Tengo veintinueve años. Quizá sea la mujer más ingenua del mundo, porque hasta hace poco pensaba que en mi familia todo era armonía. Pero estaba equivocada Mi marido resultó ser un traidor, un egoísta. Todavía me cuesta pensar que me hiciera esto.
Nos conocíamos desde hacía diez años; llevábamos seis casados. Se llama Fernando, siempre tan atento y cariñoso, mantenía el hogar y a nuestros hijos. Tenemos dos niños: un hijo y una hija. Yo le ayudé a montar su empresa, que empezó a generarnos buenos ingresos.
Trabajaba entonces como dependienta. Pero hace poco abrí mi propia tienda online de ropa. Así que, cuando mi hija está en la guardería y el niño duerme, yo trabajo y me gano unos euros.
Siempre he pesado alrededor de cincuenta y cuatro kilos. Después de dar a luz engordé veinte. Al principio creí que cuidar de dos niños me ayudaría a perder peso. Pero no todo es tan sencillo como parece al principio. Me propuse adelgazar: comía bien, hacía ejercicio, bebía mucha agua y eliminé la harina. Pero la báscula no se movía y eso me hundía. Empecé a acomplejarme mucho por ello.
Tras el segundo parto dejé de gustarme. Ya no me sentía femenina ni atractiva. Y Fernando cambió delante de mí. Dejó de besarme, de abrazarme. Ni hablemos de lo demás. No recuerdo cuándo fue la última vez que hablamos de algo que no fuera la rutina. Nuestras conversaciones se limitaban únicamente a lo doméstico y lo imprescindible.
Lo admito: antes del parto, me sentía mucho más segura y atractiva. Ahora, al mirarme en el espejo, solo sentía incomodidad. Sé que por eso nuestra relación se deterioró. Decidí intentar solucionarlo. Un día, quise dar una sorpresa a mi marido. Fui a su oficina con la comida preparada. Me acerqué a la puerta y escuché una conversación:
Cariño, no te preocupes, iré a verte después del trabajo. Le he dicho a mi mujer que estoy hasta arriba, ni imagina que existes.
No entré al despacho. Me di la vuelta y salí.
Parece no entender que engordé porque tuve a nuestros hijos. Él tampoco es perfecto, también le sobran kilos, pero solo ve mis defectos.
Desde entonces me ronda por la cabeza si, además, mi marido me cree tonta.
No fui capaz de decirle a Fernando que lo escuché todo. ¿Qué hacer ahora? ¿Divorciarme? ¿Y los niños? ¿Cómo crecerán sin su padre? ¿Fingir que no he descubierto nada? No creo que pueda soportarlo.
Por ahora he decidido cuidar de mí misma. Me apunté al gimnasio. Primero le enseñaré a Fernando lo que ha perdido, y después ya veremos. Todo en este sueño me parece envuelto en niebla, como si mis pasos resonaran sobre las antiguas piedras de Toledo, y el viento arrastrara susurros de canciones lejanas, mientras la sombra de mi antiguo yo baila con los reflejos de la luz sobre las plazas vacías de Castilla.




