Mi cuñada veraneaba en un resort mientras nosotros reformábamos la casa, y ahora quiere vivir cómoda…

Mi cuñada se pasaba las vacaciones en la costa mientras nosotros nos dejábamos el lomo reformando la casa, ¡y ahora quiere vivir como una marquesa!

Propusimos poner cada uno algo de dinerillo para renovar la casa familiar, pero ella nos soltó que bastante tenía con lo suyo y que ni falta le hacía. Y mira tú por dónde, ahora viene pidiéndonos que la acojamos porque su parte está hecha un desastre y no tiene ni comodidades básicas. Pues oye, ¡que cada palo aguante su vela!

La casa era de la abuela de mi marido. Tras fallecer la buena señora, él y su hermana heredaron la vivienda. Ya era vieja la pobre, pero nosotros decidimos meterle mano a fondo y hacerla habitable. Tenía dos entradas, así que podían vivir dos familias sin pisarse demasiado. El terreno y la parte de atrás eran comunes, y en ambas mitades había el mismo número de habitaciones.

El reparto de la herencia fue de lo más civilizado. Mi suegra, que ya estaba acostumbrada a la vida urbanita en Madrid, dijo que ni loca volvía a una casa en el campo profundo, así que le soltó a sus hijos un apañaos como podáis.

Mi marido y el marido de mi cuñada, con el poco ahorro que tenían, cambiaron el tejado y reforzaron los cimientos. Pero al mencionar seguir con la reforma, mi cuñada montó un drama digno de un culebrón: que si no iba a meter un euro en ese caserón, que para ella eso era un gallinero en ruinas Su marido agachó la cabeza y se largó, porque discutir con su mujer es como arar en el mar.

Nosotros sí que queríamos vivir allí. El pueblo estaba a tiro de piedra de Toledo, teníamos coche y el trayecto al curro era llevadero. Y es que veníamos de vivir en un pisito pequeño, y ya solo de pensar en tener jardín, casi llorábamos de emoción. Fabricar una casa desde cero era imposible: eso costaría un dineral en euros.

Para mi cuñada, aquello era una especie de chalet de vacaciones. Plan de venir en verano para la barbacoa y la piscina. Nos dijo que ni la llamáramos para obras, que ella tan feliz con ir a tostarse al sol.

En cuatro años reformamos nuestra parte entera. Sí, pedimos un préstamo, pero, francamente, qué importa si lo que ganas es tu rinconcito. Hicimos baño, pusimos calefacción, cambiamos toda la instalación eléctrica y ventanas, acristalamos la terraza Aquello era un no parar, día y noche, pero la ilusión puede con todo.

En ese tiempo, mi cuñada se había dedicado a viajar más que Willy Fog. El qué hiciéramos con nuestra parte ni le iba ni le venía. Hasta que, voilà, nació su hijo, cogió la baja por maternidad y se le terminaron los viajes y las escapaditas. De pronto, la economía se puso tensa y de pronto la morriña por su mitad de la casa le brotó de golpe. Y claro, estar con un bebé encerrada en un piso pequeño no es lo mismo que verlo jugar en la hierba todo el día.

Cuando por fin nosotros nos mudamos, pusimos en alquiler nuestro piso. Jamás tocamos su parte de la casa, pero durante esos cuatro años su mitad literalmente se cayó a trozos. Ni calefacción, ni baño decente, ni ná de ná. Así que un día apareció con la maleta y el crío, y empezó a suplicar para quedarse una semanita. Y claro, acabé por ceder.

Bueno, su niño es un terremoto. Y ella, igual, va a su bola sin mirar a nadie. Como yo trabajo desde casa, aquello era un jaleo, así que aproveché que una amiga se iba de viaje para mudarme temporalmente (a ella también le venía bien que le cuidara el piso).

Al final estuve fuera casi un mes. La primera semana en casa de mi amiga, luego mi madre se puso mala y necesité ir a cuidarla. Me olvidé completamente de la cuñada y pensaba que ya estaría de vuelta en su parte de la casa.

Y cuál fue mi sorpresa cuando al regresar la encontré tan campante, como si fuera la reina de la morada. Le pregunté cuándo pensaba marcharse.

¿Y a dónde me voy a ir? Tengo un niño pequeño, aquí estoy divinamente me soltó.
Pues mañana te acompañamos a la ciudad le dije yo.
No quiero volver a Madrid.
No te has dignado ni a limpiar tu parte en todo este tiempo; esto no es un hotel, así que vuelve a tu casa.
¿¡Cómo te atreves a echarme!? ¡Esta casa también es mía!
Tu casa está al otro lado del muro. Así que ve.

Intentó poner a mi marido en mi contra, pero él ya estaba hasta el moño y le dejó claro que lo suyo se había pasado de rosca. Se enfadó, rodó un poco por la casa como alma en pena y al final se fue. A las pocas horas me llama mi suegra a gritos:
¡No podías haber echado a mi hija! ¡Eso es también suyo!
Podía haberse quedado en su parte, ahí es dueña y señora contestó mi marido.
¿Y cómo va a estar allí con el chiquillo, si aquello no tiene ni calefacción y el baño está en el patio? ¡Deberías ayudar a tu hermana!

Ahí ya mi marido perdió la paciencia y le contó a su madre cómo propusimos que invirtiéramos todos juntos en la reforma para que saliese más barato y cómodo, pero la otra ni caso. Y ahora, ¿encima somos los malos?

Le propusimos a la hermana del alma que vendiera su parte, para quitarnos líos, pero pidió tantísimo dinero que mejor te compras un chalé en La Moraleja. Así que nada, no hubo trato.

Ahora la tensión está en el aire. La suegra siempre anda disgustada, y mi cuñada, que se llama Inés, es una pesadilla. Apenas vienen, pero cuando lo hacen montan fiestas de campeonato, dejan todo manga por hombro y hasta han destrozado algunas cosas en el terreno.

Al final hemos empezado a levantar una buena valla para dividir todo, que queda visto para sentencia: ¡el consenso se acabó, fue lo que ella quiso!

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MagistrUm
Mi cuñada veraneaba en un resort mientras nosotros reformábamos la casa, y ahora quiere vivir cómoda…