A la tía Rosalía se le ha roto la vajilla. Para siempre.
La vajilla de boda, para doce personas.
Adiós, ribetes dorados y sellos de “Hecho en Alemania” en la base de cada pieza; el tío Tomás se ha caído desde el altillo con la caja en brazos.
Aytía Rosalía pone cara de asombro.
¡Pero si es de porcelana!
Como si las de porcelana no se rompieran también. Después, cuando se da cuenta de la tragedia, se deja caer en el sillón:
¡Nicolás, mi pastilla para el corazón! Llama a todo el mundo, incluso a mí, aunque sea llamada de larga distancia, y llora su juventud, hecha ahora mil añicos:
Nos la regalaron tus abuelos hace veinte años, la teníamos guardada, esperando una ocasión especial… Una boda de porcelana, que Dios nos coja confesados.
¿Y qué? Papá ya falleció, Tomás tiene el tobillo torcido, y yo la tensión por las nubes.
Y nadie, fíjate, nadie la ha usado ni una sola vez.
Un disparate.
Me quedo pensativa.
¿Por qué guardamos la vajilla, las joyas y los sentimientos vibrantes para ocasiones señaladas?
¿Por qué reservamos velas aromáticas para una noche especial, escondemos los pendientes con diamantes en una caja, regañamos al niño cuando intenta coger el chorizo antes de tiempo y guardamos las palabras tiernas para el Día de San Valentín?
¿En qué es este momento peor que el esperado?
¿Seguro que ya habrá tiempo?
Casi todas las llamadas desde las Torres Gemelas en Nueva York fueron declaraciones de amor.
La gente llamaba a sus seres queridos, dejaba mensajes en los contestadores automáticos.
Te. Quiero. Eso resultó ser lo más importante que había que decir antes de irse de este mundo.
La realidadsegún la enciclopediaes lo existente en el momento presente, ese instante entre el pasado y el futuro.
No hay que guardar bajo llave, ni subirse a un altillo, ni esconder para el algún día aquello que ahora mismo puede dar placer, alegría y sonrisas.
Mañana no existe. Solo el hoy, tan único y especial como un 31 de diciembre o cualquier 8 de marzo.
Así que, de prisa. En reconciliarse. En ver el mar. Jugar con tu hijo, abrazar a tu hija, regalarle a mamá otro frasco de Chanel Nº 5para que lo use todos los días, no solo en fiestas.
Hay que hacerlo. Leer. Comer sopa de erizo de mar o grillos asados. Ver tu película favorita y olvidarse de los platos sucios en el fregadero.
Comprar a la tía Rosalía una vajilla nueva y organizar una cena inolvidable.
Decir Te quiero antes de que empiecen los créditos finales.





