Examen para adultos
Luci, ¿por qué no vienes a celebrar el final del proyecto con nosotros? le preguntó Luis sonriendo, y además le guiñó un ojo.
Porque, amigo mío, tengo una cita ahora dijo Lucía algo avergonzada.
¡Eso sí que no me lo esperaba! Luis se quedó sorprendido. Llevaba ya cinco años conociendo a Lucía, y ella era madre soltera y parecía no buscar pareja Qué raro, pensó. O quizás sí estuvo buscando y él simplemente no se dio cuenta. Bueno, entonces no te entretenemos más, que vaya todo genial y se giró hacia el resto de compañeros. ¿Y nosotros? ¿Vamos?
¡Claro!
¡Venga, vamos rápido!
¡Por supuesto! contestaron todos, y se pusieron rumbo al bar de la esquina.
Luis iba charlando y riendo con todos, pero en el fondo sintió una pequeña punzada de celos. Aunque… ¿celos? Si entre él y Lucía no había nada, ni podía haberlo. Siempre tuvieron una relación laboral y amistosa, nada más.
«Qué cosas tiene la vida», pensó Luis.
* * *
Aquel día llegó a casa mucho más tarde de lo habitual. Apenas cruzó la puerta, sus hijos le saltaron encima gritando: ¡Papi está en casa, papi está en casa!. Y tras ellos apareció Victoria, su mujer.
¡Luisito, por fin llegas!
Ella lo abrazó y le dio un beso.
Hemos estado en el parque y los niños han construido un castillo enorme, y tú siempre tan ocupado, Victoria sonreía.
Alguien tiene que ganar euros en esta casa protestó Luis. Y además, tengo derecho a quedarme a trabajar el tiempo que quiera, ¿vale?
Sí, claro, tienes razón le dio la razón Victoria.
Así que no necesito interrogatorios añadió él, todavía de mal humor.
Si alguien le hubiera preguntado a Luis por qué soltaba aquellas respuestas tan brutas, no habría sabido qué contestar. Ni él mismo lo sabía.
Luis, ¿te ha picado algo hoy? preguntó ella, siempre con esa sonrisa tranquila.
Y en ese momento Luis se dio cuenta de por qué actuaba así. Quería borrar esa sonrisa de su cara, conseguir que ella se sintiera tan mal como él en ese instante.
No, solo estoy cansado. Calienta la cena, anda intentó decirlo con un tono indiferente, y cuando Victoria se fue a la cocina, él se sentó en el banco del recibidor y se tapó la cabeza con las manos.
«¿Pero qué narices estoy haciendo?», pensó horrorizado.
* * *
Unos días después, la inquietud de Luis empezó a irse. Al final, llegó a la conclusión de que todo ese malestar venía por no haber conseguido que todo el equipo celebrara juntos el final del proyecto. Le dolió el no de Lucía, simplemente.
Ahora estaban liados con otro proyecto y él se metió en ello de lleno.
* * *
Lucía, me parece que hoy te va a tocar quedarte un rato más le comentó Luis un día. Necesito los informes.
Lo siento, pero hoy voy a casa de mi madre negó Lucía enseguida. Es importante para mí. Mañana vengo antes y lo dejo todo preparado.
Vale, sin problema Luis asintió. De acuerdo.
La verdad es que por dentro se sintió fastidiado. ¿Cómo era posible? ¡Con el proyecto tan apretado! ¿Había algo más importante que el trabajo?
¿Pero tu madre está enferma? preguntó Luis extrañado.
Sí, algo así bajó la mirada Lucía.
Entiendo con esa respuesta sí aceptaba dejarla marchar.
Pero luego se enteró por unos compañeros de que la madre no estaba enferma ni nada. Que Lucía había puesto una excusa para que Luis no insistiera en que se quedase.
¿Cómo que no va con su madre? preguntó Luis sorprendido cuando se lo contaron sus compañeras.
