Diario de un abuelo
Y me entendió.
No fue nada divertido; pronto comprendí que aquello era una tontería monumental.
Vendí a mi amigo. Él pensó que era un juego, pero luego comprendió que lo había vendido.
La vida, al fin y al cabo, siempre es distinta para cada uno. Hay quien no da importancia a si tiene marisco o pan con chorizo en la mesa mientras tenga suficiente.
Así vivimos nosotros, cada uno a nuestra manera. Hubo de todo.
Por aquel entonces yo era pequeño. Mi tío, el hermano de mi madre, tío Javier, me regaló un cachorro de pastor alemán, y fui el niño más feliz de Toledo. El cachorro se me pegó al alma; me entendía con solo mirarlo, esperaba mi orden con los ojos fijos en mí.
¡Echado! decía yo tras aguantarle la mirada, y él se tumbaba, mirándome con una fidelidad tremenda, dispuesto a darlo todo por mí.
¡Rinde! ordenaba, y el perrillo se erguía deprisa sobre sus patitas regordetas y se quedaba quieto, tragando saliva. Esperaba la recompensa, el trocito sabroso.
Y yo no podía darle nada especial; en casa apenas comíamos nosotros.
Eran tiempos duros.
Una tarde, mi tío Javier, el que me trajo el cachorro, me dijo:
No te pongas triste, chaval, mira lo leal que es tu perro. Haz una cosa: véndelo, y luego lo llamas; se escapará y volverá. Nadie te verá. Además, tendrás unas perrillas; compraos algo rico tú y tu madre, y también al perro le das un premio. Hazme caso, que yo sé de esto.
La idea me gustó. No pensé entonces que estaba obrando mal. Si un mayor me lo aconseja, sería una broma, y así además podría comprar golosinas.
Le susurré a Fiel, mi perro, al oído calentito y peludo, que lo iba a entregar a otro, pero que cuando lo llamase, escapara y volviese conmigo.
Y me entendió.
Ladró como diciendo: “vale, lo haré”.
Al día siguiente le puse la correa y lo llevé al mercadillo de la estación, donde la gente vendía de todo: flores, tomates, manzanas.
Cuando bajó la gente del Cercanías, empezaron a comprar y regatear.
Yo me adelanté un poco, tirando de Fiel. Nadie se acercaba.
Cuando casi todos se habían ido, se acercó un señor con cara seria y me preguntó:
Oye, chico, ¿a quién esperas? ¿O acaso quieres vender al perrillo? Veo que es fuerte, lo compro, venga. Y me puso unas monedas en la mano.
Le entregué la correa; Fiel giró la cabeza, estornudó contento.
Anda, Fiel, ve, amigo, ve le susurré, te llamaré, ven. Y se fue tras el hombre. Yo, escondido, seguí a lo lejos a mi amigo.
Esa noche llevé a casa pan, chorizo y caramelos. Mamá, toda seria, preguntó:
¿De dónde has sacado esto, hijo? ¿No lo habrás robado?
No, mamá, ¿qué dices? Ayudé a descargar en la estación y me dieron propina.
Bueno, hijo, cena y a dormir, que estoy molida.
Ni siquiera preguntó por Fiel, no le importaba entonces.
Por la mañana vino mi tío Javier. Yo me preparaba para ir al colegio, aunque solo quería ir a buscar a Fiel.
¿Y bien? se rió ¿Vendiste a tu amigo? Y me revolvió el pelo. Yo me aparté, sin responder.
Ni dormí esa noche; ni probé el pan ni el chorizo; aquello se me atragantaba.
No fue nada divertido; comprendí cuán tonta había sido la idea.
Con razón mamá no quería a mi tío Javier.
Es un imprudente, no hagas caso a todo lo que te diga me decía.
Cogí la mochila y salí corriendo.
Había que recorrer tres manzanas, y las crucé casi sin respirar.
Fiel estaba sentado al otro lado de una verja alta, atado con una cuerda enorme.
Lo llamé, pero me miraba con tristeza, la cabeza en las patas, moviendo el rabo y queriendo ladrar, pero la voz le temblaba.
Lo vendí. Él pensó que era un juego, y luego entendió que lo había vendido.
Entonces salió el hombre y le gritó a Fiel. Él agachó el rabo y yo supe que todo estaba perdido.
Esa tarde en la estación ayudé a llevar equipajes. Pagaban poco, pero lo justo. Con miedo, fui después a la casa y llamé a la puerta. Salió el mismo hombre:
Ah, chico, ¿qué quieres ahora?
Mire, señor, lo he pensado mejor, aquí le devuelvo el dinero y le tendí las monedas. El hombre me miró entrecerrando los ojos, cogió el dinero y soltó a Fiel.
Anda, llévatelo. Está triste, no sirve para guardián, pero cuidado, tal vez no te perdone.
Fiel me miraba cabizbajo.
El juego terminó en prueba dura para los dos.
Luego se acercó, me lamió la mano y se apretó a mi barriga.
Han pasado tantos años desde aquello, pero lo entendí para siempre: jamás, ni de broma, se vende a un amigo.
Y entonces mamá se alegró:
Ayer estaba cansada, y luego pensé: ¿y nuestro perro? Estoy hecha a él, ya es uno más. ¡Es nuestro Fiel!
Mi tío Javier apenas volvió a visitarnos. Sus bromas no nos hacían ninguna gracia.







