«¡Eres una vergüenza para esta familia! ¿De verdad creías que iba a criar ese error que llevas dentr…

¡Eres una vergüenza para esta familia! ¿De verdad pensabas que iba a criar ese error en tu vientre? ¡He encontrado a un vagabundo para que te lleve lejos! El móvil de Daniel Martínez se iluminó en la semioscura y aséptica cabina del Falcon 900.

De Lucía: Los niños ya duermen. La casa está perfecta. Te echo tantísimo de menos. Te quiero. ¡Hasta la semana que viene!

Daniel sonrió, frotándose los ojos cansados. Seis meses. Llevaba seis meses persiguiendo la fusión con Madrid, a base de maletas y café solo, con la obsesión de asegurar el futuro de sus hijos durante generaciones. Era el proyecto más grande en su carreraun edificio que cambiaría el horizonte madrileño.

Empezamos el descenso, avisó el piloto por megafonía. Bienvenido de nuevo a Madrid, señor. Temperatura en tierra, 1 grado.

En teoría, no debía volver hasta el martes siguiente. Pero el acuerdo se había cerrado antes de tiempo tras una larguísima negociación que acabó a las 4:00 de la mañana, hora local. Quería darles una sorpresa. Imaginaba los gritos de su hijo de seis años, Mateo, y la sonrisa tímida de su hija mayor, Martina, de diez. Imaginaba a Lucía, su esposa desde hacía dos años, recibiéndole con cena caliente y una copa de vino cerca de la chimenea.

Aterrizó en Barajas a las 2:30.

Y a las 3:15, Daniel estaba abriendo la imponente puerta de roble de su casa en La Moraleja.

Lo primero que notó fue el frío. Le golpeó como una bofetada. La calefacción estaba apagada. En noviembre. El aire dentro resultaba rancio, cortante, y húmedo.

Lo segundo fue el silencio. Pero no ese silencio apacible de una familia dormida, sino uno pesado y peligroso, como el de un lugar abandonado. Algo estaba mal.

¿Lucía? susurró, dejando las bolsas sobre el mármol.

Nada. El panel de seguridad ni siquiera tenía luces. La alarma estaba desactivada.

Entró en la cocina para tomar un vaso de agua antes de subir. La casa parecía enorme de noche.

Lo que vio le heló el corazón.

Allí, en el frío suelo de cerámica y a la luz azul de la luna que se colaba entre las persianas, estaban sus hijos.

No en sus camas, no rodeados de los peluches que él les mandaba cada mes. Estaban acurrucados bajo una manta vieja junto al radiador, que estaba completamente frío.

¿Mateo? ¿Martina? La voz de Daniel resonó, ronca.

Martina se sobresaltó como si la hubieran disparado. No fue hacia él, sino que retrocedió arrastrando a su hermano, con los ojos desorbitados de terror. Le tapó la cabeza, protegiéndole.

¡No nos hagas daño! chilló con voz temblorosa. ¡No hemos robado nada! ¡Estaba en la basura! ¡Te lo juro!

Martina, soy yo. Papá.

Daniel encendió la luz de la cocina.

Aquello era una pesadilla. Mateo tiritaba tanto que apenas podía mantenerse sentado. Su carita ardía de fiebre, los pelos pegados al sudor. Entre los dos, un cuenco de plástico para perro con agua y zanahorias arrugadas.

Fue a ver la olla en la vitrocerámica. Flotaban solo dos rodajas transparentes de zanahoria en agua hervida.

¡Lo siento! sollozó Martina al dejar el cucharón. ¡No he robado comida buena! ¡Solo cogí lo que tiraban! ¡Por favor, no se lo digas a mamá! ¡Si se entera nos encierra otra vez!

Daniel se arrodilló, ignorando el frío y la piedra. Tendió la mano, pero Martina se encogió, cubriéndose.

Martina, cariño no estoy enfadado. Pero, ¿dónde está toda la comida? Os mando cuatro mil quinientos euros cada mes y la cuenta está domiciliada

Martina señaló con dedos temblorosos la puerta de la despensa, blindada con un enorme candado.

