Dos preocupaciones

El autobús me dejó justo a la verja del centro de convivencia a las ocho y veinte. La mañana de septiembre hacía un fresco que picaba las mejillas y, al cruzar la entrada, los arbolillos tenían ya sus hojas secas esparcidas por el suelo. «Primer día de curro, 46 años cumplidos, que me da la vida, lo sacaré», pensé, con la mochila al hombro, la zapatilla de repuesto y el termo vacío.

Me recibió la directora, María del Carmen, en el vestíbulo que olía a cocido madrileño. Tras sus gafas redondas, sus ojos atentos me dijeron:

Adelante, ahora te muestro la planta.

En el pasillo se escuchaba el leve zumbido de la tele y el tintineo de la vajilla desde el comedor. Contra la pared, apoyado en sus bastones, dormitaba un anciano de aspecto enclenque. Nadie hablaba en voz alta; aquí parecía que se respetaba el reposo de los residentes.

Me asignaron una taquilla, una bata y una credencial delgada: «Trabajadora social. Alba N.» Me quité el gorro, el peinado venía un poco despeinado y lo intenté alisar sin mucho éxito. En la contabilidad de mi anterior trabajo, que cerró en verano por recortes, todo era papel y números, no desinfectantes y medicinas. Pero no fue solo el verano sin empleo lo que me empujó a cambiar: tras la muerte de mi padre, sentí la necesidad de hacer algo con las manos, de ayudar a quien de verdad no tiene a quién acudir.

Mi primera tarea fue repartir mantas tejidas a los residentes. Pasé por una habitación de seis camas: Dolores doblaba gorros para sus nietos, pero no levantaba la vista; Antonio intentaba leer el periódico, acercando la lupa a la nariz; Carmen se quedaba junto a la ventana, como escuchando el silencio propio. Cada uno estaba rodeado de sus cosas, pero parecía solo. Sentí una hormigueada bajo el esternón, como antes de una lágrima ajena que no sabes cómo secar.

En la pausa de la comida salí al patio, busqué señal y llamé a mi madre, Teresa, que tiene setenta y dos años y vive en el mismo municipio, aunque para llegar hay que cambiar dos veces de autobús. Todo bien me dijo solo que la hornalla del gas vuelve a picar, pásate cuando puedas. No te olvides añadió con su voz de quien nunca pide demasiado.

Al volver, ya oscurecía y el cielo parecía un manto de cuervos. En el autobús leía las indicaciones para el cuidado de mayores con movilidad reducida, una hoja que el instituto nos había impreso. Pero entre líneas me asaltó el pensamiento de mi madre, sola en su piso, poniendo una pesada sartén sobre la cocina para que el gas no se apague y no tener que pedir prestada la cocina eléctrica a los vecinos.

Pasó un mes. Octubre fue una noche tras otra cubriendo las ventanas con escarcha y yo inmersa en la rutina: visitas al fisioterapeuta, ejercicios grupales, control de medicación. Inventé los «Viernes de café»: preparaba café en la cafetera de la sala, juntaba a cuatro residentes alrededor de una mesita plegable y ponía música de los sesenta. Dos sonreían, uno se quedaba dormido, pero al fin y al cabo, dormir con compañía es mejor que en un pasillo vacío.

Una jueves, la auxiliar enfermó y yo tuve que acompañar a Antonio al centro de salud. Lidia, una residente, quedó esperando su turno cuando María del Carmen la llamó para rellenar un formulario urgente para los inspectores de la asistencia social. Lidia suspiró:

No pasa nada, chiquilla, me quedaré aquí.

Vi cómo sus dedos temblaban sobre la bolsa: medio día de pie es una prueba para sus articulaciones hinchadas.

Esa tarde mi madre fue la primera en llamar. Se me han acabado las pastillas del tensiómetro y hoy me ha dolido la cabeza dijo seca. Yo le apreté el móvil contra la mejilla mientras limpiaba una cesta con manzanas del frigorífico del centro; el cocinero necesitaba ayuda. Mañana las compro le respondí, y añadí: Lo siento, no he podido antes. Hubo un silencio lleno de el ruido cotidiano del edificio.

Al día siguiente el autobús quedó atascado en el tráfico y llegué quince minutos tarde. Pedí permiso a María del Carmen para salir a comprar los medicamentos, esperé en la fila de la farmacia de los beneficiarios y regresé con el paquete. Le entregué la caja con la etiqueta «forzaten» a mi madre a través de la cartero que nos conoce, porque yo no podía llegar a tiempo. Dos horas después recibí un mensaje: «Recibido, gracias», pero no sentí alegría en esas palabras.

