Querido diario,
12 de enero, una noche de invierno en el pueblo de Villarejo, Castilla y León. Al alba, la nieve caía ligera, los copos grandes descendían sin hacer ruido. No había estrellas; el cielo estaba cubierto y la luna apenas se asomaba, como una vela temblorosa que pronto cedía al amanecer. Al mediodía, el sol se asomó tímido sobre los tejados.
El día transcurrió como los anteriores. Al caer la tarde, Begoña salió de su casa mientras el cielo se ennegrecía y un viento fuerte barría las calles. Pensó: «¿Qué habrá sido de la calma?», y antes de llegar al umbral, la tormenta se desató, cegadora, sin que pudiera ver ni un paso adelante.
Afortunadamente la casa estaba cerca. Al abrir la puerta del corral, reflexionó: «Menos mal que la nieve aún no ha cubierto los montones». Pero el temporal no era un juego; el viento aúlla como un lobo y una enorme alcornoque se mece al ladear del portal. Gracias a Dios llegó a tiempo a la puerta, la abrió y entró.
Después de cenar, subió al horno de leña para escuchar el exterior; el viento gritaba por la chimenea y, sin darme cuenta, se quedó dormido. De pronto, un golpe insistente resonó en la puerta. «¿Quién será a estas horas?», pensé mientras me calzaba las alpargatas de piel.
Al abrir, escuché una voz masculina: «Soy Gregorio, conductor. Me he quedado atrapado frente a tu casa; la nieve ha tapado el camino y no se ve nada. Intenté despejar con la pala, pero la nieve no deja de caer. Déjame entrar, no te haré daño, lo juro». Era de la aldea vecina, el de la carretera que cruza el río Duero.
Aun con la noche cayendo, dejé pasar al hombre cubierto de nieve y lo dejé entrar. Le ofrecí una taza de té. Preparé los bizcochos que horneé la víspera y le serví el té recién sacado del horno. «¿Cómo te llamas?», le pregunté. Me respondió: «Gregorio, aunque en los pueblos nos llamamos Gregorio del Campo». Yo le respondí: «Yo soy Miguel, el encargado del granero».
Conversamos sobre nuestras vidas. Begoña vivía sola desde hacía cinco años; su marido había abandonado el pueblo tras una discusión y no había hijos. Yo, por mi parte, había estado casado una vez, pero el matrimonio no prosperó. Compartimos nuestras penas y, mientras él se acomodaba sobre el horno, cayó el sueño y empezó a roncar.
La soledad de Begoña se hacía más pesada al oír su propio suspiro: «Qué bien sería tener a alguien propio, cariñoso y trabajador a mi lado». Al alba, despertó con el aroma de los churros que había preparado en la cocina. Gregorio, aún medio dormido, exclamó: «¡Qué buenos están los churros recién hechos!». Después del desayuno, Begoña salió a trabajar en el campo.
Le dije: «No cierro la puerta, si necesitas volver, pon una candela y guarda el calor del horno; hay patatas cocidas para ti». Le desee buen viaje y nos despedimos.
Al mediodía, regresé a casa y encontré a Gregorio luchando con su tractor atrapado en la nieve. El motor no arrancaba, la batería estaba muerta y la carretera estaba intransitable. Lo invité a entrar, le ofrecí un bocado; yo también había venido de la huerta con la nieve pegada al traje.
Mientras hablábamos, noté que en sus sienes asomaba una tenue cana y alrededor de sus ojos se dibujaban arrugas al sonreír. «Tiene apenas treinta y siete años, y ya se ve el paso del tiempo», pensé. Me sentí extrañamente cercano a aquel desconocido; su compañía me resultaba reconfortante.
Lo acompañé al taller del pueblo, donde solo abrían entre la una y las dos. Le aseguré que lo esperaría hasta que pudieran desenterrar el camino. Al despedirnos, le dije: «¡Que tengas buen viaje, Gregorio!». Él respondió con una sonrisa: «¡Igualmente, Miguel!».
Al caer la noche, regresé a mi casa y vi la luz encendida en la ventana; el corazón se me aceleró, como quien siente que lo esperan. Gregorio, al entrar, me saludó: «La tetera está a punto de hervir, paso a entrar». Le pregunté por qué no había partido, y me explicó que al día siguiente llegaría el tractor del taller, pues no había más máquinas disponibles.
Después de la cena, mientras arreglaba el hogar, Gregorio se sentó en el horno y, de repente, se levantó y se acercó a mi cama. Me tomó del brazo y, sin decir palabra, me abrazó bajo la manta. Sentí una mezcla de sorpresa y ternura, y él, con voz baja, confesó: «Si me quedara contigo, ¿debería casarme?». Yo, temblorosa, respondí: «¿Qué?». Él, algo irritado, soltó: «No confío en las mujeres; ya me casé y la esposa se fue con otro. No quiero que una mujer me haga daño». Yo, con lágrimas, le dije que deseaba una familia, hijos y un marido que me cuidara.
La discusión se alargó en silencio; ambos nos quedamos allí, sin saber qué hacer. A la madrugada, Gregorio se levantó para partir; el tractor debía llegar a las seis de la mañana. Yo, en el umbral, le dije: «Perdóname, Gregorio». Él respondió: «Adiós, Miguel; la próxima vez no abriré la puerta si vuelves a quedar atrapado». En mi interior, quería gritar que él merecía una segunda oportunidad.
Gregorio se marchó. Al mediodía, su coche ya no estaba en la aldea. Esperé un rato, pero no volvió. Compartí mi inquietud con mi amiga Nerea, que vive al lado. Ella, riendo, me dijo: «¡Miguel, estás embarazado!». Al principio pensé que bromeaba, pero al acudir al centro de salud descubrí que, efectivamente, estaba esperando un bebé.
Agradecí al cielo por esa sorpresa; el accidente con Gregorio había cambiado mi destino. El médico me preguntó cómo quería nombrar al niño. Respondí: «Lo llamaré Esteban, y más adelante será Esteban Jr.»; la enfermera, con una sonrisa, me advirtió: «Primero cría al niño antes de pensar en la vejez». Yo solo podía pensar en el futuro que ahora se abría ante mí.
El día del alta del hospital, Nerea me confesó que no podría llevarme al pueblo en autobús con el pequeño, pero la ambulancia nos llevaría. Al salir del edificio, me encontré con Gregorio, que sostenía un gran ramo de flores, y Nerea, que sonreía traviesa. Gregorio proclamó: «Soy tu marido y no dejaré que nadie se lleve a tu hijo». Tomé al niño en brazos, le entregué a Gregorio y, con lágrimas de alegría, acepté su promesa.
Hoy, mientras escribo estas líneas, recuerdo todo lo ocurrido y comprendo que los giros inesperados de la vida pueden abrir puertas que nunca imaginamos. He aprendido que, aunque el viento sople con fuerza y la nieve cubra el camino, la esperanza y la solidaridad pueden iluminar la oscuridad.
Hasta mañana,
Miguel.
Lección: nunca subestimes el poder de una mano amiga; a veces es ella la que te guía hacia la familia que siempre soñaste.






