Vitya, no te lo tomes a mal. Pero quiero que sea mi padre quien me lleve al altar. Al fin y al cabo, es mi padre de sangre. Un padre es un padre. Y tú… bueno, tú eres el marido de mi madre, lo entiendes, ¿verdad? Las fotos con él quedarán más bonitas, tiene mucha presencia con su traje. Víctor se quedó quieto con la taza de té en la mano. Tenía cincuenta y cinco años, manos ásperas y llenas de callos de camionero, y la espalda maltrecha. Frente a él estaba sentada Alina. La novia. Guapísima. Veintidós años. Víctor la recordaba con cinco, la primera vez que fue a esa casa. Aquella vez se escondió detrás del sofá gritando: «¡Vete, eres un extraño!». Pero él no se fue. Se quedó. Le enseñó a montar en bicicleta. Veló noches enteras a su lado cuando tuvo varicela y su madre, Vera, caía rendida del cansancio. Le pagó los brackets (vendió su moto). Le pagó la universidad (trabajando el doble y destrozando su salud). Y su “padre biológico”, Igor, sólo aparecía cada tres meses. Llevaba un oso de peluche, la llevaba a la heladería, contaba historias de conquistas empresariales y desaparecía. Ni rastro de una pensión alimenticia. — Por supuesto, Alina —dijo Víctor, dejando la taza sobre la mesa. La taza tintineó—. Un padre es un padre. Lo entiendo. — ¡Eres un amor! —Alina le dio un beso en la mejilla. —Por cierto, falta adelantar el resto del depósito del restaurante. Papá me dijo que lo iba a transferir, pero le han bloqueado las cuentas por una inspección de Hacienda. ¿Me puedes prestar cien mil? Te lo devuelvo… de los regalos. Víctor se levantó en silencio, fue al aparador, sacó un sobre de debajo de unas sábanas. Era el dinero para reparar su viejo “Toyota”. El motor fallaba, hacía falta arreglarlo. — Toma. No hace falta que devuelvas nada. Es mi regalo. La boda fue espectacular. En un club campestre, arco de flores, animador caro. Víctor y Vera en la mesa de los padres. Víctor, en su único traje bueno, que ya no le cerraba bien de los hombros. Alina deslumbraba. La llevó al altar Igor. Igor era impresionante. Alto, moreno (recién llegado de Canarias), esmoquin impecable. Caminaba orgulloso, sonreía a las cámaras, fingía lágrima. Los invitados susurraban: «¡Qué clase! ¡Si la hija es idéntica al padre!». Nadie sabía que el esmoquin era alquilado, y que el dinero para alquilarlo lo puso… la misma Alina, a escondidas de su madre. En el convite, Igor tomó el micrófono. — ¡Hija mía! —su voz sonaba como miel—. Recuerdo la primera vez que te cogí en brazos, eras una princesa diminuta. Siempre supe que merecías lo mejor. Ojalá tu marido te lleve tan alto como yo. Aplausos. Mujeres llorando. Víctor, con la cabeza gacha, no recordaba a Igor llevándola en brazos, sí recordaba que ni pasó a recogerla del hospital. En pleno jolgorio, Víctor salió al jardín a fumar. El corazón le dolía, la música estridente, el salón asfixiante. Se apartó hacia la sombra de unos árboles y escuchó voces. Era Igor, hablando por teléfono con un amigo. — Todo bien, Sergio. Boda de lujo. Los pringaos pagan y nosotros bailamos. La niña… bueno, ha salido guapa. Ya he hablado con el novio, el padre trabaja en la administración. Le he soltado que al suegro habrá que echarle un cable con el negocio, y parece que pica. Ahora me bebo un poco más y le saco otros doscientos mil “de préstamo”. Alina… bah, está loca de amor, me idolatra. Le dices dos palabras bonitas y se derrite. La madre, Vera, allí sentada con su pardillo del chófer. Menos mal que yo me largué a tiempo. Víctor se