¡¿Qué haces, madre?! ¡¿Estás loca?! gritó mi hijo, con la cara roja como un pimiento. ¿Tú con el vecino? ¿Con ese viejo raro que vive tras la verja?
Yo estaba en la cocina, todavía con el paño en la mano. No había preparado una reacción tan dramática. Solo le dije que me estaba viendo con don Santiago. Que llevábamos meses charlando, que nos sentíamos bien juntos. Que creo que me he enamorado.
¡Papá lleva menos de tres años bajo tierra! exclamó mi hijo. ¡¿Cómo puedes?!
Me dio una náusea. Quise sentarme, pero él ya se dirigía a la puerta.
No me llames. No quiero saber nada de ti tiró y golpeó la puerta con tal fuerza que los cristales temblaron.
Y después cayó un silencio incómodo.
Me quedé sola. No era esa soledad conocida y familiar a la que me había acostumbrado con los años. Era el vacío de un hijo al que había dado la vida, criado y amado con todo el pecho.
¿No habré hecho nada malo, verdad? No buscaba el amor. Llegó a mí como una visita tímida, a susurros, cruzando la valla, entre tazas de té, entre risas en el jardín. Y ahora mi propio hijo dice que ya no soy su madre.
¿Acaso no tengo derecho a ser feliz?
No dormí ni un minuto esa noche. Me quedé en la cama mirando el techo, y en la cabeza seguía resonando su voz: «No quiero saber nada de ti». Aquellas palabras dolieron más que cualquier cosa que me haya pasado. Ni siquiera el funeral de mi marido fue tan desgarrador. Esa muerte fue trágica, pero natural. Esto era como romper un lazo con el propio hijo.
Santiago me mandó un mensaje por la mañana: «Pienso en ti. Aquí estoy si quieres hablar». No contesté. Me consumía la culpa, no por él, sino por mi hijo. Sentía que había cometido un error irreversible.
Pasé el día flotando por la casa como un fantasma. Fotos familiares en la repisa, tazas que decía «la mejor abuela», dibujos de los nietos pegados en la nevera: todo me recordaba que, alguna vez, fui parte de algo estable. Era madre, abuela, esposa. Y ahora me sentía una egoísta.
Al caer la tarde llegó mi hija, María, con un bizcocho y zumo de frambuesa, como siempre. Se sentó a la mesa y me miró a los ojos.
Escuché lo que ha pasado dijo.
Asentí, sin querer deshacerse en lágrimas.
¿Y tú qué piensas? le pregunté en voz baja.
Encogió de hombros.
¿Honestamente? No sé. Papá era un hombre maravilloso. Me cuesta imaginarte con otra persona. Pero ya no eres una jovencita. Tienes derecho al cariño, a la cercanía vaciló. Sólo entiende a Carlos. Él sigue vivo en los recuerdos.
Yo vivo el día a día respondí. Y en él estoy terriblemente sola.
Me miró largo rato y, al fin, apretó mi mano con delicadeza.
No sé qué decir, mamá. Pero estoy contigo.
Aquellas palabras fueron como una curita sobre la herida. No curaron el dolor, pero me dieron la fuerza para levantarme al día siguiente e ir al jardín, como siempre.
Santiago estaba en la puerta, con su gesto torpe y una termo de té bajo el brazo.
¿Puedo quedarme un momento? preguntó.
Asentí. Se sentó a mi lado en el banco.
Lo siento por todo este desmadre dijo en voz baja. No quería causarte problemas.
No es tu culpa le contesté. Es que quizá simplemente no tengo derecho a esas cosas.
Santiago me miró con una seriedad que nunca había visto en él.
No digas eso. Tienes derecho. Yo también. Durante años hemos hecho todo como se debe. Tal vez ahora sea hora de hacer algo a nuestra manera.
Sentí un calor subir a la garganta. No respondí, pero tampoco huí. Me quedé. Permití que el silencio nos envolviera, un silencio que no hiría, sino que calmaría.
Pasaron tres semanas. Carlos no volvió a llamar, no respondió mensajes. Los nietos, silencio total. Como si alguien hubiera cortado con tijeras gruesas toda mi vida anterior. Y aunque cada día dolía, empecé a aprender a respirar de nuevo.
Con Santiago nos veíamos casi a diario. No hacíamos nada extraordinario: té, charlas en el banco, alguna compra conjunta. Pero bastaba para sentir que seguía viva, que alguien me veía, no como madre, viuda o abuela, sino como mujer.
Una tarde, al volver del mercado del barrio, vi el coche de mi hijo bajo la casa. Me quedé helada. Por un instante quise volver atrás, esconderme, fingir que no estaba. Pero me planté firme y entré.
Carlos estaba sentado a la mesa, sin niños alrededor.
Vengo a decirte que creo que me pasé de la raya dijo sin mirarme. Pero aún no consigo aceptar lo que pasó.
Me senté frente a él.
No espero que lo aceptes. Sólo que no me rechaces.
Se quedó callado un largo rato.
Sabes cuánto amaba a papá.
Lo sé. Yo también lo amaba. Pero él se fue. Yo sigo aquí. Y no quiero morir mientras aún vivo.
Al fin me miró. En sus ojos había ira, dolor y, tal vez, un atisbo de comprensión.
Va a ser difícil para mí.
Para mí también respondí. Pero no dejaré de quererte solo porque no estés de acuerdo conmigo.
Carlos se levantó, se acercó y me abrazó brevemente. No dijo nada más, pero fue suficiente. Un comienzo.
Hoy todavía no sé si fue la decisión correcta. Pero el amor no llega cuando le conviene a los demás. Cuando llega, hay que aceptarlo, aunque signifique que alguien se dé la vuelta. Aunque duela. Porque solo así se vuelve a sentir que se está realmente vivo.