Sí va, pero no sola, sino con su novio le aclaró Elena, un poco cotilla. Mira, ven aquí
Luis se acercó a la ventana con Elena; desde allí vieron a Lucía salir del edificio y al joven que le esperaba, dándose la mano camino del coche. Se subieron y se marcharon.
En ese momento, Luis sintió celos, pero ya no una punzada pasajera, sino que la sensación lo invadió entero.
«Madre mía, es cierto. ¡Ha encontrado a alguien!», retumbó en su cabeza.
Bueno… intentó que su voz sonara indiferente. Como se termina a las seis, cada uno puede marcharse cuando quiera.
Se sentó en su mesa intentando centrarse en el trabajo, pero no hubo manera.
* * *
Con el paso de los días, Luis estaba cada vez más inquieto y confuso. No entendía qué le pasaba. Al principio solo era un leve nerviosismo: cada vez que veía un mensaje de Lucía o la escuchaba hablar, se le aceleraba el corazón. Igual que cuando empezó a salir con Victoria, años atrás.
«¿Me estaré enamorando?», pensó Luis. Esa idea le provocó risa, pero también le asustó. Por eso, intentó ignorar la sensación. Total, era un adulto, recién cumplidos los cuarenta; tenía familia, amaba a su mujer. O… bueno, ya no era amor. Era respeto, confianza, gratitud… Pero el amor, ese amor loco, apasionado y un poco absurdo, ya se le fue. Y seguramente a todos les pasará igual, pensaba.
Pero la inquietud creció. Se empezó a dar cuenta de que cuando Lucía entraba en la oficina, él se enderezaba enseguida, como para llamar su atención. Cada vez iniciaba más conversaciones con ella, le consultaba cosas. Luego, revivía cada palabra, cada gesto, buscando un mensaje oculto en los detalles.
Un día se sorprendió pensando: «¿Y si la hubiera conocido antes? Antes de los niños…». Esa idea le golpeó fuerte.
Porque supo que sí, que probablemente habría acabado yéndose, tarde o temprano, inventando pretextos, dando algún paso arriesgado sólo por estar con ella.
Entonces le invadió la culpa de golpe, como una ola. Miró una foto familiar encima del escritorio: Victoria y los niños, todos riendo en la playa. Todo estaba bien. ¿Por qué sentía que estaba viviendo una vida ajena?
Luis no podía explicarse qué le pasaba. No entendía por qué ahora y por qué Lucía, después de trabajar juntos durante tres años sin que pasara nada. ¿Por qué no podía simplemente olvidarse de ella?
Sentía que todo lo que creía seguro se venía abajo. No quería engañar a nadie ni perder a su familia ni destrozar su vida. Pero tampoco podía ignorar lo que sentía.
* * *
Aquel día se despertó muy temprano. Seguía siendo de noche y apenas entraba una línea de luz por la cortina.
Luis se quedó tumbado mirando el techo.
Lucía no salía de su cabeza ni un minuto. Incluso en ese ambiente familiar tranquilo sentía una presencia invisible, como una espina clavada.
Recordó que el día anterior Lucía volvió a marcharse antes, otra vez con aquel chico. Y cada vez sentía que algo dentro de él se rompía.
«Estoy perdiéndome pensó. Si no paro esto, voy a perderlo todo. Poco a poco acabaré siendo frío, distante… ajeno para mis hijos, para Victoria, para mí mismo. Terminaré odiando lo que me haya convertido. Y entonces será tarde».
Se levantó, se vistió y se fue a la cocina. Se preparó un café, se quedó mirando la calle por la ventana. La ciudad estaba triste, vacía, gris, y le pareció que encajaba con cómo se sentía por dentro.
En ese instante, tomó una decisión.
* * *
¿Cómo que te cambias de departamento? se arremolinaron los compañeros de Luis a su alrededor, incluso Lucía.
Ha surgido un problema en otro departamento y tengo que echar una mano explicó él.