quedó de piedra. Los puños se le cerraron solos. Quiso salir y reventarle la cara a ese pavo engominado. Pero no lo hizo. Porque vio que, al otro lado, en la sombra, estaba Alina. También había salido a tomar aire. Y ella lo oyó todo. Alina se quedó paralizada, mano en la boca, el maquillaje corriéndosele. Miraba a ese “padre de sangre” riendo y llamándola “recursito” y “boba”. Igor colgó, ajustó su pajarita y volvió al salón, sonriente. Alina se dejó caer, de cuclillas, el vestido blanco rozando el suelo sucio. Víctor se le acercó, despacio. No le dijo “te lo advertí”. No la juzgó. Se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. — Levanta, hija. Te vas a resfriar, el suelo está frío. Alina le miró. En sus ojos: horror y vergüenza, una vergüenza tan profunda que dan ganas de desaparecer. — Tío Víctor… —susurró—, papá… Víctor… él… — Ya lo sé —dijo Víctor serenamente—. No hace falta. Vamos. Es tu boda, los invitados esperan. — ¡No puedo volver a entrar! —lloró, la máscara de rímel extendida—. ¡Te he traicionado! Le invité a él, a ti te senté en la esquina. ¡Qué tonta soy! ¡Dios mío, qué tonta! — No eres tonta. Sólo querías un cuento de hadas —Víctor le ofreció su mano, firme y cálida—. Pero los cuentos, a veces, los escriben los estafadores. Vamos, lávate la cara, ponte guapa y sal a bailar. No le dejes ver que te ha hecho daño. Es tu día, no su espectáculo. Alina regresó. Pálida, pero erguida. Anunciaron: — ¡Ahora, el baile de la novia con su padre! Igor, sonriente, se adelantó brazos abiertos. Silencio. Alina tomó el micrófono. La mano le temblaba, la voz, firme. — Quiero cambiar la tradición. Mi padre biológico me dio la vida. Se lo agradezco. Pero el baile de padre e hija es con quien cuidó esa vida. Con quien curó mis heridas, me enseñó a no rendirme y lo dio todo para que hoy esté aquí. Se volvió a la mesa familiar. — Papá Víctor. Ven a bailar. Igor se quedó congelado, sonrisa de cartón. Susurros en la sala. Víctor se levantó, rojo como un tomate. Se acercó. Torpe, encogido en el traje estrecho. Alina lo abrazó por el cuello y escondió la cara en su hombro. — Perdóname, papá… perdóname, por favor —lloró, bailando. — Ya está, pequeña. Ya está —la acariciaba con su mano áspera. Igor se apartó y, poco después, desapareció de la boda. Pasaron tres años. Víctor está ingresado, infarto. Débil, bajo el gotero. Se abre la puerta. Entra Alina, de la mano de un niño de dos años. — ¡Abuelo! —grita el niño, corriendo a la cama. Alina se sienta, coge la mano de Víctor y le besa cada callo. — Papá, te hemos traído naranjas. Y caldo. El médico dice que vas a recuperarte. Tú tranquilo, que te vamos a sacar adelante. Ya te tengo el balneario reservado. Víctor la mira y sonríe. No tiene millones ni coche nuevo, la espalda le duele siempre. Pero es el hombre más rico del mundo. Porque es Papá. Sin el “padrastro”. La vida pone a cada uno en su sitio. Ojalá aprenderlo no costara tanto en humillación y arrepentimiento. Pero mejor tarde que nunca: padre no es el que pone el apellido, sino el que te sostiene cuando caes. Moraleja: No os dejéis engañar por los envoltorios bonitos, que suelen estar vacíos. Valorad a los que están a vuestro lado, los que os apoyan en los días de diario y nunca piden nada a cambio. Cuando acabe la fiesta y se apague la música, sólo quedará quien de verdad os quiera, no el que disfruta luciéndose a vuestra costa. ¿Tuviste un padrastro que fue más padre que tu propio padre? ¿O crees que la sangre lo es todo? 👇👨‍👧

