La habitación del hospital resultaba opresiva e insoportable. Ana se tapó los oídos con las manos pa…

La habitación del hospital resultaba opresiva y exasperante. Ana se tapó los oídos con las manos para no escuchar el llanto incesante de los bebés de la sala contigua. Solo deseaba salir corriendo de allí cuanto antes y borrar todo de su memoria, como si de una pesadilla se tratara…

Anita, hija, al menos mírala le rogaba la matrona, la tía Rosario, una mujer mayor. ¡Si es que es igualita que tú, como dos gotas de agua!

¡No! ¡No intenten convencerme! ¿No ven que ya firmé la renuncia? ¡Firmé! ¿Qué más quieren de mí? casi lloraba la joven. ¿Dónde voy a llevarla? ¿Lo entienden o no?

¡Shhh! No la asustes. ¿Cómo que a dónde? ¿Vives en la calle? entrecerró los ojos la matrona. ¿Tienes madre, padre?

Sí, solo una madre, ya mayor. Ella misma necesita ayuda. No puedo aparecer en el pueblo con una niña. ¿Sabes las habladurías? Se reirán de mí.

¡Pues que rían, hija, que será bueno para la salud! sonrió tía Rosario. Pero ya en serio, el pueblo hablará y después lo olvidará, pero tú te arrepentirás para toda la vida. Nunca se olvida dejar a una niña tan chiquitina.

Ana se cubrió la cara con las manos, llorando. Rosario supo que casi había convencido a la joven. Un empujoncito más…

Mírala, tiene tu naricita, tan redondeada y coqueta. Y esos ojos… seguro serán azules hermosos, como los tuyos.

Pero… ni pañales tengo. ¿Y con qué dinero voy a llevarla a casa? empezaba a rendirse Ana.

¡Eso no es ningún problema! Te ayudaremos. El hospital te dará un pequeño fondo. Y el ajuar te lo preparamos aquí. Yo misma te llevo a la estación. ¿Y el nombre?

Elena…

Precioso. Le queda de maravilla. Tómala un rato, dale de comer, luego vuelvo.

Rosario le tendió con cariño la niña. Ana la cogió con una delicadeza temblorosa, y las lágrimas seguían resbalando por su rostro. Al apretarla contra sí, Ana comprendió que jamás en la vida podría abandonarla.

¿Y bien? ¿Lo lograste? preguntó el médico. ¿Va a retirar la renuncia?

¡Sí! sonrió la matrona, con lágrimas en los ojos.

Ya en el andén, Ana sentía que despertaba de una pesadilla. Apretaba con fuerza a su hija, como temiendo que alguien se la arrebatara. Junto a ella estaba Rosario como había prometido, acompañándolas hasta el final.

Gracias… Qué vergüenza recordar que casi la dejo murmuró Ana.

Tu situación no es sencilla, pero todo pasa. Perder a una hija sería para siempre. Yo cometí en mi día un error que no olvidaré nunca… confesó Rosario, emocionada.

¿Un error? se sorprendió Ana. Siempre pensé que usted era casi una santa.

Pasé por algo parecido. Sin casa ni madre. Tomé una mala decisión y acabé perdiendo lo más importante: la posibilidad de ser madre… Acudí a una curandera, y desde entonces no pude tener hijos.

¿De verdad no se podía hacer nada?

Nada negó con la cabeza. Mi marido era bueno, pero se marchó al saber que nunca tendríamos hijos… Rosario no pudo contener las lágrimas.

¡Cuánto lo siento! Usted ha recibido a tantos niños… Pero nunca pudo tener uno propio.

Cuida de Elena, Ana. Si algún día necesitas ayuda, sabes dónde encontrarme.

Se abrazaron, unidas por un lazo invisible. El tren llegó enseguida. Ana miró por la ventanilla mientras se alejaba, despidiéndose con la mano. Rosario se quedó quieta en el andén, secándose de vez en cuando una lágrima.

El viaje fue largo y pesado. Al llegar al pueblo, Ana sostenía a su hija con una mano y con la otra el gran paquete con el ajuar regalado en el hospital. ¿Cómo me recibirá mi madre? ¿Qué dirá la gente? temía Ana, sin saber cuál sería la reacción.

¿Ana? ¿Eres tú? saludó la vecina, Carmen, desde la puerta.

Sí. ¿Está mi madre?

