Cuando Joaquín se casó con Eulalia, su madre, Doña Carmen, se encariñó al instante con la nuera. La había admirado desde que ella era niña y corría a los bailes con él en la escuela.
Joaquín, ¿te has enamorado? Te ves como un pavo delante del espejo, bromeaba la madre con una carcajada. Muéstranos a la futura esposa.
Sí, madre, me he enamorado. Ya verás, lo presentaré pronto replicó Joaquín, escabulléndose con una sonrisa.
¡Qué suerte la nuestra! exclamó Doña Carmen a su marido durante la cena. Esa chica, ¿cómo se llama?
Se llama Eulalia, la nieta de Federico. Él la cría solo, ¿lo recuerdas? No es una niña consentida, es amable y, sobre todo, muy guapa.
La curiosidad de Doña Carmen creció hasta que Joaquín llegó a casa con Eulalia para tomar el té. La mujer se quedó boquiabierta.
Hijo mío, ¿has leído mi mente? Desde hace años deseaba que te casaras con Eulalia. La he observado desde lejos, como quien mira una estrella se rió, mientras la pareja se miraba y soltaba una risa nerviosa.
La boda fue una celebración provincial, modesta pero llena de amor. Eulalia, aunque no era precipitada, ponía el corazón y la cabeza en todo lo que hacía.
Nuestra Eulalia es como una golondrina, siempre atenta y cuidadosa contaba Doña Carmen a la vecina, Doña Pilar. ¡Qué buena ama de casa!
Pasaron los meses y nació su hijo Miguel. Los abuelos lo adoran, pero el niño llegó prematuro y enfermo. Con el tiempo creció tranquilo.
Los años volaron. Los padres de Joaquín fallecieron y, dos años después, Joaquín también murió, de un infarto mientras subía la paja al granero bajo el sol abrasador. Doña Carmen quedó desolada, pero la vida debía seguir.
Eulalia y Miguel se quedaron solos. El tiempo los hizo vivir con calma, trabajando la tierra, ordeñando la vaca, cuidando el cerdo y las gallinas. No había gritos ni reproches entre madre e hijo; la armonía era su sello.
Cuando la lluvia arruinaba la paja recién secada, Eulalia consolaba a Miguel:
No te preocupes, hijo, el verano es largo y volverá a secarse decía, mientras los vecinos se quejaban y se acusaban mutuamente.
La casa siempre estaba impecable: suelos pulcados, cortinas almidonadas, la cocina siempre olía a guisos variados. A Miguel le encantaba comer, y Eulalia preguntaba cada día qué quería preparar.
Una tarde, la vecina Ana entró sorprendida.
Eulalia, ¿vives solo con tu hijo y la mesa está cubierta de manjares?
Siéntate, amiga invitó Eulalia. Miguel adora comer, aunque sea pequeño de cuerpo.
¡Madre mía! Tu hijo parece sacado de un cuadro, ¡qué piel de gallina! rió Ana. Algún día encontrará un buen marido.
El tiempo pasó y la gente del pueblo respetaba a Eulalia y a Miguel por su honradez y su ausencia de envidias. Miguel, ya joven, eligió esposa. Le llamó la atención Verónica, una muchacha alta, robusta, casi una cabeza más que él, de carácter fogoso y lengua afilada.
No entiendo cómo ha podido enamorarse de Verónica pensó Eulalia. Son tan diferentes, él es callado y ella grita.
Sin embargo, aceptó la unión. Verónica, aunque habladora, era trabajadora; Miguel, en cambio, prefería el silencio.
La boda transcurrió sin peleas, aunque muchos aldeanos se emborracharon y se durmieron en el patio, en la mesa o en el umbral. A la mañana siguiente, Eulalia salió al patio a recoger los restos, y Verónica se unió, refunfuñando:
¡Esta boda no hacía falta! ¡Solo firmar y ya! Ahora ¡a limpiar!
Vete a dormir, Verónica, que yo lo haré sola repuso Eulalia.
Así, que se corra el rumor de que soy una nuera mala, ¿no? contestó Verónica con una sonrisa amarga.
No habrá rumores, la gente todavía duerme susurró Doña Carmen, mientras Verónica la miraba con desdén.
Desde el primer día, Verónica mostró su temperamento. Observaba cómo Miguel trataba a su madre, le preguntaba por su salud y sus planes. Cada gesto de cariño le parecía una cariñosa infantilidad que no encajaba en su visión de esposo.
En la tienda del pueblo, Verónica contaba a sus amigas lo mucho que Miguel adoraba a su madre y nunca le decía nada malo.
El abuelo Matías, escuchando todo, sacudió la cabeza y dijo:
¡Ay, Eulalia! Has dejado que una urraca anida en el nido de la golondrina.
Muchos lamentaban a Eulalia, pero ella nunca habló mal de Verónica, aunque sabía que la relación era tensa. Verónica imponía sus normas, regañaba y gastaba la casa sin medida. Eulalia guardaba silencio, evitando los enfrentamientos.
Tras un año, Verónica dio a luz a Timoteo. El bebé dormía inquieto y la leche escaseaba. Verónica, obstinada, no aceptó la ayuda de su suegra. Eulalia, con ternura, empezó a alimentarlo en secreto, y el niño pronto cobró peso y empezó a ir al cole.
Una noche, Verónica descubrió lo que hacía Eulalia y gritó:
¡Estás alimentando a mi hijo como si fuera tuyo! ¡No vuelvas a tocarlo!
Eulalia, sin responder, siguió cuidando al nieto. Timoteo creció sano, con una relación especial con su abuela. En la escuela destacaba y siempre encontraba a Eulalia a su lado cuando hacía los deberes.
Miguel trabajaba en un taller de mecánica, y a veces los compañeros se preguntaban cómo aguantaba con una esposa tan polémica. Él simplemente encogía los hombros.
Cuando Timoteo se enamoró de Tania, una chica del barrio, Eulalia lo alentó:
¡Qué alegría, hijo! Que el amor te acompañe. Reza por nosotros.
Timoteo, al despedirse para los exámenes y la defensa de su proyecto, abrazó a su abuela y le prometió volver con un título y una casa para ella.
Volveré, abuela, y te quedas con nosotros. No te dejaré sola juró, con la voz temblorosa.
Eulalia sintió que, al fin, la paciencia y el amor que había sembrado darían fruto. El destino, aunque lleno de tormentas, la había convertido en la verdadera golondrina del nido.