Mira, Diego, no te lo tomes a mal, ¿vale? Pero quiero que sea mi padre quien me lleve hasta el altar. Al fin y al cabo, es mi padre de sangre. Ya sabes, un padre es un padre. Y tú… tú eres el marido de mi madre. En las fotos quedará mucho más bonito si salgo con él. Además, va elegantísimo con traje.

Diego se quedó quieto, con la taza de café a medio camino.

Tenía ya cincuenta y cinco años. Las manos, ásperas y llenas de callos, las de un camionero que ha pasado media vida en la carretera. Y la espalda, maltrecha por los años.

Sentada enfrente estaba Almudena, la novia. Guapísima. Veintidós años.

Diego la recordaba con apenas cinco añitos, la primera vez que entró en aquella casa. Entonces se escondió detrás del sofá, gritando: ¡Vete, eres un extraño!.

Pero él no se fue.

Se quedó. Le enseñó a montar en bicicleta. Pasó noches en vela junto a su cama durante la varicela, cuando su madre, Verónica, caía de agotamiento.

Pagó sus brackets, vendiendo su vieja Vespa. Costeó su matrícula de universidad, trabajando turnos dobles y dejando la salud en el camino.

Mientras, el padre de verdad, Javier, aparecía cada tres meses. Traía un oso de peluche, la llevaba a la heladería, contaba aventuras de sus grandes negocios y volvía a desaparecer. Jamás vieron ni un euro de pensión alimenticia.

Por supuesto, Almu murmuró Diego, dejando la taza sobre la mesa. La taza tintineó sorda. La sangre tira, lo entiendo.

¡Eres un sol! dijo Almudena, dándole un beso rápido en la mejilla sin afeitar. Por cierto, hay que pagar la señal del restaurante. Papá dijo que lo iba a transferir, pero le han bloqueado la cuenta por una inspección de Hacienda, una historia. ¿Podrías adelantar cien mil? Te lo devuelvo con lo que me den en la boda…

Sin decir nada, Diego fue al viejo aparador, rebuscó entre la ropa y sacó un sobre.

Ese dinero era para reparar su viejo SEAT. El motor sonaba fatal, necesitaba arreglarlo desde hacía meses.

Toma. No hace falta que me lo devuelvas. Es mi regalo.

La boda fue de ensueño.

En un club en las afueras, con arco de flores naturales, un maestro de ceremonias carísimo.

Diego y Verónica se sentaron en la mesa de los padres. Diego, enfundado en su único traje, que ya le apretaba un poco.

Almudena brillaba.

Fue Javier quien la acompañó hasta el altar.

Aquel Javier impecable. Alto, moreno, recién llegado de Marbella, con esmoquin alquilado, pero nadie lo supo. Caminaba orgulloso, sonriendo a las cámaras, enjugándose una lágrima invisible.

Las invitadas susurraban: ¡Qué porte! ¡Cómo se parecen padre e hija!.

Nadie sabía que el dinero para el alquiler lo puso Almudena, a escondidas de su madre.

Durante el convite, Javier tomó el micrófono.

¡Almudena! su voz de barítono envolvió la sala. Recuerdo la primera vez que te tuve en brazos, eras mi princesita diminuta. Siempre supe que merecías lo mejor. Que tu marido te lleve en volandas, como yo lo hice cuando eras niña.

Aplausos, algunas lágrimas entre las invitadas.

Diego bajó la vista. No recordaba que Javier hubiera llevado en brazos a su hija. Recordaba, en cambio, que nunca apareció para recogerla en el hospital.

A mitad de la celebración, Diego salió fuera a fumar un cigarro. El corazón le latía raro, demasiada gente, demasiado ruido.

Fue hacia la sombra de los castaños, en el porche.

Entonces oyó voces.

Era Javier. Charlaba por teléfono con un amigo suyo.

Todo en orden, Javi, estamos de fiesta. Vaya boda, colega. Que paguen los tontos y nosotros a lo nuestro. ¿La hija? Muy mona. Ya le he echado el anzuelo al novio, tiene dinero y su padre mueve hilos en el ayuntamiento. Le he soltado la pulla de que al suegro hay que echarle un cable. Parece que ha picado. Ahora me bebo otro champán y le rasco unos cuantos miles más, como si fuera un préstamo. Almudena está loquita conmigo, la niña es un sol, dos piropos y se derrite. Su madre, esa Verónica, está ahí con su chofer, Diego. Envejecida, la pobre. Hice bien en largarme a tiempo.

Diego se quedó blanco.

Los puños se le cerraron solos. Quiso salir y partirle la cara a ese gallito de las fotos.

Pero se contuvo.

Porque vio, al otro lado del porche, en la sombra de la buganvilla, a Almudena.

Había salido a tomar el aire.

Y lo oyó todo.

Almudena se tapó la boca con la mano. El maquillaje perfecto empezó a correrse.

Miraba a su padre, que reía en el teléfono, llamándola recurso y tonta.

Javier colgó, se colocó la pajarita y volvió a la fiesta, sonrisa blanca, la frente alta.

