Mermelada de Dientes de León
Acabó por fin el invierno, que este año no ha traído apenas frío de verdad, todo nieve tierna y días suaves. Pero, claro, de tanto abrigarse y madrugar con cielo gris, una ya tiene ganas de verde, de ropa ligera y de que los árboles lleven por fin algo más que la escarcha.
La primavera llegó a un pequeño pueblo de Castilla. Encarnación adora esta estación, esperando que la naturaleza despierte del letargo, y por fin llegó el gran día. Asomada a la ventana de su tercer piso, pensaba:
Con los primeros soles, el pueblo parece que se despereza de una siesta larguísima. Hasta los coches rugen distinto y el mercadillo casi zumba. La gente con sus abrigos de colorines va que lo tira. Y los pájaros madrugan más que el despertador. Ay, qué bien la primavera ¡pero el verano aún mejor!
Encarnación lleva años en su bloque de cinco plantas. Ahora vive con su nieta, Jimena, que está en cuarto de Primaria. Hace un año, los padres de Jimena se marcharon a trabajar por contrato en Guinea Ecuatorial, los dos médicos, y dejaron a la niña a cargo de la abuela.
Mamá, confiamos nuestra Jimenita a tus cuidados, que allí poca cosa puede hacer, sabemos que vigilarás a tu tesoro decía la hija de Encarnación.
¡Por supuesto! A mí me va a venir de cine, ¡así estoy entretenida en la jubilación! Venga, id tranquilos, que aquí nos apañamos juntas respondía Encarnación.
¡Biennn, abuela, ahora sí que vamos a vivir! Al parque y a lo que nos apetezca, mis padres nunca tienen tiempo. Vas a ver tú saltaba de alegría la nieta.
Encarnación preparó el desayuno y mandó a Jimena al cole, y se puso a sus tareas de casa. El tiempo se le fue volando.
Voy al súper, que luego viene Jimenita y le he prometido algo rico por las notas pensó mientras cogía la bolsa y salía.
Al salir del portal, encontró ya en la plaza del barrio a dos vecinas abrigadas con cojines, porque cualquiera se sienta todavía en el banco frío. Doña Carmen una señora de edad indeterminada, ¿setenta? ¿más? Es un misterio, siempre rehúye la pregunta y tiene su pisito en la planta baja. La otra era María Lourdes, también mayor, viuda y de buen humor, lee mucho, cuenta historias, y es justo la antítesis de Carmen, siempre criticona, protestona el alma opuesta de la plaza.
En cuanto sale el sol y se va la nieve, ese banco tiene dueño, y Carmen y Lourdes son fijas: desde el desayuno hasta la merienda, sólo se interrumpen para ir a casa. Saben todo de todos, un mosquito no pasa desapercibido bajo su vigilancia.
Encarnación a veces se les une para comentar la prensa, las revistas, la tele, o escuchar las penas de Carmen con la tensión alta.
¡Hola, chicas! saludó Encarnación sonriendo. Ya controlando el cotarro, veo.
¡Hola, Ena, sí! Si no nos sentamos aquí, nos llaman la atención. Y tú con esa bolsa ¿al supermercado vas, verdad? dijo Carmen, más dictando que preguntando.
Tal cual, antes de que venga Jimena con el hambre. Y lo prometido es deuda, le traigo algo dulce por las notas contestó Encarnación y siguió su camino.
El día pasó como siempre; recogió a Jimena, le sirvió la merienda, y la niña se puso con los deberes mientras Encarnación veía la tele.
¡Abuela, me voy a danza! gritó Jimena.
Ya iba lista con la mochila y el móvil en mano. Lleva seis años bailando, le encanta, participa en todas las fiestas del cole y Encarnación no cabe de orgullo con su nieta artista.
Anda, vuela, Jime dijo la abuela con cariño y le abrió la puerta.
Encarnación se sentó luego sola en el banco del portal esperando a que volviera su nieta del baile.
¿Aquí aburrida? le preguntó Don Julián, el vecino del segundo.
¿Aburrida yo, con este día? Primavera, sol, todo verde y amarillo de dientes de león. Es como si el campo estuviera lleno de mini soles contestó encantada Encarnación.
Justo entonces llegó Jimena por detrás y se tiró al cuello de la abuela, mientras gritaba:
¡Guau, guau!
¡Será posible! Casi me dejas tiesa del susto, bribona se rió Encarnación.
No la mates de un susto, que luego te quedas sin abuela añadió Julián dando un par de palmadas en la espalda.
Venga, terremoto, te he preparado zanahoria rallada con azúcar, que seguro acabaste molida en clase, y también tus croquetas favoritas le guiñó Encarnación.
Julián también se levantó tras ellas.
¿Y tú qué? ¿Te retiras tan temprano de la plaza? preguntó Encarnación.
Es que después de oír hablar de croquetas, me ha entrado un hambre Voy a picar algo, pero luego salgo otra vez, ¿eh? Quizás hasta paseamos respondió el vecino.