Esa misma noche Antonio no encontraba su álbum de fotos y comenzó a llorar, lo que me aprisionó el pecho. Buscamos bajo el colchón, detrás del cabecero, bajo el cajón, incluso en el armario de ropa. Solo hallamos un boleto de circo descolorido. Entonces el anciano contó que su hija había emigrado a La Palma y sólo le mandaba postales en fiestas. Creo que estoy empezando a olvidar su voz murmuró. Sentí un escalofrío: ¿y si mi madre algún día no me reconoce al teléfono?

Llegué a casa después de las nueve, bajo un viento húmedo, farolas temblorosas, escaleras sin luz. La puerta se cerró tras de mí y el móvil mostró una llamada perdida de mi madre de hace una hora. Llamé, pero el tono de salida sonaba hasta que colgué. Recordé el pasillo sombrío del centro, donde al menos una enfermera de guardia pasaba cada dos horas; ahora mi madre estaba completamente sola.

El domingo, por fin fui a casa de mi madre. El apartamento olía a col cabbage y aceite viejo. El frigorífico resonaba más que antes. Mi madre estaba en una taburete, con la mano sobre la rodilla, como guardando fuerzas.

Yo cambiaré la bombilla intenté bromear, pero ella me miró fija:

La bombilla no importa. ¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a tomar un té sin mirar el reloj?

Esa pregunta me caló como una aguja, atravesando todas mis excusas.

El lunes el director del centro anunció una auditoría la semana que viene, y que cada trabajador tendría que presentar un informe de «compromiso social». María del Carmen nos entregó una pila de formularios. Los cogí sin pensar, pero la imagen de la cocina vacía de mi madre volvió a mí, y el peso en el pecho se hizo más grande: no podía seguir dividida entre el trabajo y la casa.

Fin de octubre. La lluvia golpeaba el cristal del tranvía, la penumbra temprana obligaba a los pocos peatones a refugiarse bajo los aleros. Después de mi turno, donde dos residentes se pelearon por la tele, no volví a mi piso. En la parada cerca del edificio de cinco plantas de mi madre, compré tres pilas para la linterna, subí al cuarto piso y encontré la puerta sin llave, sólo con la cadena. Dentro olía a hojas mojadas, el viento entraba por el balcón abierto.

Mi madre estaba en la cocina, frente a la placa apagada, con los hombros encorvados. Una vela solitaria titilaba, proyectando sombras sobre los armarios.

Se fueron los fusibles dijo sin mirarme está oscuro, pero no hace ruido.

Me quité el abrigo, encendí la linterna, pero la caja negra del interruptor parecía una reprimenda muda.

Llamaste, ¿no? murmuró mi madre solo quería hablar.

Me senté en el borde de la silla y, de repente, comprendí que en esa penumbra ambas éramos como los residentes: cuidándonos la una a la otra.

Tomé su mano, fría, ya no la cálida que solía ser. Una idea clara surgió: no podía volver a esos atardeceres sin hacer nada, como cuando Antonio perdió su foto de juventud.

Mamá, voy a arreglarlo para que no te quedes sola dije en voz alta, como firmando un papel. Ese pensamiento tembló mi estómago: tendría que pedir horarios flexibles, buscar una cuidadora, arriesgarme a perder el curro. Ya no podía seguir corriendo entre dos soledades.

A la madrugada, encendí de nuevo la linterna: la bombilla del pasillo de mi madre ya brillaba, cambié los fusibles. Olía a aislamiento quemado y a pan recién horneado; la vecina de abajo trajo una hogaza al oír el ruido. Mi madre puso la tetera y, sorprendida, me observó mientras manipulaba los cables.

Voy a gestionar que vengan profesionales repetí, enderezándome. Sobre la mesa había un cuaderno del centro de servicios sociales del barrio, con el número del ayuntamiento.

En menos de una hora ya estaba explicando la situación en la oficina. La trabajadora, con un suéter violeta, revisó el expediente rápidamente:

La solicitud se hace en línea. Por la normativa nacional, 442 residentes mayores pueden solicitar una cuidadora dos veces por semana.

Rellené los papeles, adjunté el certificado de ingresos de mi madre y pregunté por una enfermera. Organizaremos el patró, pero coordinaremos el horario asintió.

Regresé al centro al mediodía. La portera me miró con reproche, pero María del Carmen me recibió en el consultorio, repartiendo la lista de turnos.

Tengo un motivo personal empecé, sin rodeos mi madre necesita ayuda, y sin flexibilidad ambos lugares se vendrán abajo. Necesito dos tardes libres a la semana, puedo cubrir turnos de mañana y los informes.

Las palabras salieron más duras de lo que quería.

María del Carmen se quitó las gafas, limpió el cristal con un pañuelo.

Sabes que la carga de informes crece, la inspección está a la vuelta de la esquina.

Pensé que me negarían, pero ella continuó:

Los residentes tienen derecho a una atención estable. Propón un plan claro y firme, y yo firmo.

