31 de diciembre, Madrid
No deshagas la maleta te vas
¿Qué ha pasado? preguntó Irene con tono autoritario; yo estaba tirado en el sofá y ni siquiera me levanté al verla entrar.
Pues que te vas de mi casa, monina. No deshagas la maleta: nos separamos, y hoy mismo te marchas respondí.
Por un segundo, Irene creyó haber escuchado mal. ¿Monina?
¿Tú te has creído que soy un conejito? ¡Si mido casi dos metros! le respondí a mi amiga Sonsoles cuando me sugirió que hiciera de conejito.
Pues serás un conejo gigante: aplastas a todos y pegas un salto enorme bromeó la muy lista.
¿Y el disfraz, de qué talla es? pregunté yo.
Uy, calla, que ni lo he pensado. El traje es pequeño, claro. ¡Menuda cabeza la mía! se lamentó ella.
Un rato después, Sonsoles propuso:
Ya sé, Lalo: tú vas de Rey Mago, y el Maguito Víctor va de conejo, ¡que es el pequeñín!
¿Y me vale el traje de Rey?pregunté, ¿la capa o el abrigo ese que llevan?
Algo grande sí que es, y siempre le arrastra por el suelo.
¿Y el guión? ¡Que no tengo ni idea!
Por favor, Lalo: todo improvisación. Además, eres de los que se sacó matrícula de honor. ¡Te echo un cable! me tranquilizó.
Sonsoles, mi amiga de toda la vida, trabajaba en una agencia de eventos y, justo ahora, el chico que hacía de conejo en el grupo de animadores de Nochevieja se había puesto malo. Hacían falta manos, o patas, para este 30 y 31 de diciembre.
¿Pero qué tontería es esta? pensaría más de uno. ¿Un conejo? ¡Venga ya! Con la tradición inamovible de los Reyes Magos y sus pajes, ¿para qué inventar?
Pero el jefe nuevo, un moderno de manual, quería darle una vuelta a todo. Quizá arrastraba algún trauma de niñez no resuelto (gestalt, que dicen ahora): quería un conejo sí o sí.
Total, que hubo que buscar sustituto. El disfraz, claro, era de esos con peluche blanco, gorro de orejas largas y una zanahoria colgando como mochila. El jefe nos vendió el plan como innovar y meter aire fresco.
Al lado de este, el antiguo jefe don Serafín parecía un simpático osito.
Así que, a partir de ese año, salíamos tres: Víctor de Rey, Sonsoles de paje y yo (bueno, el que fuera) de conejo. El guión era un disparate, pero en año nuevo todo se permite.
Esa Nochevieja yo estaba de bajón: Irene, mi mujer, había cogido la maleta rumbo a Salamanca, que su madre estaba con el enésimo problema de salud. Era la tercera visita en dos meses.
Anda, Lalo, yo no puedo dejar sola a mamá así repetía Irene mientras hacía la maleta.
Voy contigo, no tienes que pasar la Nochevieja solainsistí.
Qué va, cariño. No hace falta, además, sería un fastidio para los dos. Me vale con que me llames y estés pendiente.
El plan era colarse en alguna fiesta, pero ya se sabe: los grupos cerrados, y el espíritu parecía de funeral, como en un monólogo de Gila.
Así que cuando Sonsoles llamó, me pareció una bendición. Me necesitaba. No era por el dinero (con mi trabajo como analista podíamos vivir holgados) pero me apetecía distraerme.
El traje de Rey me iba perfecto; los zapatos, de mi número. Me pusieron barba y bigote. Y salimos de rutafui testigo de cómo casi todos los niños recitaban sus versos, el conejo saltaba, la paje ayudaba Todo rodado.
Sólo quedaba un servicio: a las diez de la noche, justo antes de que cada uno se fuera a casa. Sonsoles, que sabía que estaba solo, me invitó luego a cenar con su marido y su madre, mi vieja profesora. Hacía años que no tenía hijos.
Antes de la última casa, llamé a Irene:
¿Cómo va todo, mi amor?
Aquí estoy, resistiendo.
¡Feliz Año! Dale recuerdos a tu madre.
Está durmiendo, mejor no despertarla. Estoy viendo la tele, con cascos, pensando en ti.
Te llamo a las doce.
Y yo a ti, cuídate, mi rey respondió.
Cuando abrimos la puerta del último encargo, me quedé pasmado: ¡En el marco estaba Irene! Que hacía dos días se había ido a Salamanca, taxi a la estación y todo, por su madre.
