Cuanto más lejos, más cerca se siente el hogar…
Mira, cariño, te lo digo muy clarito. Si tanto estorbo os hago, hay solo una opción. No pienso irme a casa de mis hijas ni quiero andar de un lado a otro visitando amigas, ni me voy a poner a buscarme ningún compañero a estas alturas de la vida. ¡Fíjate tú, lo que os ha dado por inventar! ¿Casarme ahora, con los años que tengo?
Abuela, ¡eso mismo llevamos diciéndote mi madre y yo un buen rato! ¿No ves que lo mejor sería que te mudaras a una residencia de mayores? Solo tienes que poner la casa a mi nombre y allí te dan tu cuarto; mamá lo arregla todo. Allí tendrás gente con quién hablar, estarás tranquila y de paso no me tendrás aquí estorbando.
No me voy a ir de mi casa, Alejandro. Te lo dejo claro. Si de verdad te molesto tanto, ahí tienes la puerta. Eres joven, espabilado, búscate un piso y vive como quieras. ¿No quisiste estudiar? Pues a trabajar. Métete las novias que quieras, todos los días una distinta si te apetece, pero yo soy una señora mayor, el mes que viene cumplo 65 y lo que quiero es tranquilidad y reposo.
Ya he estado bastante tiempo pululando. Es suficiente, toca volver a casa. No es normal, hijo, que me echéis de mi propio hogar y encima viváis tú y las novias esas tuyas a costa de mi pensión. Que no es infinita, oye. Así que te doy una semana para buscarte piso, y si no, te buscas un sofá en casa de alguna amiga o te vas con la que sea que ni me acuerdo de cómo se llama, pero hoy mismo no quiero verte aquí. ¡Esto ya es el colmo! Que si me buscáis marido, que si queréis mandarme a una residencia… ¡No tenéis vergüenza!
Alejandro, indignado, intentó decir algo, pero Lidia Jiménez ya no quería escuchar, se fue a su habitación y cerró la puerta. Le dolía la cabeza a rabiar. Debería tomar una pastilla, pero tendría que ir a la cocina a por agua y no quería cruzarse con su nieto ni en pintura. Miró a su alrededor y encontró una botella de agua con gas a medio acabar. Perfecto, al menos para un trago daba.
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Lidia ni se reconocía a sí misma tan decidida. Tanto aguantó, que al final explotó. Dos largos años callando, tragando, yendo primero a casa de una hija, luego la otra, y después, cuando ya le hacían ver con indirectas que se estaba pasando de visita, volvía a la suya. Ahora le tocaba aguantar al nieto, veinteañero perdido, haciendo como si su casa fuese la suya. Una vez tiene a una, luego a otra, y la abuela molestando por allí, tosiendo y fastidiando el ambiente romántico.
Abuela, ¿por qué no te vas de visita, que quiero estar solo con María, Patricia, Lucia o Irene? (lo que toque, que las novias cambian más que de calcetines).
Y allí iba ella, visitando a la prima, la vecina o la antigua compañera de trabajo. Al principio encantadas de verla, pero cuando ya las visitas eran dos veces por semana, notaba que ya no hacía tanta gracia su presencia.
***
En ese mismo momento, cuando ya no quedaban casi amigas a quien visitar, la hija mayor dio a luz. Vida en la gran ciudad, hipoteca y el hermano mayor ya liado con el colegio, así que la ayuda de la abuela venía de perlas.
Allá que se fue Lidia a casa de la hija. Los primeros meses, todos felices: la cena caliente, la casa recogida, niños limpios… pero a los meses, el yerno, que en realidad apenas era diez años más joven que Lidia, empezó a resoplar:
Lidia, esas salchichas ni se te ocurra volver a comprarlas, que son un veneno. ¿No te cuesta tanto preparar comida de verdad, si estás en casa todo el día? Unos filetes o unas albóndigas…
Mira que bien, muy ricas las albóndigas, pero te estás gastando demasiado en la compra; hay que mirar más el bolsillo.
¡Lidia! ¿Te crees que soy una cabra, solo a base de ensaladas y verduras? Que la carne es cara, pero hay que comer un poco, ¿no?
Y así todo. Que si tienes a los niños en casa, podrías repasar con la mayor algo de los estudios, que para qué gastarse dinero en profesores particulares teniendo abuela.
Hasta la nieta mayor, una cría de cuarto de primaria pero con más carácter que un miura, también le daba la tabarra. Que si la abuela viste anticuada y le da vergüenza, que si le obsesiona que estudie… Y encima preguntaba: Abuela, ¿qué haces aquí? ¿No tienes tu casa en el pueblo? ¡Vete y mándanos desde allí!
Lidia callaba y aguantaba, intentando contentar a todos. El dinero de su modesta pensión lo gastaba en la compra para el yerno, alguna propina para la nieta como compensación por el bochorno de tenerme por aquí, y hasta a Alejandro el nieto vago trasnochador que ni estudia ni trabaja le iba pasando algo para que al menos no les cortaran la luz.
Contarle todo esto a la hija era perder el tiempo. Ella por su marido haría lo que fuera, y ni una sola palabra en contra. Bastante que se había jugado la familia para casarse con él y tener dos hijos más allá de los cuarenta…
A veces, a escondidas del marido, la hija susurraba: Mamá, aguanta, es por mi bien… Y hasta ahí.