Mamá dice que la comida buena es para invitados, murmuró. Nosotros solo comida de práctica, para aprender gratitud, para saber nuestro lugar.

Comida de práctica Las palabras sabían a ceniza y veneno.

Miró a Mateo. Ardía en fiebre. Daniel le palpó la frenteal menos 39.

¿Cuánto lleva malo?

Tres días, respondió Martina, las lágrimas resbalando por las mejillas. Mamá dijo que si te avisaba, llevaría a Mateo al Sitio Malo, donde van los niños malos. Que tú no quieres niños rotos.

Levantó a los dos. Eran livianos, demasiado. Les notaba los huesos bajo los pijamas.

Los llevó al dormitorio principal, el único, se dio cuenta, con un radiador portátil en marcha. Les cubrió con el edredón grande.

No os mováis. Voy a por comida de verdad. Palabra.

Al ponerle la almohada a Martina, notó algo duro. Era una pequeña libreta en espiral. El Diario de Martina.

Abrió una página al azar. La letra temblorosa estaba manchada de lágrimas y resto de comida.

Día 14: Mamá dijo que si llamo a papá matará a Mimoso. Así que no llamo. Echo de menos a Mimoso.
Día 30: Mateo tiene hambre. Le di mi pan. Le dije a mamá que yo lo había comido. Me encerró en el armario por mentirosa. Estaba oscuro.
Día 45: Vino un señor. Mamá le llama Ricardo. Se bebieron el vino de papá. Se reían cuando Mateo lloraba porque se cayó por las escaleras.

Daniel cerró el diario. Ya no temblaba. Había desaparecido la pena. Solo quedaba una furia fría y precisa, la misma que le había hecho millonario.

Ya no era un padre vencido. Era un director general ante un caso de robo. Y eso sabía cómo resolverlo.

SEGUNDA PARTE: LA EMBOSCADA

No llamó a la policía. Aún no. Las autoridades toman declaraciones, dan avisos y permiten fianzas. Él quería algo definitivo.

Apenas hacía ruido al moverse por su propia casa.

Revisó la basura. Botellas vacías de vino Vega Sicilialas reservadas para su 50 cumpleaños. Cajas de caviar ruso. Envases de sushi del local más caro de Madrid.

Entró al baño principal. Una maquinilla de afeitar que no era suya. Un perfume barato con olor a mentiras.

En su despacho, el cajón de los papeles de la herencia estaba forzado, papeles esparcidos. Entró al banco en su móvil.

Retirada: 22.000 Urgencia médica (Martina).
Retirada: 38.000 Reformas en casa (Tejado).
Retirada: 80.000 Transferencia a R. Morales S.L..

La cuenta vaciada. Más de 200.000 en seis meses.

Oyó un motor en la entrada. Eran las cinco de la mañana. El cielo clareaba apenas.

Apagó la luz de la cocina y se sentó en el sillón de piel del salón, mirando a la puerta. Tenía el diario de Martina y el móvil en la mano.

La puerta se abrió.

Entraron risas. Era la carcajada de Lucíaalta, ebria y feliz. Se mezclaba con una voz masculina profunda.

Shhh, Ricardo, susurró Lucía. No vayamos a despertar a los monstruitos Si te ven tendré que castigarles otra vez y qué pereza, rompí una uña ayer arrastrando al enano al trastero.

Exageras, nena, contestó Ricardo, medio borracho. Vamos al dormitorio. Daniel no vuelve hasta la semana que viene, está perdido en reuniones.

¿Seguro que ha llegado la última transferencia? preguntaba Lucía.

Claro. La historia del riñón de Martina coló con el banco. Tenemos el dinero para reservar los billetes a Costa Rica mañana en primera.

Al oír esto, Daniel desbloqueó discretamente el móvil y empezó a grabar.

Es que no me puedo creer que se lo haya tragado, reía Lucía. Él se cree buen proveedor. No es más que un cajero automático andante. Un triste que pensó que una cara bonita era mejor madre.

