Diario de Lucía
Hoy, mirando hacia atrás, no dejo de sorprenderme de cómo llegué a esta situación. El día que acepté conocer a los padres de Álvaro, sabía que más que ilusión, llevaba una careta bien puesta. ¿Para qué necesitaba realmente a esos señores? No era con ellos con quienes pensaba compartir mi vida. Y su padre, Don Fernando, por muy adinerado que fuera, solo prometía problemas y secretos. Pero una vez decides casarte, hay que seguir adelante hasta el final del juego.
Me esmeré en arreglarme, pero sin exagerar; quería que me vieran como la chica dulce y sencilla de Valladolid. Encontrarse con los padres del novio siempre es un campo minado, pero si encima son inteligentes eso sí que da miedo.
Álvaro, pobrecillo, creyó que yo necesitaba cariño para sobrellevar el trance:
Tranquila, Lucía, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, pero en realidad deja hacer. Y mi madre ella te va a adorar. Es la que anima toda la casa me repitió mientras subíamos por el paseo arbolado de su chalet a las afueras de Salamanca.
Yo solo esbocé una sonrisa. Padres tan distintos, menudo cóctel. Reí para mis adentros.
Al llegar, nada me sorprendió. Había estado en casas más lujosas y con más arte en las paredes. Al minuto ya estaban ambos abriéndonos la puerta: doña Carmen, la típica matriarca castellana, ama de casa entregada y viajera ocasional con sus amigas; y don Fernando, alto, seco y reservado, como ya decía Álvaro. Su nombre, sin embargo, al pronunciarlo, me sonó inquietantemente familiar.
Fue verle y quedarme clavada en la entrada, sin decidirme a entrar. ¡Qué ironía! A la futura suegra no la conocía, pero a mi futuro suegro le bastó una mirada para reconocernos. Hacía tres años que nuestros caminos se habían cruzado, encuentros breves pero intensos, con intereses mutuos, siempre en lugares discretos, nunca con testigos conocidos. Nada que Carmen ni Álvaro supieran, por supuesto.
Menudo papelón.
Él también me reconoció. Se le escapó un destello extraño en los ojos, mezcla de sorpresa y amenaza, pero se esforzó en guardar silencio.
Ajeno a todo, Álvaro me presentó con todo el entusiasmo del enamorado:
Mamá, papá, ella es Lucía, mi prometida. No os la había traído antes porque es tímida, de verdad.
Vaya teatrillo
Don Fernando me ofreció la mano. El apretón, fuerte, casi brusco.
Encantado, Lucía dijo, con un tono que solo yo supe descifrar. ¿Advertencia? ¿Rencor? ¿Quizá una amenaza velada?
No sabía cómo iba a salir de esta. Esperaba de un momento a otro que don Fernando soltara alguna bomba y desvelara mi antigua vida.
Igualmente, don Fernando respondí, disimulando a la perfección. Sentí cómo me subía la adrenalina.
Pero nada ocurrió. Al contrario, con una falsa sonrisa, él mismo me acercó una silla.
Seguro que tenía otros planes, pensé.
Entonces lo comprendí. No iba a delatarme; hacerlo sería desvelar también su infidelidad a su esposa.
La velada transcurrió con aparente normalidad. Doña Carmen me contó anécdotas de la infancia de Álvaro, mientras don Fernando, con aparente curiosidad, me hacía preguntas de mi trabajo. Demasiado sabía él, claro. Entre broma y broma, se notaban pullas apenas disfrazadas, comprendidas solo por nosotros dos.
Lucía, ¿sabes? Me recuerdas a una antigua amiga de trabajo. Era muy lista, y siempre sabía cómo tratar a los demás, sin importar quién fueran dijo, cruzando su mirada con la mía.
Cada cual tiene sus talentos, don Fernando repliqué con una naturalidad nacida de la práctica.
Álvaro, como buen enamorado, no se daba cuenta de nada. Solo me miraba como si yo fuera el sol. Y eso parecía lo más cruel, por él, por su inocencia.
Más tarde, hablamos de viajes. Don Fernando volvió a la carga:
Yo prefiero los sitios tranquilos, sin nadie alrededor, donde poder reflexionar con un libro ¿y tú, Lucía? ¿Qué te atrae más?
Yo soy más de lugares animados, llenos de gente y movimiento contesté, desafiante. Aunque, a veces, demasiados oídos pueden dejarte con problemas.
Vi a doña Carmen fruncir el ceño por un segundo. Algo en su interior le saltó, pero enseguida lo enterró.
Don Fernando sabía que yo no buscaba el silencio. Sabía perfectamente el motivo.
Al terminar la noche, cuando tocó despedirse, don Fernando abrazó a Álvaro:
Cuídala, hijo. Es especial.
El tono era mitad burla, mitad piropo. Pero solo yo entendí lo que quería decir.
Fue como si se apagara la calefacción de golpe. Especial. Vaya palabra eligió el hombre.
****
Esa noche no logré pegar ojo. Repasaba mentalmente el desastre y cómo sobrevivir a tantas verdades a medias. Intuía que don Fernando tampoco dormiría. Los dos pendientes de una conversación que ninguno deseaba tener.
Me levanté tras muchas vueltas. Me puse una sudadera encima de la camiseta, y bajé despacio, asegurándome de hacer el suficiente ruido como para que el insomne de la casa pudiera enterarse, si estaba alerta. Salí a la terraza, a la espera; estaba segura de que él aparecería.
No tardó.
¿No puedes dormir? dijo acercándose por detrás.
No hay manera de pillar sueño contesté.
Una ráfaga de aire movió mi pelo y percibí su colonia. Me miró con detenimiento.
