Una llamada inesperada: “¿Pablo Iván?” — la voz al teléfono sonaba fría y distante. —Sí, soy Pablo…

Una llamada inesperada

¿Don Pablo Ignacio? la voz al otro lado del teléfono era fría y oficial.
Sí, soy Pablo Ignacio. ¿Con quién hablo?
Aquí habla la directora de la Casa Cuna de Madrid. Dentro de una semana, su hija cumple tres años y nos veremos obligados a trasladarla a otra institución. ¿Está seguro de que no vendrá a recogerla?
Espere ¿Qué niña? ¿Qué hija? Si yo solo tengo un hijo, Nacho balbuceé atónito.
Nadia Pablo Semenina. ¿No es acaso su hija?
No, no, de ninguna manera. Yo soy Vázquez, Pablo Ignacio Vázquez.
Perdone contestó la voz con cansancio. Debe de haber habido algún error.
Ese pitido constante que siguió a la conversación retumbaba en mis oídos como las campanas de una catedral.

¡Pero bueno, qué barbaridad!, mascullé, indignado. ¡Una hija, una niña pequeña! ¿Cómo llevan esas las cosas en las oficinas? Pero la llamada quedó grabada en mi espíritu como una espina.
No podía evitar pensar en esos niños sin hogar, sin el calor de una madre, sin el cuidado de un padre, sin el bullicio de abuelas y tíos. Nacho tenía de todo: abuelos, tíos, hasta primos por todas partes

Elena, mi mujer, notó enseguida mi desvelo, las respuestas vagas; y es que, después de casi diez años de casados y conocidos desde el primer año de escuela a una esposa como Elena no se le escapa nada.
Esperó a la cena y entonces, mientras servía la sopa de cocido madrileño, me preguntó sin rodeos qué me pasaba.

¿Cómo dices que se llama?
¿Quién? respondí sobresaltado (¿cómo había adivinado lo de la niña? ¿Le habrían llamado también a ella?)
Nadia dije, Nadina.
¡Ah!, o sea Nadia Yo aquí de Elena, y ella la Nadia, ¿no? empezó a alzar la voz.
Eso parece contesté. Nadia Pablo Semenina.
¡Y no me querrás dar el número de su pasaporte también! gritó Elena, ya fuera de sí.
Pero si no tiene, ¿para qué lo iba a necesitar?
¿Será que es extranjera? dijo con tono más bajo.
¿Quién?
¡Tu Nadia! ¿Ahora resulta que quiere papeles? ¡Confiesa ya!
¡Pero si no hay nada que confesar! me quedé de piedra y hasta olvidé la cena.

Entonces Elena se echó a llorar. No era un llanto melodramático, sino de esos serios, callados, cuyas lágrimas caían como perlas sobre el delantal.
Mañana mismo me voy a casa de mi madre. Y que sepas una cosa: a Nacho no te lo pienso dejar.
Pero, Elena, mujer, ¿qué te pasa? ¿A qué viene esto ahora?
¿Qué esperabas? ¿Que os atienda yo a ti y a tu querida, la Nadia esa? saltó enfurecida.

Ahí empecé a entender lo absurdo de la situación. La senté en el banco de la cocina y le relaté todo lo de la llamada de la mañana, detallando cada cosa.
Ahora Elena lloraba de pena por la niña. Siempre me pareció increíble la facilidad con la que las mujeres lloran, por cualquier motivo y en cualquier momento. Y los de Elena, en particular, me parten el alma y me asustan un poco.
Después del disgusto, ya ni tenía hambre.

Me desperté en plena noche al notar que Elena rebuscaba en mi móvil. Nunca lo había hecho en todos nuestros años juntos. Qué tristeza me produjo esa desconfianza… Y entonces la oí susurrar: Pablo… Pablo, dándome un leve empujoncito.
Fingí que solo despertaba ahora.
¿Fue este número el que te llamó, el fijo?
Sí, ése mismo respondí automáticamente, somnoliento.
Vale, duerme tú. salió del dormitorio, llevándose mi móvil.

Claro, dormir… ¡Qué fácil! Escuché el ordenador encenderse. Esperé un poco y fui al salón. Elena buscaba algo, absorta, en el navegador: “Casa Cuna Madrid”.
El ordenador mostró toda la información: web oficial, dirección, teléfono, hasta fotos del edificio. Elena comprobó el número en mi móvil.
Pablo ¡coincide!
¿El qué?
¡El número! ¡Coincide exactamente! Es el teléfono de la Casa Cuna.
¡Eso te llevo diciendo yo desde ayer! Pero mira tú, ¿ahora me investigas?
Giró en la silla.
No es investigar, es confirmar.
¿Para qué?
Porque la Casa está cerca, y ¿de dónde han sacado tu teléfono si no tienes nada que ver?