No prometo nada, mucha faena tengo, pero veremos
Al final Encarnación sí salió esa tarde al banco. Al despedirse, entraron con Jimena al portal y Julián detrás.
Abu, Julián te está tirando los tejos, ¿eh? soltó Jimena con risas al entrar.
¡Qué cosas dices! se le pasó rápido a Encarnación.
Que sí, que le tienes loquito. Si a mí Marquitos del otro curso me mirara así, las niñas fliparían de envidia.
Tú siéntate y deja de hacer de Sherlock Holmes, mujer. Y Marquitos ya verá sonrió la abuela.
Y sí, Encarnación volvió al banco esa noche. Julián ya esperaba. Curiosamente, Carmen y Lourdes se habían ido.
Se fueron hace un rato, a cenar informó Julián, ilusionado.
Desde esa tarde, Encarnación y Julián se vieron más, y hasta cruzaban al parquecito que está justo enfrente. Leían juntos la prensa, comentaban cotilleos, recetas, chismes de famosos, historias de la vida
La fortuna no había mimado a Julián. Tuvo esposa, hija, nieto. Pero pronto quedó viudo y crió a su hija Paula como pudo, doblando turnos para que no faltara de nada. Lógicamente, no estuvo mucho con ella; cuando se iba, la niña dormía, cuando volvía, igual.
Paula creció, se casó y se mudó, tuvo a su hijo, y apenas volvía. Cuando lo hacía, ni pizca de alegría familiar. Se separó tras quince años de matrimonio, y crió a su chaval sola.
Encarnación, que mi hija viene en dos días. Me ha llamado hoy ¿A santo de qué? Si apenas hablamos le confesó Julián, ya con confianza de años.
Pues igual le entra la morriña, con los años se valora más a los suyos supuso Encarnación.
No sé yo
Paula llegó. Igual de seca, seria y con la cabeza en sus asuntos. Julián ya veía la que se le venía.
Papá, vengo a tratar un par de cosas empezó Paula. Tienes que vender el piso. Vente con nosotros, con tu nieto, que vivirás alegre. Hablaba en tono decidido, como si fuese el jefe.
Pero a Julián le revolvió el estómago la idea, le daba yuyu dejar su hogar para irse al tutelaje de la hija poco cariñosa. Se excusó diciendo que prefería su vida de siempre.
Paula no desfalleció. Al enterarse de la amistad de su padre con Encarnación, fue a verla. Saludó amable, llegó a la cocina, Encarnación puso té, dulces y mermelada.
Te escucho, Paulita, dijo Encarnación con suavidad.
Veo que eres muy cercana a mi padre arrancó Paula. ¿Me ayudarías a convencerle para que venda su piso? ¿A qué viene tanto espacio para uno solo? Seamos razonables remató poco delicada.
Encarnación se quedó atónita ante el desplante y la falta de tacto. Respondió que no.
Y Paula saltó hecha una furia. Colorada como gamba, se puso a chillar:
¡Claro, ya lo veo! Tú también quieres el piso. Enganchas al pobre viejo para buscarle un dote a tu nieta Os dais arrumacos en el banco, vais de paseo, y encima charláis de dientes de león. ¡Parecéis dos florecitas, pero vaya par! Seguro tenéis planes de boda, ¿eh? ¡Pues que sepas que no te va a salir bien, vieja bruja! y pegando un portazo se marchó.
Encarnación se quedó abochornada, temiendo que los vecinos oyeran. Al poco, Paula se largó. Encarnación empezó a esquivar a Julián, corriendo si lo veía, evitándolo.
Pero, por mucho que una corra, la vida va a su ritmo. Un día, al volver del supermercado, Julián estaba en la puerta, esperándola, con un ramo de dientes de león, empezando a hacer una corona.
No huyas, Encarnación, le rogó él, siéntate conmigo un ratillo. Perdona a mi hija. Sé lo que te dijo, la bronca que te armó Ya he hablado seriamente con ella. Al nieto lo cuido y siempre lo haré, pero ella En fin, se fue diciendo que no tiene padre Yo se quedó callado, luego extendió la corona inacabada. Toma, que hice mermelada de dientes de león, dicen que es buenísima. Tienes que probarla. Y en ensaladas dan vidilla. Y sonreía.
Después de aquella conversación sobre las bondades del diente de león, se animaron juntos a preparar una ensalada, y Encarnación tomó su té con la mermelada casera, que le supo a gloria. Por la tarde, salieron otra vez al parque.
Tengo el último número de nuestra revista favorita dijo Julián cuando llegaron bajo la gran acacia, señalando el banco.
Encarnación se sentó a su lado y se echó a reír. La charla fluyó y los dos se olvidaron del mundo. Juntos, estaban estupendamente.
¡Gracias por leer, por seguirme y por los ánimos! ¡Que la vida os sonría!





