Tras el accidente, me encontraba ingresada en el Hospital General de Madrid, cuando mi suegra apareció en la habitación, de la mano de mi hijo pequeño. Mi niño, con los ojos grandes y serios, me tendió una botella de zumo de naranja y, bajando la voz casi al susurro, murmuró: «Abuela me dijo que bebieras esto, pero me pidió que no dijera nada más».
Después del choque, del que el culpable se dio a la fuga, me quedé entre sábanas blancas, conectada a goteros y rodeada de médicos con palabras medidas y miradas cautas. Mi marido apenas abría la boca, absorbido por la ansiedad, pegado a la pared como una sombra, y fue mi suegra quien tomó las riendas: papeles, trámites, listas de visitas, todo bajo su férreo control. Yo apenas tenía fuerzas ni para replicar.
Aquel día la puerta giró despacio y entró mi suegra primero, arrastrando a mi hijo por el pasillo. Él venía callado, demasiado serio para un niño de su edad, como si comprendiera ya que allí la alegría no tenía cabida.
Mi suegra lo dejó junto a la cama y, con una sonrisa forzada y tensa, murmuró que «sería sólo un momento, para que el niño no se quedase con mal cuerpo». Después, se apartó a la ventana, como dándome un instante de calma.
Mi hijo se subió torpemente a la cama y, con manos inseguras, me ofreció aquella botella de zumo. Noté el temblor en mis propios dedos al cogerla, y se hizo el silencio.
Se acercó aún más y, tapándose la boca, susurró casi inaudible:
Abuela quiere que lo bebas, si quiero una mamá nueva y aún más guapa pero me ha dicho que no puedo contarte más.
Un escalofrío me recorrió. El zumo, de un naranja demasiado intenso y frío, no era del menú del hospital. El ambiente se volvió asfixiante, y sentí la presencia de mi marido en la puerta, rígido y callado. Mi suegra seguía de espaldas, mirando a la Gran Vía a través del cristal, pero tenía la sensación de que nos vigilaba a cada segundo.
Con lentitud, dejé la botella sobre la sábana y fingí dar un sorbo, para después derramar parte en el suelo, como si realmente me lo hubiera bebido. Comprendí entonces que debía llegar al fondo de todo: necesitaba saber qué pretendía mi suegra y por qué había puesto a mi hijo en medio de todo esto.
Cuando salieron, me quedé contemplando el líquido anaranjado durante un largo rato. Tras la operación, tenía heridas recientes, puntos, y una pérdida de sangre de la que apenas me iba recuperando. Los doctores habían sido claros: ningún medicamento ni sustancia fuera de control podían entrar en mi organismo.
A la mañana siguiente, pedí de forma discreta al médico de guardia que analizara el contenido del envase, sin escenas, y sólo mencioné mis dudas.
Al caer la tarde, vinieron los resultados. En el zumo había medicamentos anticoagulantes, capaces de provocar una hemorragia interna severa. Para alguien sano, quizás no era demasiado grave. Pero para alguien recién operada, era mortal.
El médico calló durante un tiempo que me pareció interminable y, finalmente, preguntó quién me había traído la bebida. Contesté con la verdad.
Guardó el informe y, en un murmullo serio, me avisó: si hubiera bebido la mitad siquiera, probablemente no habría llegado viva a la mañana siguiente.
Todo encajó de golpe. Mi suegra conocía mi estado; se había encargado de hablar con los médicos, fingiendo preocupación, haciéndose la indispensable. Sabía perfectamente lo que acababa de sufrir, mis puntos frescos, mi debilidad. Y, aun así, usó a mi hijo, le hizo llevarme aquella botella, y le pidió callar lo ocurrido.
Cuando mi marido volvió por la tarde, le mostré el informe médico. Observó largo rato el papel, y después me miró como si yo fuera una extraña.
Ella dijo que sólo era zumo para darte fuerzas balbuceó.
No contesté.
En ese momento entendí, con una claridad nueva y dolorosa, que cuando saliera de ese hospital ya no sería sólo una mujer herida. Sería alguien que jamás volvería a permitir que nadie, ni siquiera la familia, cruzara ciertas líneas conmigo.