En veinte minutos redacté un «plan de cobertura»: Lidia iría al centro médico con la ayuda de un voluntario de la universidad, el conserje Genaro cubriría la recepción y trasladaría los «Viernes de café» a la mañana, cuando el personal tiene menos carga. María revisó la tabla, firmó y añadió:

Que la calidad no caiga. Aquí no se trata de horarios, sino de vida.

Ese mismo día volví al ala masculina. Antonio estaba junto al radio, sus dedos jugueteaban con la manta.

Encontraremos el álbum le dije suavemente.

Recorrí la lavandería, la trastería donde guardan mantas ajenas, pregunté a la auxiliar sobre el turno anterior. Al anochecer, al mover la mesita bajo la ventana, escuché un crujido de papel; entre la tabla y el zócalo había un pequeño cajón rojo. El álbum.

Lo saqué con ambas manos, le quité el polvo. En la cubierta estaba escrito «Verano 1973» en letras amarillentas. Antonio lo estrechó contra el pecho como si fuera un pájaro vivo. No dijo nada, pero sus ojos brillaban, y sentí que mi tensión se disipaba poco a poco.

En la reunión de residentes propuse crear un «rincón de historias familiares»: cada uno podría guardar objetos importantes álbumes, postales, bordados en una caja con código. Todos apoyaron la idea y Genaro se ofreció a fabricar estantes con cajones viejos de la despensa. Mientras escuchaba el martilleo, me sorprendí sonriendo de nuevo.

Cerca de las siete de la tarde me cambié de bata y alcancé el tren. En el apartamento de mi madre la ventana estaba iluminada; dentro estaba una enfermera de mediana edad, con mascarilla, enviada por el centro social para tres visitas semanales. Comentaban la receta de un zumo de arándanos. Mi madre la miraba desconfiada, pero al verme asintió:

Dicen que ayuda a controlar la presión.

Pasó una semana. Me levantaba a las cinco para la ronda temprana de fisioterapia, y los jueves y sábados terminaba a las cinco de la tarde, con tiempo para cocinar a mi madre o simplemente sentarme con ella y una taza de agua caliente. La agenda era apretada, pero por fin no sentía que fuera una carrera sin sentido.

Un día María del Carmen me retuvo al final del turno.

Los inspectores han notado que la implicación de los residentes ha subido. Vuestros cajones de historias son un acierto. Aquí tienes el reconocimiento por tu labor.

Exhalé: el plan estaba funcionando.

La tarde cayó nevada, una fina capa cubría el asfalto del patio. Acompañé a Antonio a su habitación, comprobé que la calefacción estaba caliente y pedí a Olga, la auxiliar, que le diera una última pasada antes del cierre. Salí bajo la farola del tranvía, el aire estaba húmedo y olía a lana mojada. Abrí el móvil y vi el mensaje de mi madre: «La enfermera ha traído el tensiómetro, la presión está en 130, todo bien». Fue una frase corta, pero llevó paz. Le mandé un mensaje de voz contando cómo Antonio había hojeado todo el álbum y había encontrado la foto del circo del que hablaba.

En casa de mi madre había compota de manzana. El viejo frigorífico seguía haciendo ruido, pero al lado había un nuevo enchufe múltiple que el electricista del ayuntamiento instaló tras la gestión de la trabajadora social. Organicé los alimentos en la despensa, me cambié de zapatos y me senté a la mesa.

¿Hoy no vas con prisa? preguntó mi madre.

No contesté. Mañana tengo la guardia de la mañana, pero llego a tiempo.

Tomamos té con miel. En la repisa del alféizar estaba la linterna ya no la necesitaba, pero la tenía por costumbre. Mi madre me contó que ahora escribe su presión en un cuaderno de papel para que la enfermera lo revise. Sentía cómo desaparecía el temblor en mi estómago: el equilibrio que tanto temía había tomado forma, con horarios claros y algunas alianzas.

Antes de irme, ajusté el abrigo en el perchero y mi madre me regaló una pequeña bufanda de lana.

Está lloviendo en la calle.

Me la puse alrededor del cuello, sentí el calor familiar de la lana. En el vestíbulo del edificio el viejo reloj hacía tictac, rompiendo el silencio. Apagué la luz principal y dejé la lámpara del salón encendida.

Hasta mañana, mamá.

Sin prisas, sin correr.

En la escalera se sentía el frío y el metal de la barandilla. Apreté la bufanda y, de repente, comprendí que ni la residencia ni el apartamento eran trampas. Eran dos puntos entre los que había aprendido a moverme. Los copos de nieve, apenas visibles bajo la farola del portal, giraban tranquilos. Di un paso hacia la noche; todavía quedaba otro turno, otro té, y una vida que sigue adelante.

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