Almudena se dejó caer en el suelo, acurrucada, la cola del vestido manchada de tierra.

Diego se acercó, despacio.

No dijo te lo advertí. No la miró con desprecio.

Solamente se quitó la chaqueta y se la echó por los hombros.

Arriba, niña. Vas a coger frío en la loseta.

Almudena le miró los ojos, avergonzada. Ardía de vergüenza, deseando desaparecer.

Tío Diego… Papá… Javier…

Lo sé respondió Diego, calmado. Basta. Levántate. Es tu boda. Todos te esperan.

No puedo entrar… lloró, borrando el rímel. Te traicioné. Le di el sitio de honor y a ti te senté en la esquina. Qué estúpida he sido… ¡Qué estúpida!

No eres estúpida. Tú sólo querías un cuento de hadas le tendió la mano, grande, rugosa, cálida. Pero los cuentos bonitos a veces los escriben embaucadores. Anda, lávate la cara y baila. No le dejes ganar. Hoy es tu fiesta, no su espectáculo.

Almudena volvió al salón. Iba pálida, aunque erguida.

El maestro de ceremonias anunció:

¡Ahora, el vals de la novia con su padre!

Javier avanzó al centro, sonriente, los brazos abiertos.

Silencio en la sala.

Almudena cogió el micrófono. Temblaba, pero su voz sonaba clara.

Quiero cambiar la tradición dijo. Mi padre biológico me dio la vida, y le doy las gracias. Pero el baile de padre e hija no es sólo para quien da la vida, sino para quien la cuida. Quien cura tus heridas, quien te enseña a no rendirte, quien lo da todo para que hoy esté aquí, con este vestido.

Se volvió hacia la mesa de los padres.

Papá Diego, ven a bailar conmigo.

Javier se quedó clavado con una sonrisa torpe. El salón murmuró asombrado.

Diego se levantó, rojo de vergüenza.

Avanzó hacia ella, torpe, con el traje apretado.

Almudena le abrazó y se apretó contra su hombro.

Perdóname, papá susurró. Perdóname por favor.

No pasa nada, pequeña Diego le acariciaba la espalda con su mano fuerte.

Javier, derrotado, se escurrió entre la gente hasta llegar a la barra, y poco después, desapareció.

Pasaron tres años.

Diego está en el hospital. El corazón, al fin, ha dicho basta. Infarto.

Permanece tumbado, débil, bajo el gotero.

La puerta se abre.

Aparece Almudena, de la mano de un pequeño de dos años.

¡Abuelito! grita el niño, corriendo a la cama.

Almudena se sienta junto a Diego, le coge las manos, besando cada callo.

Papá, te he traído naranjas y caldo. El médico dice que vas a salir de esta. No te preocupes. Ya tengo reservado el balneario para la recuperación.

Diego la mira y sonríe.

No tiene millones ni joyas. Su coche es viejo, y el dolor de espalda no le abandona.

Pero es el hombre más rico del mundo. Porque es padre, sin ningún padrastro por delante.

La vida lo pone todo en su sitio. Ojalá que las lecciones no costaran tanto en dolor y vergüenza. Pero más vale tarde que nunca: uno no es padre por el apellido en un papel, sino por ser la mano que te sujeta cuando te caes.

Moraleja:

No corras tras el envoltorio bonito: muchas veces es pura fachada. Valora al que está siempre a tu lado, al que calla y apoya sin esperar nada a cambio. Porque cuando acabe la fiesta y se apague la música, sólo quedará a tu vera quien de verdad te quiere, no quien quiere lucirse contigo.

¿Y tú? ¿Tuviste un padrastro que fue más padre que el tuyo? ¿O crees que la sangre lo es todo? Cuando Diego cierra los ojos para descansar, siente la pequeña mano de su nieto apretada entre las suyas, cálida y confiada. Almudena permanece allí, hablando bajo, contándole anécdotas cotidianas, que si el niño ha pintado un rinoceronte verde en la pared, que si el abuelo tiene que ir a la función de Navidad.

Diego sonríe hacia adentro: ya no tiene miedo al futuro, ni a las ausencias. Porque entiende, en esa calma de hospital lleno de vidas cruzadas y esperanzas, que las heridas cicatrizan unas veces con palabras, otras veces simplemente estando cerca.

