He pasado todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando, cocinando y poniendo la mesa con esmero. Es el primer Año Nuevo que no paso con mis padres, sino con la persona que amo.
Desde hace tres meses vivo con Luis en su piso. Me saca quince años, ha estado casado, paga pensión a su exmujer y a veces le da por beber Pero, cuando quieres a alguien, todo eso se convierte en detalles sin importancia. Nadie entiende qué le vi: está lejos de ser guapo, incluso se podría decir que tiene mala pinta; es seco de carácter, más tacaño que un catalán en chistes, y nunca tiene dinero. Y si acaso le sobra algo, es solo para él, por supuesto. Pero de alguna manera, este Luis me cautivó.
Durante estos tres meses no he dejado de esperar que, tarde o temprano, Luis valore mi entrega y mi capacidad de llevar una casa. Y que, claro, acabe queriendo casarse conmigo. Él siempre me decía: Hay que convivir primero, ver cómo te desenvuelves. No vaya a ser que seas como mi ex. Lo curioso es que jamás me contaba nada claro sobre su anterior mujer, como si fuese un misterio. Por eso, yo me desvivía: no protestaba si llegaba borracho, me ocupaba de la casa, cocinaba, lavaba, limpiaba, y hasta compraba la comida con mi propio dinero (no fuera a pensar que soy interesada). Incluso para la cena de Nochevieja, yo lo pagué todo. Hasta le compré un móvil nuevo para regalarle.
Mientras yo cocinaba y agitaba el estropajo, mi milagrito Luis también se preparaba para la gran noche a su manera: bebiendo con sus amigos. Llegó a casa animado y anunció que esa Nochevieja vendrían sus colegas, todos amigos suyos, desconocidos para mí. Había dejado la mesa puesta y faltaba solo una hora para las campanadas Mi ánimo por los suelos, pero me mordí la lengua para no soltarle nada: yo no soy como su ex, ¿verdad?
Media hora antes de medianoche, llegó una troupe de hombres y mujeres, todos achispados. Luis enseguida se vino arriba, sentó a todos y empezó la fiesta. Ni siquiera se molestó en presentarme; para ellos yo era invisible. Charlaban entre ellos, se reían con sus historias y brindaban sin incluirme. Cuando avisé de que en dos minutos daban las doce y sugerí servir el cava, me miraron como si fuese una intrusa.
¿Y esa quién es? preguntó una chica, arrastrando las palabras.
Mi vecina de cama soltó Luis, estallando en carcajadas, seguido por sus amigos, que no tardaron en sumarse al cachondeo.
Comían lo que yo había cocinado y, al mismo tiempo, se reían de mí. Entre uva y uva, seguían soltando bromas sobre mi ingenuidad y felicitaban a Luis por haber encontrado una chacha gratis. Y él, en vez de defenderme, se reía con ellos. Tragaba mis croquetas y, figuradamente, me estaba pisoteando.
Salí en silencio de la sala, recogí mis cosas y me fui a casa de mis padres. Jamás había vivido una Nochevieja peor. Mi madre, con su tono habitual, solo dijo: Ya te lo advertí. Mi padre, resoplando de alivio, me recibió sin más. Lloré todo lo que pude, hasta que por fin se me cayeron las vendas de los ojos.
Al cabo de una semana, cuando a Luis se le acabó el dinero, apareció en mi casa como si nada.
¿Pero tú por qué te has ido, mujer? ¿Es que te has enfadado? preguntó, y viendo que yo no cedía, pasó al ataque: Muy bien, sí señor, tú ahí bien cómoda en casa de tus padres y aquí no queda ni un yogur. ¡Estás empezando a comportarte como mi ex!
De lo descarado que era, me quedé muda. Había repasado cien veces en mi cabeza todo lo que algún día le soltaría, pero en ese momento sólo fui capaz de mandarle a paseo y cerrarle la puerta de un portazo.
Así fue como, después de esa Nochevieja, empezó mi vida de verdad. Aprendí que dejar de aguantar lo inaguantable es la mejor manera de empezar de nuevo.