Llevaba sus mejores galas. ¿Cuándo lo ha metido ella en la maleta?, pensé mientras el Rey se me descolocaba en la cabeza.
¿Era Irene? Era. Hasta la manchita sobre la ceja.
¿O sería alucinación? No, la veíamos todos.
¡Cari! gritó la alucinación.
Pero Cari era yo. Justo así me llamó en el teléfono veinte minutos antes.
Me quedé petrificado. Veía la escena desde fuera, como si no fuera real.
¡Voy, monina! respondió una voz y, de dentro, salió el conejo: un señor calvo y gordo.
¿Dónde está el niño? ¿Vadir? preguntó Sonsoles.
¡Yo soy Vadir! bromeó el hombre, apuntándose la barriga. ¡Me he montado mi propia fiesta!
Y mientras Irene se abrazaba y reía borracha con ese tipo feo, sentí una mezcla de asco y vértigo.
Ahí entendí muchos de los regalos que la supuesta suegra, pobre pensionista, le enviaba
¡Ahora todos a bailar! gritó Vadir, y pusieron música cutre de verbena. El conejo, el gordo, Irene y el pobre Víctor, ya tocado, dieron vueltas. Yo lo grabé todo con el móvil, por si hacía falta.
El dueño, al rato, nos expulsó:
Basta, ya está bien. ¡Salid, que quiero dormir!
De vuelta en el coche, Sonsoles dijo:
Qué raro: guapa es, ¿qué habrá visto en ese baboso? Que no es ni su marido.
¡Que soy yo su marido!, estuve a punto de gritar, pero me contuve.
No fui a cenar a casa de Sonsoles: no podía mirar a nadie a la cara. Fingí fiebre y me fui a casa. Ni llamé a Irene a las doce. Ni después. Que celebre el año con su conejito.
Recibí el año solo. Tuve tiempo de pensar. Seguí queriendo a Irene, aunque la herida fue profunda. Pero no iba a tragarme la humillación. Así que, divorcio. La casa era mía.
A los dos días, Irene volvió antes, extrañada de mi silencio: nada de llamadas, cuando antes le marcaba varias veces al día. Cogió taxi, nadie la fue a buscar, e insistió:
¿Qué ha pasado? exclamó marcial, con la maleta en la mano. Yo seguía en el sofá.
Ha pasado que te vas, monina. Ni deshagas la maleta. Hoy mismo te marchas. Nos separamos.
Irene se quedó de piedra. Monina. Sólo el conejo gordo la llamaba así.
¿Y a dónde se supone que me voy? intentó sacar algo en claro atacando.
A tu conejito o a Salamanca. ¿Está mejor tu madre, por cierto? pregunté tranquilo.
No es lo que piensas intentó balbucear, confusa, preguntándose dónde falló. Su madre tenía orden estricta de no responder al teléfono hasta el día 4. Y el conejo no podía haberlo contado.
Venga, cuéntame tu versión. ¿El gordo era médico? ¿Alquimista buscando pócima especial? ¿Cuidador contratado con mi dinero? ¿O, quién sabe, agente funerario para prevenir, no se me ofenda nadie?
Y luego solté el vídeo
Irene sólo pudo llorar. Sí, le puso los cuernos. ¿Por qué? Porque sí, porque se aburría. Vadir era generoso en regalos y así pasaba las tardes.
Lo de trabajar ni en broma. ¿Para qué, si ya tenía quien la mantuviera?
Si simplemente me hubiera dicho que estaba enamorada, podría haberlo entendido. O si sólo hubiera sido un desliz y hubiera pedido perdón Quizá la habría perdonado; soy así. O era.
Pero, entre la mentira y toda la trama, lo suyo era un crimen con premeditación. E imposible de olvidar.
Rogó, lloró, juró y apeló a mi compasión. Pero a mí no me tembló la voz: dicho y hecho, a la calle. Así son los Reyes Magos: justos, aunque duela.
No me arrepiento. Si hubiera montado el escándalo allí mismo, en la fiesta, quizá habría sido más catártico. A veces, tanto refinamiento sólo sirve para alargar la agonía.
En fin. Fue doloroso, pero fue. Y aprendí que, en la vida, hay que confiar, sí, pero sin perder la dignidad. Los cuentos de Reyes terminan, pero los hombres seguimos adelante.