¿Qué quieres de mi hijo, Lucía? Sé perfectamente de qué pie cojeas. Conozco a cuantos, como yo, has conocido. Sé que solo te mueven los euros, nunca lo has intentado esconder. Tu tarifa era clara, aunque discreta. ¿Por qué Álvaro?
Si él tiraba de franqueza dura, yo no pensaba dejarme intimidar. Sonreí con malicia:
Le quiero, don Fernando entoné canturreando. ¿Por qué no iba a poder?
No parecía convencido.
¿Amor? ¿Tú? No me hagas reír. Voy a contarlo todo, Lucía. Lo que eres, lo que has sido. Dudo que después de eso Álvaro siga queriendo casarse contigo.
Me acerqué, quedando frente a frente, y sostuve su mirada.
Adelante. Cuéntalo. Pero entonces tu mujer sabrá nuestro pequeño secreto.
Eso
No es chantaje, es justicia. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que contar toda la historia. Créeme, no escatimaré detalles.
Son cosas distintas
¿Estás seguro? ¿Le dirás lo mismo a doña Carmen?
El titubeó. Sabía que no me achantaría. La única salida era pactar una tregua.
¿Y qué vas a contarle?
No solo a ella. A todos, incluso a Álvaro. ¿Quieres salvarle de mí? Hazlo, pero será a cambio de arruinar tu vida.
Difícil elección. Impedir nuestra boda era sentenciar su propio matrimonio.
No te atreverás.
¿No? ¿Tú sí y yo no? Si tú hablas, yo también. Y perderás mucho más de lo que crees. Doña Carmen menuda categoría le da a la fidelidad.
Una vez, en una noche de copas, me había confesado que su mujer era sagrada para él, pese a ser un pésimo marido. Sabía que Carmen jamás le perdonaría.
Entendió, por fin.
Está bien admitió en voz baja. No contaré ni una palabra. Y tú tampoco. Mejor olvidar lo que pasó.
Yo lo tenía claro. Él perdería mucho más que yo.
Como digas, don Fernando.
A la mañana siguiente, el adiós a los padres de Álvaro fue bajo la grieta muda de la hostilidad. Doña Carmen me trató como hija, y Fernando apenas podía mirarme. Su resentimiento era casi palpable; temía aquel secreto que amenazaba con dinamitar su familia y su cartera. Sin Carmen, no solo perdía esposa, sino la mitad del patrimonio.
****
Pasaron dos semanas y, por circunstancias, debimos volver a la casa familiar a pasar unos días libres de verano.
Don Fernando se excusó siempre con trabajo; me esquivaba, y yo lo prefería así. Pero la casas grandes hacen fácil espiar, y él, una tarde, presa de un impulso vil, rebuscó en mi bolso. Entre mis cosas, halló una prueba de embarazo. Positiva, por supuesto.
Creía que el verdadero desastre era la boda, pero ¡esto sí que lo es! devolvió el test al bolso justo cuando yo entraba.
Qué feo es revolver en lo ajeno le reproché irónica, más divertida que enfadada.
¿Estás embarazada de mi hijo?
Me acerqué, recogí mi bolso y sonreí:
Le ha estropeado usted la sorpresa, don Fernando.
El pánico le invadió. Ahora yo estaba atada a Álvaro por siempre. El silencio era su único refugio.
****
Pasaron nueve meses y medio año más.
Álvaro y yo criábamos a Clara.
Don Fernando ya casi no venía. Decía tener jaquecas, resfriados, problemas en la pierna todo para evitar verme. No reconocía a Clara como nieta, y mi presencia parecía helarle el alma. Pero tampoco se atrevía a romper el pacto.
Las tardes, en mi piso nuevo de León, pasaban lentas, con Clara gateando y Carmen, la abuela, de visita casi diaria. Hasta que una noche, Carmen se retrasó más de la cuenta. Ya era tarde, no respondía al móvil. Fernando, alarmado, llamó a Álvaro.
¿Todo bien, hijo? ¿Tu madre salió ya?
Papá, ahora mismo eres la última persona con la que quiero hablar.
Colgó airado.
Poco después, escuché el coche de Carmen. Pero no, era mi propio coche, con Fernando esperando en la puerta, nervioso.
¿Qué haces aquí? ¡Habla! gritaba, fuera de sí.
Yo, serena, serví una copa de vino y me senté.
Todo se ha ido al garete le dije.
¿Cómo que todo?
Nuestro secreto, Fernando. Álvaro encontró en la web de una cafetería unas fotos de hace años, de aquella fiesta en el “Patio Grande”. Quería reservar para nuestro aniversario y ahí estábamos. Juntos. El fotógrafo lo subió todo. Carmen quiere divorciarse. Yo supongo que me separaré de tu hijo también.
Fernando palideció y se dejó caer en una silla junto a mí.
¿Y por qué has venido aquí?
Porque necesitaba huir una tarde me encogí de hombros. En casa reina el desastre. Clara está con la niñera. ¿Brindamos?
Nos sentamos en silencio en la terraza, copa en mano, escuchando solo el canto de los grillos.
Esto es culpa tuya musitó Fernando.
Puede.
Eres insoportable.
Tal vez.
Ni siquiera te duele por Álvaro.
Me duele, pero más por mí.
Solo te quieres a ti misma.
Nunca lo he negado.
Me agarró el rostro y me miró fijamente.
Jamás te quise susurró.
Lo sé.
****
Por la mañana, cuando Carmen apareció por casa dispuesta a perdonar a Fernando aunque fuera a costa de su salud mental, nos sorprendió a los dos juntos, aún dormidos en el sofá del porche.
¿Quién anda ahí? balbuceé medio dormida.
Yo respondió Carmen, observando su vida hacerse añicos.
La miré y le sonreí. Fernando no tuvo valor para ir tras ella.