Eso no lo había pensado. ¿Y si de verdad merecía la pena ir y preguntar? No fuera a ser que siguieran atribuyéndome hijos ajenos
No dormí casi esa noche. Cuando por fin conciliaba el sueño, Elena volvió a empujarme.
Pablo Pablo
¿Otra vez? ¿Qué pasa ahora?
¿Estás seguro de que no tuviste nada con otra? Quizá, hace años, con alguna novia de la infancia ¡Igual la viste, se reavivó una chispa y tuvo una niña que no te contó! ¿Eh, Pablo?
¡Pero qué dices, Elena! Desde que me senté contigo en clase de primero, aquí sigo, bueno, aquí tumbado, pero contigo. Hace tres años, cuando Nacho era pequeño y tú ya te reincorporaste al trabajo, ¿quién cuidaba del niño? Yo, que ni dormía, ni salía apenas, ¡pero si con suerte me aguantaba en pie! ¿De qué amantes hablas?
Entonces, ¿de dónde sacaron tu número? Alguien lo dejaria…

Aquella pregunta me carcomía también. Repasé mentalmente a todas las posibles conocidas, pero ninguna encajaba. Unas bien casadas, otras con los hijos a cargo de sus madres, la más activa se había mudado a Francia hacía años
Al final, supersticioso perdido, decidí acudir a la Casa Cuna a ver qué había tras ese embrollo.

Madrugamos y aun así había ya un hombre esperando ante la puerta del despacho: un tipo delgado y rubio, bien vestido pero descuidado, nervioso, temblando ligeramente, no se sabía si por el frío o la resaca.

Después de mí vais, dijo de pronto el hombre, con un vozarrón inesperado.

Al poco rato fue invitado a pasar. Durante quince minutos se escucharon voces, a ratos graves, luego más serias.
Por fin salió el hombre despeinado y sin papeles. Ahora nos tocaba a nosotros.

Buenos días, nos recibió una señora morena, entrada en años, elegante, jugando con las gafas. ¿En qué puedo ayudarles?
Venimos por la llamada de ayer dije, procurando sonar simpático.
La mujer se sentó detrás del escritorio.
Por favor, sean claros y breves. No tengo tiempo para adivinanzas.
Le recordé el asunto de la llamada (la voz se parecía mucho a la suya).

Ah, sísonrió con tristeza. Verán, fue un error. Marqué mal una cifra. El número correcto empezaba por 927 y marqué 937. Que usted también sea Pablo Ignacio es casualidad, pura coincidencia.
¿Y entonces? pregunté, aunque lo adivinaba. ¿El señor de antes?
Era Pablo Ignacio Semenina, el padre de Nadia.

La mujer, identificada como Doña Teresa Simón Montilla según rezaba su placa, se levantó algo impaciente.
Disculpen que insista, ¿quieren saber algo más?
Elena se adelantó:
¿Va a recoger a la niña ese hombre?
Doña Teresa nos miró compasiva, volvió a sentarse.
No, no la recogerá. Su madre murió, y el tal Pablo Ignacio tiene siete hijos de distintas mujeres. Vino aquí dos veces en tres años, y siempre presionado. Nadia no le interesa. ¿Algo más? Si no, les pido disculpas, tengo mucho que hacer.
Salimos estupefactos, sin casi hablar.

Afuera, los niños mayores jugaban. Alguien en un columpio, otro bajando por una pequeña rampa, dos chicos jugando a carreras de coches en un banco. Observé lentamente la escena y caí en la cuenta de lo extraño: el patio estaba en silencio. Si a Nacho lo sacabas al parque, el alboroto era instantáneo: gritos, risas, chillidos. Pero esos niños no reían, sólo cuchicheaban. Parecían pequeños ancianos.
No habían tenido infancia: solo sobrevivían, entre el frío, el hambre, falta de juguetes, ropa, y el desinterés o peor aún, la crueldad de los adultos.

Miré a Elena, que tenía los ojos llenos de lágrimas. Otra vez, las dichosas lágrimas
Avanzamos sin prisa hacia las verjas y entonces un grito rompió el silencio:
¡Mamá!

Todos los niños giraron la cabeza al unísono. Corriendo hacia nosotros, con una graciosa boina de pompón, venía una niña: ¡Mamá, mamá! ¡Aquí estoy!
Se abrazó desesperada a las piernas de Elena y empezó a llorar, tan fuerte y tan amargamente que hasta a mí se me llenaron los ojos de lágrimas.
Nadia, Nadia… corrió tras ella la cuidadora, que consiguió, con ayuda de una chocolatina, separarla de la pierna de mi mujer.

Prácticamente salimos corriendo de la Casa Cuna.
De camino en coche, ninguno de los dos habló. Elena temblaba; yo tenía las manos igual que aquel hombre de antes y me vi obligado a parar un rato para tranquilizarnos.

Elena miró por la ventanilla y con un gesto señaló un letrero: “El Rincón Infantil”, una tienda a dos pasos.
Sin decir palabra, bajamos los dos, de la mano, y entramos juntos.

A por una muñeca y un vestido rosa.
Nuestra hija, Nadia, lucirá la más guapa.

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Una llamada inesperada: “¿Pablo Iván?” — la voz al teléfono sonaba fría y distante. —Sí, soy Pablo…