Esa noche, cuando todos duermen y la ciudad se apaga bajo la lluvia, Almudena permanece un rato a su lado. Se levanta para irse, le cubre los pies con la manta, y antes de salir, le susurra:

Nunca más dudas, ¿eh? Eres, y serás siempre, mi verdadero papá.

Diego asiente, porque al fin lo sabe: los lazos del cariño, construidos a diario, valen más que cualquier linaje. Y así, tranquila, Almudena apaga la luz y cierra la puerta con cuidado, dejando tras de sí un murmullo de gratitud y ternura que durará toda la vida.

Afuera, bajo la ventana, asoma un amanecer tibio. La familia no tiene nombre fijo, no siempre se cuenta en sangre. Pero si alguien pregunta, el pequeño nieto se encargará de decirlo bien claro:

Mi abuelo Diego… el mejor del mundo.

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MagistrUm
Vitya, no te lo tomes a mal. Pero quiero que sea mi padre quien me lleve al altar. Al fin y al cabo, es mi padre de sangre. Un padre es un padre. Y tú… bueno, tú eres el marido de mi madre, lo entiendes, ¿verdad? Las fotos con él quedarán más bonitas, tiene mucha presencia con su traje. Víctor se quedó quieto con la taza de té en la mano. Tenía cincuenta y cinco años, manos ásperas y llenas de callos de camionero, y la espalda maltrecha. Frente a él estaba sentada Alina. La novia. Guapísima. Veintidós años. Víctor la recordaba con cinco, la primera vez que fue a esa casa. Aquella vez se escondió detrás del sofá gritando: «¡Vete, eres un extraño!». Pero él no se fue. Se quedó. Le enseñó a montar en bicicleta. Veló noches enteras a su lado cuando tuvo varicela y su madre, Vera, caía rendida del cansancio. Le pagó los brackets (vendió su moto). Le pagó la universidad (trabajando el doble y destrozando su salud). Y su “padre biológico”, Igor, sólo aparecía cada tres meses. Llevaba un oso de peluche, la llevaba a la heladería, contaba historias de conquistas empresariales y desaparecía. Ni rastro de una pensión alimenticia. — Por supuesto, Alina —dijo Víctor, dejando la taza sobre la mesa. La taza tintineó—. Un padre es un padre. Lo entiendo. — ¡Eres un amor! —Alina le dio un beso en la mejilla. —Por cierto, falta adelantar el resto del depósito del restaurante. Papá me dijo que lo iba a transferir, pero le han bloqueado las cuentas por una inspección de Hacienda. ¿Me puedes prestar cien mil? Te lo devuelvo… de los regalos. Víctor se levantó en silencio, fue al aparador, sacó un sobre de debajo de unas sábanas. Era el dinero para reparar su viejo “Toyota”. El motor fallaba, hacía falta arreglarlo. — Toma. No hace falta que devuelvas nada. Es mi regalo. La boda fue espectacular. En un club campestre, arco de flores, animador caro. Víctor y Vera en la mesa de los padres. Víctor, en su único traje bueno, que ya no le cerraba bien de los hombros. Alina deslumbraba. La llevó al altar Igor. Igor era impresionante. Alto, moreno (recién llegado de Canarias), esmoquin impecable. Caminaba orgulloso, sonreía a las cámaras, fingía lágrima. Los invitados susurraban: «¡Qué clase! ¡Si la hija es idéntica al padre!». Nadie sabía que el esmoquin era alquilado, y que el dinero para alquilarlo lo puso… la misma Alina, a escondidas de su madre. En el convite, Igor tomó el micrófono. — ¡Hija mía! —su voz sonaba como miel—. Recuerdo la primera vez que te cogí en brazos, eras una princesa diminuta. Siempre supe que merecías lo mejor. Ojalá tu marido te lleve tan alto como yo. Aplausos. Mujeres llorando. Víctor, con la cabeza gacha, no recordaba a Igor llevándola en brazos, sí recordaba que ni pasó a recogerla del hospital. En pleno jolgorio, Víctor salió al jardín a fumar. El corazón le dolía, la música estridente, el salón asfixiante. Se apartó hacia la sombra de unos árboles y escuchó voces. Era Igor, hablando por teléfono con un amigo. — Todo bien, Sergio. Boda de lujo. Los pringaos pagan y nosotros bailamos. La niña… bueno, ha salido guapa. Ya he hablado