole suerte.
Claro que sí, me animó, apretando mi mano, ¿Cómo no te van a querer? Si eres lo mejor que le podía pasar a su hija.
Parecía todo bajo control, pero no estaba preparado para el espectáculo que me esperaba.
Entramos juntos en el restaurante, decorado con candelabros de cristal y música suave de piano de fondo. Incluso los vasos de agua parecían caros.
Localicé a los padres de Lucía en una mesa junto a la ventana. Su madre, Carmen, una mujer menuda y elegantísima, se levantó al vernos. Su padre, don Julián, de porte serio y seco, ni se inmutó.
¡Ay, mi niña!, exclamó Carmen, lanzándose a abrazar a Lucía con gran efusividad e ignorándome por completo. ¡Estás más delgada! ¿Estás comiendo bien?.
Me sentí ridículo parado al lado hasta que, por fin, Lucía me presentó:
Mamá, papá, este es Marcos, mi prometido.
Su madre me estudió de arriba abajo antes de forzar una sonrisa tensa: Encantado, hijo.
Don Julián se limitó a emitir un gruñido.
Cuando nos sentamos, quise romper el hielo: Es un placer al fin conoceros. Lucía siempre me ha hablado mucho de vosotros.
Antes de que pudieran siquiera responder, llegó el camarero con la carta. Mientras la leíamos, vi a Carmen inclinarse hacia Lucía:
Hija, ¿quieres que te pida yo la cena? Ya sabes que te estresas con demasiadas opciones.
No daba crédito. Lucía era una mujer hecha y derecha pero, para mi sorpresa, simplemente asintió. Nada de pararle los pies.
Gracias, mamá. Ya sabes lo que me gusta.
Intenté captar la mirada de Lucía, pero solo tenía ojos para su madre, que pidió los platos más caros: merluza a la donostiarra, solomillo de ternera y una botella de Marqués de Murrieta que costaba más de 180 euros.
Cuando llegó mi turno, ni siquiera tenía apetito y pedí unas sencillas espirales con salsa de tomate.
Mientras esperábamos la comida, don Julián por fin me miró directamente.
Así que, Marcos, ¿cuáles son tus intenciones con mi hija?
Casi se me atraganta el agua. ¿Perdón?
Que si piensas casarte con ella, ¿cómo planeas cuidarla? Recuerda que su ropa hay que plancharla a diario y necesita su almohada especial para dormir.
Busqué a Lucía, esperando que le frenase los pies a su padre, pero seguía callada, casi invisible.
Pues la verdad es que esos detalles no los hemos hablado aún, balbuceé incómodo.
Pues ya puedes aprender rápido, hijo intervino Carmen. Lucía tiene muy claros sus horarios. La cena siempre a las ocho y nunca le pongas nada de legumbres, que no las soporta.
No entendía nada. ¿Dónde estaba la Lucía independiente de la oficina? ¿Por qué permitían ese comportamiento tan infantil?
La llegada de los platos fue un respiro. No quise molestarlos más y me limité a apartar la pasta en el plato mientras veía cómo su madre le cortaba el bistec y su padre le recordaba que usara la servilleta. Yo sólo podía mirar atónito.
Se me fue el hambre y empezó a encajarme todo: por qué Lucía siempre ponía excusas para ir a casa de sus padres, por qué tantas evasivas. Todo cobraba sentido.
Cuando por fin terminamos, respiré aliviado pensando que lo peor había pasado. Nada más lejos: la verdadera bomba estaba a punto de estallar.
El camarero dejó la cuenta en la mesa. Carmen la cogió rápidamente antes de que nadie pudiera verla. Honestamente, pensé que sería para evitarme el gasto como cortesía. Pero lo que dijo me dejó helado.
Bueno, querido, ¿verdad que lo justo es que paguemos a medias? Ahora que somos familia, todo debe compartirse.
¿A medias? Ellos pidieron vino y marisco por casi trescientos euros y yo un simple plato de pasta de 12. No me lo podía creer.
Miré a Lucía en busca de apoyo, con la esperanza de que protestara o me defendiese. Pero ella miraba al suelo, en silencio.
Entonces lo vi claro: no era solo la cuenta. Era mi vida. Casarme con Lucía era casarme también con sus padres y sus reglas.
Respiré hondo y me levanté con calma.
Perdonad, pero prefiero pagar sólo mi parte, anuncié con serenidad.
Todos se me quedaron mirando. Saqué mi cartera, puse 15 euros (comida y propina) sobre la mesa y me preparé para irme.
¡Pero bueno! saltó Carmen ¡Si somos familia!
No, no lo somos, contesté mirándola de frente. Y no lo seremos.
Me giré hacia Lucía. Al fin me miró, aunque con el rostro desencajado.
Lucía, le dije con calma, te aprecio mucho. Pero esto no es lo que quiero para mi vida. Busco una compañera, no alguien a quien cuidar como un niño pequeño. Y creo que tú tampoco estás preparada para dar ese paso.
Me quité el anillo de compromiso y lo dejé junto a su copa de agua.
Lo siento, pero cancelo la boda.
Sin más, salí del restaurante y dejé atrás tres caras perplejas.
El aire de la noche madrileña me hizo sentir libre. Sí, dolía. Sí, sería todo un reto volver a la oficina el lunes. Pero en el fondo supe que era lo correcto.
A la mañana siguiente devolví el traje de novio.
Mientras la dependienta me preguntaba si todo estaba bien, solo pude sonreír al fin sintiéndome ligero. ¿Sabes?, ahora sí que estoy bien.
Esa experiencia me enseñó lo valioso que es atreverse a marcharte a tiempo cuando algo no es para ti. Puede doler en el momento, pero a la larga, es lo mejor que puedes hacerte a ti mismo.
¿Tú qué habrías hecho?






