Le compraba un café a la señora que me doblaba la ropa en la lavandería… hasta que el dueño me dijo:…

Solía invitar a un café a la señora que me doblaba la ropa en la lavandería hasta que el dueño me susurró:
Esa señora no trabaja aquí. Viene para recordar.
Chico, esa camisa se dobla con cariño, no con prisas me regañó un día.
Yo pensaba que era la empleada más entregada de Madrid. Dejaba unas monedas encima de la mesa, pero jamás las cogía.
Solo aceptaba el café de la máquina ese era su salario.
Cuando descubrí por qué acariciaba la ropa ajena con tanta devoción, entendí que planchar una camisa puede ser el mayor acto de amor.
Odio lavar la ropa. Tengo 28 años, soltero, y mi vida es una carrera de obstáculos contínua. Todos los domingos arrastro mi bolsa gigante de ropa sucia a la lavandería del barrio, en Lavapiés. Meto el revoltijo en la máquina, me quedo mirando el móvil como un zombi, y cuando termina la secadora, lo devuelvo todo hecho una bola arrugada.
En casa la doblome miento cada semana.
Pero hace dos meses descubrí a doña Inés.
Pequeñita, pelo más blanco que la nieve de Sierra Nevada y un delantal de cuadros que parecía su uniforme de guerra. Nunca faltaba ni un domingo.
La veía sacar camisas de secadoras ajenas y doblarlas con precisión militar pero con ternura de abuela.
Las sábanas, perfectas, con esquinas que podrían cortar el aire.
Los calcetines, emparejados como por arte de magia.
Las camisas, alisadas con la palma como si fuesen seda valiosa.
Un domingo me vio luchar con una sábana bajera que amenazaba con tragarme entero.
Apártate, chico me soltó, dándome un codacito. Das pena. Eso no se hace así.
Dos movimientos y allí estaba: un rectángulo inmaculado.
Madre mía dije, usted es una artista. ¿Cuánto me cobra por doblarlo todo?
Se rió.
No cobro dinero. Pero si me invitas a un café de la máquina, con dos azucarillos, trato hecho.
Desde entonces, ese fue nuestro pequeño ritual.
Yo ponía la colada. Ella ponía arte.
Mientras doblaba, me soltaba lecciones de sabiduría con excusas de limpieza.
Nunca mezcles toallas con prendas delicadas. La toalla es bruta, raspa; igual que la gente, tienes que saber con quién juntas tus calcetines.
Esta camisa tiene el cuello blando. Hay que echarle apresto. Si uno no tiene estructura, nadie le respeta. Ni las camisas ni las personas.
Yo siempre asumí que trabajaba allí. Empleada ejemplar, pensaba yo.
Dejaba unas monedas, pero ella siempre las rechazaba.
Para el siguiente que no tenga detergente, decía.
El pasado domingo llegué y doña Inés no estaba.
Mi ropa salió de la secadora y se quedó despachurrada y triste.
Fui al mostrador con Pedro, el dueño.
Don Pedro, ¿y doña Inés? ¿Se ha librado hoy?
Me miró como si no entendiese el guion.
¿Doña Inés? ¿La del delantal?
Sí, la que dobla las camisas mágicamente.
Pedro sonrió con melancolía.
Chico… Inés no trabaja aquí. Nunca lo ha hecho.
¿Cómo que no? Siempre está los domingos.
Viene porque le da la gana.
Entonces me lo contó todo.
Inés vive en el piso de arriba. Hace un año perdió a su marido y a su único hijo en un accidente. Ambos camioneros. Durante 40 años les lavó y planchó los uniformes. Su vida era cuidar de ellos. Quería que los suyos fuesen los más pulcros del asfalto.
Al quedarse sola, sintió que ya no tenía a quién planchar. Dejó de comer, se sumió en el silencio.
Un día bajó a la lavandería y pidió sentarse simplemente.
El olor a suavizante me calma, explicó.
Y el ruido de las máquinas no me deja notar cuánto silencio hay arriba.
Empezó ayudando a jóvenes como yo. Primero lo aceptaba como un negocio. Pero luego se negó a cobrar.
Solo quiero notar otra vez la ropa caliente entre las manos. Sentir que cuido de alguien.
Me dejó mudo.
Yo pensaba que la invitaba a un café de mala máquina.
Pero en realidad, ella me regalaba una necesidad de madre y esposa.
Doblaba mi ropa como si fuera la de su hijo.
Subí a su puerta y llamé.
Doña Inés abrió. Estaba resfriada.
Chico… perdona no haber ido hoy. No pude bajar. ¿Se te ha arrugado mucho la ropa?
No vengo por la ropa.
Le llevé una camisa nueva de algodón blanco y una plancha de vapor profesional a plazos, viva el pago fraccionado.
Le traigo faena le dije. Tengo una cita importante y necesito ir impoluto. Nadie plancha cuellos como usted. ¡Enséñeme! Yo hago el café.
Se le encendieron los ojos.
Entra, chico. Esta camisa es delicada. Hay que tratarla con respeto.
Pasamos la tarde planchando.
En realidad, no solo alisaba mi camisa.
Estaba alisando su alma.
Ahora ya no voy a la lavandería solamente a lavar. Voy a aprender.
Y comprendí que hay quienes acumulan tanto amor no expresado que sólo necesitan una tarea sencilla para volcarlo todo.
Doña Inés no dobla ropa.
Dobla soledades, hasta ponerlas en orden.
¿Tú qué piensas? ¿Cocinar, planchar, cuidar, pueden ser idiomas del amor, o solo obligaciones?
Para algunas abuelas, esa es su forma de decir te quiero.
La soledad se cura sintiéndose útil.
Si conoces a alguien mayor que viva solo, pídele un consejo, un favor sencillo.
A veces, eso es la mejor medicina.

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MagistrUm
Le compraba un café a la señora que me doblaba la ropa en la lavandería… hasta que el dueño me dijo:…