Un cajero ciego, bromeó Ricardo.

Daniel encendió de golpe la lámpara a su lado.

La luz sacudió a Lucía y a Ricardo. Ella dejó caer el bolso de piel. Él, vestido fatal, protegió la vista.

Bienvenida, cariño, soltó Daniel. Su voz era de hielo. ¿Y este? ¿El urgencia médica?

TERCERA PARTE: EL INTERROGATORIO

Lucía palideció como una estatua de cera. Instintivamente puso a Ricardo detrás.

¡Daniel! ¡Has vuelto antes! Forzó una sonrisa, pero daba miedo. ¡Es un consultor! Vino por la reforma del tejado.

¿En serio arregla fugas a las cinco de la madrugada? ¿O te ayuda con las cuentas?

Los ojos de Lucía buscaban una salida, una excusa, un milagro. Se puso a llorar al instante. ¡Daniel, por favor! ¡Me sentía sola! ¡Nos abandonaste por el trabajo! ¡Solo buscaba consuelo! ¡Soy humana!

¿Y los niños? preguntó Daniel avanzando. ¿Ellos también necesitaban solo comida de práctica?

El gesto de Lucía se vació. ¡Es que son imposibles! ¡Solo saben comer! ¡Se están poniendo gordos! Yo les enseño disciplina. Están bien. Los vi antes de irme.

Daniel levantó el diario.

¿Sí? Porque aquí Martina cuenta que Mateo lloró de hambre el martes y le dio su pan. Aquí que la encerraste en el armario por mentir al pedir agua. Aquí que amenazaste con matar a Mimoso.

¡Miente! gritó Lucía señalando la escalera. ¡Inventa historias! ¡No está bien de la cabeza! Te lo iba a contar, me está haciendo la vida imposible. ¡Me tiene celos!

¿Seguro? Daniel preguntó. Puso un extracto bancario sobre la mesa. ¿El banco también está loco? ¿Dónde están los doscientos mil euros, Lucía? ¿Dónde el dinero de la operación inventada de Martina? ¿Y el del tejado?

Ricardo, al sentir la gravedad, fue hacia la puerta, alerta. Mira, colega, esto es cosa entre vosotros. Me largo. No quiero líos. No sabía que estaba casada.

Daniel pulsó el móvil. Las cerraduras electrónicas de la casa sonaron, asegurando puertas y ventanas.

Siéntate, Ricardo. La policía ya está en la urbanización. Y como firmas como apoderado de R. Morales S.L. eres también cómplice de estafa, fraude e identidad falsa.

Ricardo se desplomó en el sofá.

CUARTA PARTE: LA TRAMPA

¿Has llamado a la policía? Lucía soltó una risa nerviosa. No dramatices, Daniel. Es tu palabra contra la mía. Soy la madre. Tengo derechos. Nadie va a creer a niños tan pequeños.

¿De verdad crees que te he pillado por sorpresa esta noche? preguntó.

Cogió el mando y lo apuntó a la tele de 80 pulgadas de la pared.

No he llegado hace dos horas. Llevo dos días aquí, aparcado en la calle de atrás. Quería ver cómo vivíais.

Pulsó play.

Apareció el salón filmado desde la cámara ocultainstalada hacía seis meses solo para ver a los niños cuando él no estaba.

El vídeo: Lucía gritando a Mateo. Le zarandea y le tira al sofá. Luego, bofetón.

¡Te odio! gritaba Lucía en el vídeo. ¡Eres un estorbo! Si tu padre no fuera rico, te abandonaría.

Lucía se quedó blanca mirando la pantalla.

Necesitaba esto para anular la cláusula de infidelidad del acuerdo prematrimonial. Pero esto Esto es delito. Y de los graves, explicó Daniel con frialdad.

La casa no es tuya, Lucía. Ni la pensión. Ni nada. Solo tendrás la cárcel. Y como Ricardo sacó el dinero fuera de España delito federal.

Lucía cayo de rodillas, suplicante.