¿No lo sabías? se sorprendió la mujer. Hace medio año que falleció.

Tal vez, pensó Ana, haya sido mejor que Basilia no viviera para ver este deshonor. ¿Es tu hija? señaló a Elena.

Sí, ¡es mi hija! dijo Ana con orgullo.

Temblorosa, Ana cruzó el patio. Quería gritar y llorar de rabia y dolor, pero tenía a su hija en brazos. No pasa nada, pequeña, estamos juntas. Ahora somos dos, no estoy sola. Juntas podremos con todo.

***

Pasaron diez años. Se acercaba la Navidad. Ana estaba atareada en la cocina, y Elena miraba por la ventana los caminos nevados del jardín.

Mamá, ¿por qué no tengo abuela? Mis amigas siempre cuentan que por Navidad sus abuelos les hacen regalos y los esperan con ilusión preguntó Elena.

Por desgracia, tu abuela murió hace mucho. Ni siquiera llegó a conocerte dijo Ana, apenada.

¿Y la otra abuela?

¿Qué otra? se sorprendió Ana.

Todos los niños tienen dos abuelas insistió la niña.

En realidad tienes razón. ¡Tenemos una segunda abuela! ¿Por qué no vamos a visitarla y le llevamos unos dulces? Trabajaba en el hospital, es muy buena persona sonrió Ana, recordando a Rosario.

Dicho y hecho. Al día siguiente Ana y Elena viajaron a Madrid. En el hospital, Ana pidió ver a la matrona, Rosario.

Hace tiempo que no trabaja aquí informó la enfermera de guardia. Se jubiló por motivos de salud.

¿Y no tiene su dirección? Venimos de lejos solo para verla… insistió Ana.

No solemos dar datos privados. ¿Qué relación tienen con Rosario? preguntó severa la enfermera mayor.

Soy su sobrina mintió Ana, sabiendo que, de otra forma, no darían el domicilio. Hace mucho que no la visitamos y hemos perdido el papel con la dirección.

Por favor, queremos ver a la abuela intervino Elena.

Vale, intentaré ayudaros cedió la mujer.

Al cabo de un cuarto de hora volvió con un papelito con la dirección y les mandó saludos para Rosario.

¡Gracias, se los daremos de tu parte! respondió Ana, feliz.

Poco después, en taxi, Ana y su hija llegaron al edificio. Subieron al tercer piso con el corazón en un puño. Que no sea tarde… pensaba Ana. La puerta se abrió al instante. Allí estaba Rosario, viva y en plena forma.

¡Buenas tardes! saludó Ana.

La anciana la miró de arriba abajo, intentando recordar de dónde conocía a esa mujer tan guapa.

¿Ana…? musitó.

¡Sí! Apenas ha cambiado usted nada sonrió Ana. Esta es Elena, ¿la recuerda?

¡Cómo no! rió Rosario. ¡Pasad, hijas, pasad dentro!

Enseguida estaban sentadas charlando alrededor de la mesa, poniéndose al día con emoción. Elena jugaba en el sofá con la gata y veía dibujos animados.

Quedaos a vivir conmigo propuso la anciana. Esto es muy grande y aquí estoy sola. Podríamos matricular a Elena en un buen colegio, y tú podrías encontrar trabajo.

No sé… ¿Y mi casa? Me da pena dejarla. ¿Y si venís vosotras a vivir al pueblo? Podemos tener huerto, hasta una vaca. El aire es puro, con el río al lado… En verano es precioso, nada que ver con la ciudad sugería Ana.

¡Eso sería estupendo! ¡Siempre quise tener un pequeño jardín, y una vaca sería un sueño reía Rosario, ilusionada. En sus ojos brillaba la esperanza de una vida nueva.

¡Entonces está decidido! ¡Nos vamos al pueblo! Ana se alegraba como una niña.

¿Abuela Rosario, te quedarás siempre conmigo? preguntó Elena abrazando a la anciana.

Claro que sí, cielo. Tener una nieta así es lo mejor que me podía pasar.

Al día siguiente, las tres se marcharon al pueblo con maletas y mucha ilusión. Cada una, a su manera, era feliz. Ana por no estar ya sola y tener cerca a quien quería; Rosario, porque a su edad ganaba por fin una familia y un nuevo hogar en un paraíso tranquilo. Elena porque, por fin, tenía una abuela a la que querer y con quien compartir la Navidad.

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