¿Pero solo es temporal, verdad?
Claro, solo por unos meses respondió Luis, aunque sabía que lo temporal suele ser lo más definitivo.
Al principio pensó en dejar la empresa, pero se dio cuenta de que era absurdo. Tenía buen puesto, ganaba bien, tenía perspectivas de futuro.
Así que pidió el traslado. Aunque fuera por unos meses, necesitaba salir del bucle donde cada palabra y cada mirada de Lucía eran una tentación.
Luis no quería perderlo todo por una emoción. No iba a ser de los que dicen: Es que soy humano. Sabía que aquello pasaría. Al principio dolería. Después, la herida sanaría.
Por la noche le dijo a Victoria:
Quiero pasar más tiempo contigo y con los niños. No quiero estar todo el día fuera o pensando en el trabajo.
Victoria lo miró con sorpresa.
¿En serio?
Sí, creo que me estoy perdiendo todo. Con ellos. Contigo.
Victoria solo sonrió, esa sonrisa familiar y cálida que siempre lo sedujo.
Empezó a llevar a los niños al Retiro, a recogerlos del colegio, a ir a sus funciones de teatro, a participar en sus vidas. Hablar con Victoria no solo de la rutina, sino de sus miedos, sus días, de todo.
A veces pensaba: ¿Por qué no hacía esto antes? ¿Por qué lo veía como una carga y no como una oportunidad de conocerla de verdad?.
No dejó de pensar en Lucía, pero ahora era solo a ratos. Cuando la veía en el trabajo, le daba un leve pinchazo, pero no dolor ni celos. Solo el recuerdo de una posibilidad, de una puerta que decidió no cruzarpara quedarse con su familia. Y se lo agradecía a sí mismo.
* * *
¡Luis! ¡Luis!
Se encontraba en el centro comercial, rumbo a una tienda de juguetes, y escuchó su nombre. Se giró; era Lucía.
¡Luis! ¿Dónde te has metido? Todo el equipo esperaba tu regreso Llevas un año desaparecido.
Luis sonrió. Sintió alegría al verla, pero ya no le dolía nada por dentro.
Hola, Lucía. Me alegro de verte.
¿Cómo estás? preguntó ella.
Bien, en serio… muy bien, de verdad.
¿Por qué no volviste? Eras el mejor jefe.
Necesitaba un cambio respondió sin pensarlo mucho. ¿Y tú?
Yo… se le iluminó el rostro. Me casé. Es un hombre bueno, de verdad. Mi hija lo adora.
Luis asintió. No sintió celos, solo una ligera sorpresa, como al ver regresar a un viejo amigo cambiado por los años.
Me alegro mucho, de verdad le dijo sinceramente.
Charlaron un poco sobre la empresa y cómo iban los compañeros, pero ninguno propuso irse a tomar un café. Ambos sabían que era el final. O quizás el comienzo de algo distinto, pero por caminos separados.
Se despidieron y Luis siguió su camino. Compró el regalo, salió a la calle y se sentó en el coche. Allí se dio cuenta de que ya no sentía nada por Lucía. Ni dolor, ni emoción, ni ganas de huir y empezar de cero.
Miró hacia delante. El semáforo, la gente cruzando la Gran Vía, los niños de la mano. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba donde debía estar.
No en una vida de cuento ni en una novela romántica, sino en su vida de verdad. Difícil sí, pero suya.
* * *
Lucía y Victoria estaban en el gimnasio, cerca de las cintas de correr. Llevaban tiempo coincidiendo allí y se habían hecho casi amigas.
¿Qué tal fue vuestro reencuentro? le preguntó Victoria.
Lucía encogió los hombros.
Nada. Me deseó suerte y ya está… Así que esta vez ganaste tú dijo con una medio sonrisa. Tu marido es un hombre maravilloso.
Lo sé respondió Victoria. Siempre lo he sabido.
Y le guiñó el ojo a Lucía.