con el novio, el padre trabaja en la administración. Le he soltado que al suegro habrá que echarle un cable con el negocio, y parece que pica. Ahora me bebo un poco más y le saco otros doscientos mil “de préstamo”. Alina… bah, está loca de amor, me idolatra. Le dices dos palabras bonitas y se derrite. La madre, Vera, allí sentada con su pardillo del chófer. Menos mal que yo me largué a tiempo. Víctor se quedó de piedra. Los puños se le cerraron solos. Quiso salir y reventarle la cara a ese pavo engominado. Pero no lo hizo. Porque vio que, al otro lado, en la sombra, estaba Alina. También había salido a tomar aire. Y ella lo oyó todo. Alina se quedó paralizada, mano en la boca, el maquillaje corriéndosele. Miraba a ese “padre de sangre” riendo y llamándola “recursito” y “boba”. Igor colgó, ajustó su pajarita y volvió al salón, sonriente. Alina se dejó caer, de cuclillas, el vestido blanco rozando el suelo sucio. Víctor se le acercó, despacio. No le dijo “te lo advertí”. No la juzgó. Se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. — Levanta, hija. Te vas a resfriar, el suelo está frío. Alina le miró. En sus ojos: horror y vergüenza, una vergüenza tan profunda que dan ganas de desaparecer. — Tío Víctor… —susurró—, papá… Víctor… él… — Ya lo sé —dijo Víctor serenamente—. No hace falta. Vamos. Es tu boda, los invitados esperan. — ¡No puedo volver a entrar! —lloró, la máscara de rímel extendida—. ¡Te he traicionado! Le invité a él, a ti te senté en la esquina. ¡Qué tonta soy! ¡Dios mío, qué tonta! — No eres tonta. Sólo querías un cuento de hadas —Víctor le ofreció su mano, firme y cálida—. Pero los cuentos, a veces, los escriben los estafadores. Vamos, lávate la cara, ponte guapa y sal a bailar. No le dejes ver que te ha hecho daño. Es tu día, no su espectáculo. Alina regresó. Pálida, pero erguida. Anunciaron: — ¡Ahora, el baile de la novia con su padre! Igor, sonriente, se adelantó brazos abiertos. Silencio. Alina tomó el micrófono. La mano le temblaba, la voz, firme. — Quiero cambiar la tradición. Mi padre biológico me dio la vida. Se lo agradezco. Pero el baile de padre e hija es con quien cuidó esa vida. Con quien curó mis heridas, me enseñó a no rendirme y lo dio todo para que hoy esté aquí. Se volvió a la mesa familiar. — Papá Víctor. Ven a bailar. Igor se quedó congelado, sonrisa de cartón. Susurros en la sala. Víctor se levantó, rojo como un tomate. Se acercó. Torpe, encogido en el traje estrecho. Alina lo abrazó por el cuello y escondió la cara en su hombro. — Perdóname, papá… perdóname, por favor —lloró, bailando. — Ya está, pequeña. Ya está —la acariciaba con su mano áspera. Igor se apartó y, poco después, desapareció de la boda. Pasaron tres años. Víctor está ingresado, infarto. Débil, bajo el gotero. Se abre la puerta. Entra Alina, de la mano de un niño de dos años. — ¡Abuelo! —grita el niño, corriendo a la cama. Alina se sienta, coge la mano de Víctor y le besa cada callo. — Papá, te hemos traído naranjas. Y caldo. El médico dice que vas a recuperarte. Tú tranquilo, que te vamos a sacar adelante. Ya te tengo el balneario reservado. Víctor la mira y sonríe. No tiene millones ni coche nuevo, la espalda le duele siempre. Pero es el hombre más rico del mundo. Porque es Papá. Sin el “padrastro”. La vida pone a cada uno en su sitio. Ojalá aprenderlo no costara tanto en humillación y arrepentimiento. Pero mejor tarde que nunca: padre no es el que pone el apellido, sino el que te sostiene cuando caes. Moraleja: No os dejéis engañar por los envoltorios bonitos, que suelen estar vacíos. Valorad a los que están a vuestro lado, los que os apoyan en los días de diario y nunca piden nada a cambio. Cuando acabe la fiesta y se apague la música, sólo quedará quien de verdad os quiera, no el que disfruta luciéndose a vuestra costa. ¿Tuviste un padrastro que fue más padre que tu propio padre? ¿O crees que la sangre lo es todo? 👇👨‍👧