¡Daniel, por favor! Puedo cambiar. ¿Quién va a cuidarles? Tú no sabes ser padre. Solo eres una cuenta corriente, ellos necesitan una madre.

Daniel la miró con asco.

Estoy aprendiendo. Y la primera lección: proteger a tus crías. Y eso empieza por tirar la basura.

Las sirenas retumbaron afuera. Las luces azules y rojas iluminaron los rostros paniaguados de los dos impostores de su salón.

QUINTA PARTE: EL BANQUETE

La policía se los llevó esposados. Ricardo sollozaba. Lucía maldecía a todos, a Daniel, a los niños, al mundo.

Daniel vio marcharse el coche. Firmó la denuncia. Entregó el USB con las grabaciones y todos los papeles.

Al fin solo, eran las siete de la mañana.

Entró en la cocina. Con la cizalla del garaje abrió la despensa. Tiró la olla con aquel caldo a la basura junto a las zanahorias mustias.

Pidió comida a domicilio. Tres pizzas grandes. Extra de queso y embutidos. Pidió tortitas del bar de la esquinatorres de tortitas con arándanos. Fruta, leche con chocolate y helado.

Se sentó en el suelo, rodeado de manjares.

¿Martina? ¿Mateo? llamó.

Asomaron tímidos, de la mano.

¿Ya se ha ido el hombre malo? preguntó Martina.

Ya no queda nadie, cielos. Ni el malo, ni la mala. Nunca volverán. Os lo prometo.

Ambos corrieron a sus brazos. Daniel los apretó, les olió el pelo. Olían a miedo y enfermedad, pero sobre todo a sus hijos.

Ahora solo estamos nosotros. Y vamos a comer hasta quedarnos llenos.

Mateo vio las pizzas y abrió mucho los ojos.

¿Eso es para los invitados? preguntó.

No, contestó Daniel firme. Esto es para la familia. Y en esta casa, la familia sois vosotros.

Cenaron en el suelo. Daniel les observó devorar la comida, sintiendo cómo el corazón se le partía y se recomponía a la vez. Había construido un imperio para su futuro y se olvidó de su presente.

Eso se acabó esa madrugada.

SEXTA PARTE: LA HORA MÁGICA

Dos años después.

La cocina olía a canela y a hogar. Era las tres de la mañana.

Daniel no estaba ni en Tokio ni en Londres. Había vendido la empresa por mucho menos de lo que valía. Llevaba puesto un delantal con Papá nº1″, lleno de harina.

Mateo, venga, echa las pepitas de chocolate, dijo Daniel en tono cómplice.

Mateo, ya fuerte y alegre con ocho años, volcó el paquete. Martina, con doce y alta, removía la masa riendo.

Antes, odiaba las tres de la mañana, confesó Martina, mirando el reloj.

Daniel paró. Ahora los ojos de Martina ya no tenían sombras. Ya no había miedo.

¿Por qué?

Porque era la hora más fea. Cuando más hambre tenía. Pensaba que no ibas a volver.

Daniel la abrazó y besó la frente. ¿Y ahora?

Martina sonrió, probando la masa con el dedo.

Ahora es la hora mágica. La de hacer galletas contigo. Nuestra hora.

Daniel miró a sus hijos. Había dejado de ser director general. Había creado una fundación para niños maltratados. Ganaba menos, pero era mucho más rico.

En la chimenea guardaban una foto de los tres, comiendo pizza en el suelo aquel primer día.

Miró hacia las llamas.

¡Papá, el horno! gritó Mateo.

¡Voy!

Pensó: una casa se construye con ladrillos, pero un hogar solo con presencia. Estuve a punto de perderlo por la oscuridad, pero encendí una cerilla a tiempo.

¿Quién quiere chupar la cuchara?

¡Yo! gritaron los dos a la vez.

Daniel sonrió. La jaula ya no existía. Ahora estaban a salvo. Y el monstruo solo era un recuerdo que se apagaba con la luz de la cocina a las tres de la mañana.

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MagistrUm
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