Cuando la nieta pequeña empezó la guardería, se acabó la utilidad de la abuela. El yerno lo soltó bien clarito:
Lidia, muchas gracias, pero ya nos apañamos. Vuelve a tu casa.
Lidia volvió a casa feliz, pensando que al fin iba a ser la dueña y señora. Cuando quería se acostaba, cuando quería se levantaba. Pero no, iban a ser demasiadas ilusiones… En su casita estaba Alejandro, el mayor, con la novia. La casa hecha un asco, facturas sin pagar, la luz a punto de cortarse…
A Lidia no le quedó otra. Pidió un crédito, pagó las deudas, limpió la casa de arriba abajo. Y ahora al nieto le parecía que la abuela molestaba: el piso de dos habitaciones y una cocina le resultaba insufrible para sus intimidades con la novia.
Y, mira tú por dónde, alegría inesperada: la hija pequeña está a punto de dar a luz. Ven, mamá, que necesito ayuda con el bebé.
¿Adónde iba a ir? Pues allá, claro. Aguantó tres meses hasta que vio otra vez las caras largas y notó que sobraba. Esta vez ni esperó a que se lo dijesen, se volvió antes a casa. Y otra vez, el nieto con las malas caras.
Quizá aún habría seguido aguantando y callando Lidia, si no llega a pasar lo que pasó aquel día, ya de vuelta a su casa.
Ella, como siempre, la casa reluciente, las facturas todas pagadas, y la abuela, molestando otra vez al nieto y su novia.
***
Alejo, hoy me voy a casa de Concha, que es su cumpleaños. No volváis tarde, cerraré por la puerta de atrás para no molestar.
¿Y por qué no te quedas a dormir? Así nos dejas estar tranquilos, ya que sales y tal.
Sólo llevo en casa una semana, ¿tanto os canso ya?
Mira, abuela, una semana ya es suficiente, si no quieres quedarte allí…
No, esta noche vuelvo.
La fiesta estuvo genial, primero en un bar y luego en casa de la homenajeada, recordando viejos tiempos. Ninguna quería hablar de sus problemas. Ya se despedía Lidia cuando la cumpleañera recibió una llamada. Era la hija de Lidia, Marta.
¿Qué pasa con Marta? ¿Por qué no me ha llamado a mí? ¿Está todo bien? Lidia iba a marcar el teléfono, pero Concha la detuvo.
No llames, mujer. Todo bien, pero Marta me ha pedido que te quedes en mi casa esta noche.
¿Quedarme? ¡Pero si he prometido volver a casa!
Alejandro llamó a su madre diciendo que quiere estar a solas con la novia y que le molesta que vuelvas tú. Por eso me ha llamado Marta, para que te quedes aquí. Hazme caso, quédate un poco y me cuentas cómo os va.
No pasa nada, todo está bien.
Lidia, cuando todo está bien, los hijos no andan llamando a las amigas para pedirte que te quedes con ellas, ni preguntan si no conoces a algún señor mayor para que a ver si te emparejas y te mudas con él. Marta me lo dijo la semana pasada. Quiere buscarte un hombre con casa propia, así ellos se pueden casar y tú no molestas.
Lidia le contó toda la verdad. Lo de la hija mayor, la pequeña, el nieto… Todo. Que lleva dos años en casa propia sintiéndose invitada, que no la quieren en ningún sitio.
Concha, ni en mi casa soy la dueña. Desde que Alejandro acabó el bachillerato se fue a Madrid con Marta, pero su marido nunca lo quiso ver allí. Así que volvió aquí. Ni estudia ni trabaja. Antes, mientras iba al cole, Marta le ayudaba con dinero, pero al cumplir los 18, se acabó el chollo.
Y ahí lo tienes, viviendo de mí.
Al final, Lidia no se quedó en casa de Concha, se volvió a la suya y, al llegar, soltó todo lo que llevaba dentro.
Alejandro fue corriendo a contárselo a su madre, diciendo que la abuela había perdido el juicio y lo echaba de su casa. Marta llamó a su madre para echarle la bronca. Pero Lidia le cortó enseguida, repitiéndole lo mismo: No, hija, este ya no es tu asunto. Es mi casa.
Alejandro acabó yéndose de casa. Que no cuentes conmigo para nada, eh, abuela. Aquí no me vas a volver a ver. Lidia, por fin sola. Y qué gusto le dio, después de toda una vida pendiente de los demás. Siempre adaptándose a todos: de joven no la dejaban casarse, de viuda tiró del carro sola… Pensaba hacerlo todo por todos y lo único que consiguió fue criar aprovechados.
No puede ser, que a una, en la vejez, la echen de su propia casa. ¿Qué vida es esa, donde una es extraña en su propio hogar?
Poco tiempo tardó Alejandro en recapacitar. Se pasó un día a pedirle perdón.
Abuela, de verdad, perdón…
Lidia ya lo había perdonado hacía mucho, pero vivir juntos, nunca más. Ven de visita cuando quieras, hijo, pero aquí cada uno en su casa. Tú, con tus historias de amores, y yo, con mi paz.
Y sus hijas, igual, llamando para que les eche una mano con los críos. Ahora, si quieren, que traigan los niños aquí, y encantada los cuida. Aquí se respira aire fresco, y por fin es dueña de su casa y de su tiempo.
Lidia siempre dice: cuanto más lejos, más cerca se siente el hogar. Y yo creo que nunca tuvo más razón.







