Mira, te cuento la historia porque sé que te encantan estas cosas de pueblos y vueltas de la vida. Resulta que nuestra protagonista, Antonia, se quedó viuda bastante joven, con 42 añitos apenas. Para entonces su hija Carmen ya estaba casada con un chico majo del pueblo de al lado y se marcharon a Bilbao, buscando suerte y euros largos, ya sabes como se dice por aquí.
Carmen la llamaba de vez en cuando, para tranquilizarla y contarle que le iba fenomenal con el trabajo, la gente y la familia política. En esos momentos Antonia notaba claramente lo lejos que estaba su hija, como si ya no fuera parte de ella; un trozo de pan cortado.
En el pueblo, Antonia se quedó prácticamente sin trabajo porque cerraron la escuelita donde ayudaba en la cocina. Pero Antonia no era de rendirse, así que cogía el autobús dos veces por semana para ir al mercado del pueblo vecino a vender leche y cuajadas a sus clientas fijas.
La verdad es que con lo que sacaba apenas tenía para ir tirando, pero tampoco podía quejarse. Vivía sola y se alimentaba de lo que conseguía: leche, cuajada y las verduras de su huerto.
No tenía tiempo para pensar en la soledad, con todo lo que la esperaba en el corral: gallinas, ocas y patos, la vaca Aurora mugiendo en el establo y el gato Trébol dándole vueltas a los pies. Cuando acababa de repartir comida, limpiar corrales y dar de comer a todos, era de noche.
Una vez al día, normalmente después de comer, Antonia se sentaba en su sillita junto a la ventana y se quedaba mirando el paisaje. La vista era preciosa: chopos y álamos mecidos por el viento y, detrás, nacía un manantial de agua helada que formaba un pequeño estanque.
Ese sitio parecía sacado de un cuadro, tanto que un día Antonia se despertó con el ruido de unas máquinas cerca de su casa. Se puso su bata de franela, la de su madre, y salió al porche, medio bostezando.
Al llegar se acercó a un grupo de gente que revisaba el terreno. Uno de ellos, un hombre elegante con abrigo caro, pareció el jefe.
Buenos días, ¿qué pasa aquí? preguntó.
El hombre la miró de arriba abajo y contestó:
¿Vives aquí? Pues mira, he comprado el terreno de al lado para construir una casa. Parece que seremos vecinos.
Antonia volvió a casa medio aturdida. Al poco fue al colmado a enterarse de los detalles. Allí estaba Rosario, la charlatana de la tienda, que le desveló la historia: el terreno lo había comprado un empresario rico. Pero no era para él, sino para su hermano gemelo, que estaba enfermo y los médicos le habían recomendado aire de campo. Y claro, aquello era ideal, con el entorno tan limpio y el agua buena.
Oye, pues igual hasta se anima y pone una tienda, nos vendría bien un trabajo nuevo por aquí dijo Antonia.
¡Ay, hija, soñar es gratis! contestó Rosario riéndose.
Al salir del colmado se cruzó con Andrés, el panadero, que iba cargado de hogazas.
Antonia, haz el favor y sujeta la puerta, anda.
Antonia se puso colorada como un tomate, cogió una barra de pan caliente y gritó:
Rosario, apunta la hogaza, ¡que ya te la pagaré!
La cosa es que Andrés llevaba años detrás de Antonia, pero ella nada. Decía que era demasiado joven para ella, que qué iban a decir en el pueblo si se liaba con un chaval. Él era seis años menor, y en los pueblos ya sabes como son las lenguas pero a Antonia el qué dirán le importaba más de lo que confesaba.
Bueno, pues la construcción empezó al poco tiempo. Levantaron un casoplón y cuando pusieron ventanas y luces, Antonia fue con una tarta de manzana.
Holaaaa, vecinas, vengo a saludar y a dejaros un trozo de tarta anunció en el umbral de la puerta nueva.
Por dentro olía a madera y a pintura nueva. Se asomaron un par de hombres y dos chicas jóvenes con mono de obra.
¿A quién buscas?
Yo soy la vecina de al lado, vivo en esa casa de ahí. Hice tarta y pensé en traeros un poco.
Una de las chicas le sonrió y se llevó la bandeja.
También quería preguntar, ¿no tendréis algún trabajillo para mí? Sé pintar paredes, empapelar, lo que haga falta
Uno de los obreros negó con la cabeza:
Somos un equipo completo de reformas de Madrid. Para esas cosas tendrás que hablar con el dueño cuando venga.
Antonia se marchó cabizbaja. Miró con tristeza su vieja casita, llena de goteras y humedad, y pensó que en otros tiempos los vecinos nuevos, nada más llegar, venían a presentarse, a pedir ayuda o simplemente a charlar. Pero aquel dueño ni una palabra. Qué gente más rara.
Las cosas cambiaron cuando llegó la Navidad y encendieron las luces del casoplón. Antonia se pegó a la ventana viendo furgones de mudanza llenos de muebles. De un coche bajó una chica joven, rubia, con un abrigo claro, tan elegante que parecía sacada de un anuncio.
Mira que pinta de miss murmuró Antonia, con un punto de envidia. Esta chica seguro que no se mezcla con las de aquí.
El supuesto hermano enfermo no dio señales. Solo veían de vez en cuando a la rubia ir al colmado, siempre deprisa, saludando lo justo con cara muy seria.
Pasó más de un año así. Antonia ni lo intentaba ya. Hasta que un día, la vecina llamó a su puerta y fue directa:
Mira, he visto que tienes vaca, gallinas ¿Me venderías carne? Puedo pagarte en euros. Y si tienes mantequilla, nata, o patatas, también las quiero.
Claro que sí se animó Antonia.
Es que la carne del supermercado no me gusta. Y la nata tampoco.
Antonia sacó de su congelador un buen trozo de carne.
Esta carne está buenísima, de hace poco.
¿Y cuánto hay que cocerla? preguntó la rubia super seria.
Hora y media contestó Antonia, sorprendida.
Uf, qué largo. ¿Y se puede hacer a la plancha?
Sí, mujer, pero tienes que estar atenta.
Mejor cocínala tú, ¿y yo vengo a recoger la comida hecha?
Antonia, que vio que esa chica fina no había frito ni un huevo en su vida, le propuso prepararle la comida a cambio de un dinerillo.
Así empezó Antonia a ir al casoplón a cocinar. El jefe, don Javier, era seco y serio, apenas le dirigía la palabra, pero la comida casera va obrando milagros.
De pronto Antonia acabó limpiando la casa, porque la rubia ni se molestaba en recoger la mesa. Pero Javier, seco, le dejó claro: Te pago solo por cocinar. No te líes.
Con el tiempo, dejaron de aparecer ni el empresario ni la rubia por el pueblo. Solo querían comprar patatas, huevos y leche, nada de carne. Cada vez la rubia más borde, más harta del pueblo:
Es que aquí no hay ni centro comercial, ni cafés, ni nada…
Un día Antonia entró en la casa y era un caos, todo tirado, botellas, cortinas en el suelo, y Javier con una cogorza memorable.
Esa… ¡mi mujer se ha largado! Me ha dejado, dice que esto es un aburrimiento le soltó.
¿Quieres que te haga algo de carne? preguntó Antonia, por romper el silencio.
Sí, fríeme carne, por favor.
Y entre la comida y el cariño, Javier empezó a mirarla con otros ojos. Pronto, Antonia se fue quedando a dormir y la gente del pueblo, buf, cómo son las lenguas Rosario, la de la tienda, la pinchaba:
¿Noches en casa del jefe, eh? A ver si te la va a liar.
No, mujer, solo le cuido la casa y la comida respondía Antonia, sin muchas ganas de dar explicaciones.
Andrés, el panadero, se distanció, menos saludos y más frialdad. Y eso a Antonia le dolía casi más que los cuchicheos.
La vida con Javier no era fácil. Prometió boda y se la dio. Anillo de oro, ceremonia en Zamora, y casita nueva. Pero a poco de casarse, Javier solo hacía que comer y beber, siempre carne, y encima le exigía a Antonia que matase a Aurora, su vaca, para comer ternera. No quedó otra, porque era eso o escuchar broncas, y Andrés tuvo que ayudarle hasta para sacrificarla.
Pero claro, la carne se acabó volando. Javier cambió el candado del frigorífico, escondía la carne, y cuando la hija Carmen vino de visita, ni un filete pudo llevarse.
Madre, ¿esto es vida? le preguntó Carmen, decepcionada por cómo veía a su madre casi sirviendo a Javier.
Un buen día, Javier le soltó que el casoplón no era suyo, que pertenecía a la viuda del hermano y que iban a tener que largarse.
Lucha, Antonia, haz lo que sea, no te dejes echar insistía Javier, cabeza dura.
Pero Antonia ya estaba cansada de esa vida, de los malos modos del marido: Si no quieres luchar, preparamos las maletas y desaparecemos.
Ya sin vaca, con el gato echado de la casa, y Javier cada día más borracho, a Antonia le entró la lucidez: ¿Yo qué hago aquí? Pilló el candado, miró la despensa, y vio que no quedaba nada: ni carne, ni patatas, ni botes, Javier se lo había fundido todo.
Discutieron a gritos, y Antonia, sin fuerzas de más, cogió al gato Trébol y puso rumbo a casa de Rosario, llorando como una Magdalena. Entre sollozos, Rosario le dio cobijo, le calentó un café y la acogió como familia.
Ya ves, Javier acabó yéndose del pueblo, derrotado, vendiendo hasta la leña de Antonia. Andrés, el panadero, recogió los pedazos y, con el tiempo, Antonia y él acabaron casándose. Carmen, la hija, les perdonó y fue a visitarlos. Javier, pues cuentan que en Madrid se casó con otra viuda.
Y, hace cosa de un año, llegó la verdadera dueña del casoplón a pasar el verano y fue directa a la casa de Antonia con una empanada y una sonrisa. No veas, qué maja. Incluso se hicieron amigas.
Le preguntó por el supuesto hermano enfermo y ella se rio:
¿Javier? ¡De enfermo nada! Lo que tiene es la afición. Mi difunto marido le aguantó demasiado tiempo en la ciudad hasta que decidió mandarlo aquí, a ver si el aire fresco le quitaba la manía de los cubatas. Pero ni con esas. El vicio le puede
Así es la vida, amiga. Unos vienen, otros van, pero la nobleza y la sencillez de pueblo nunca se pierden.







