Siempre he creído que entre mi madre y yo no había secretos. Bueno, casi ninguno.
Podíamos hablar de todo: de mis miedos de niña, de las primeras victorias, del corazón roto a los dieciséis años.
Incluso después de casarme, sentía que ese hilo de confianza seguía intacto, si acaso, más fuerte.
A mi madre le caía muy bien mi marido. Siempre decía que Diego era un hombre de verdad. Cuando nació nuestra Lucía, rebosaba felicidad. Nos traía verduras de su huerta en la sierra, compraba ropa a montones, se deshacía en mimos con la nieta.
Me acuerdo perfectamente de decirle a mi marido:
¿Ves? Tenemos la mejor madre del mundo. Y él sonreía y asentía.
Y de repente, por pura casualidad, me enteré de que la mejor madre del mundo llevaba años guardando un saco de decepciones y amargura que yo ni imaginaba. Me quedé helada.
Pasó un otoño, como cualquier otro. Mi madre llegó, como siempre, con el maletero del coche lleno de manjares de la huerta: zanahorias, acelgas, manzanas, tarros de mermelada y conservas.
¿Y para qué tanto? suspiré, ayudando a descargar aquello. Si estamos Lucía y yo solas, Diego está trabajando fuera.
Pues se lo das a las vecinas o a alguna amiga me respondió, dándole un beso en la cabeza a Lucía. ¡Mi nieta merece solo lo mejor y que sea natural!
Me fui a la cocina a poner la tetera y mi madre se quedó con Lucía en el cuarto intentando que durmiera la siesta.
A los diez minutos fui a buscarlas y, de pronto, me quedé paralizada en el pasillo, con el corazón encogido. Se oía la voz de mi madre, pero sonaba grave, alterada y extrañísima.
No me quejo, Inma pero se me parte el alma, de verdad te lo digo. ¿Cómo puede vivir así? Él, siempre ausente, trayendo cuatro perras. Y ella ahí sigue. Imagínate: la niña tiene casi dos años y debería estar ya en la guardería y ella debería haber vuelto a trabajar. Pero no. Ella en casa, todo el día haciendo monerías: que si Lucía es pequeña, que no está preparada. ¡Vaga! Manteniéndose a mi costa y tan tranquilas. ¿Que si ayudo? Pues claro les compro ropa, les llevo comida. Y ya ni les da reparo, están acostumbradas. Lo que no entienden es que eso no lleva a ningún lado. Y mira, entre nosotros ni siquiera hay amor ya. Diego ha cambiado mucho, está frío y pasa de ella. Ella no se queja, pero yo lo veo
Sentí un pitido en los oídos, como si el suelo se abriera bajo mis pies. Me apoyé contra la pared, fría, escuchando cómo la persona que más quiero trituraba mi vida, convirtiéndola en polvo gris y miserable.
Cuatro perras. Mantenidas. Frío. Cada palabra, un latigazo. Miré mis manos, las mismas que cada día sostenían, cuidaban, alimentaban y arrullaban a mi hija, que cocinan, limpian, planchan, que modelan animalitos con plastilina Manos de vaga.
La letanía seguía. Mi madre hablaba de sus sospechas, de que he perdido la forma y no tengo ambiciones. Llega un punto en el que no pude más. Volví casi de puntillas hasta mi cuarto, cerré la puerta y me senté en la cama, agarrándome la cabeza. Lucía dormía tranquila en su cunita, su respiración era lo único real en ese mundo recién dado la vuelta.
¿Qué hago? ¿Entro allí gritando? ¿La echo de casa? Por dentro me sentía de hielo, vacía de sentimientos. Así que hice lo que he aprendido estos dos años de maternidad: puse el piloto automático, me lavé la cara, respiré hondo, me serené y volví a la cocina.
Diez minutos después, mi madre terminó la charla. Entró en la cocina alegre, aligerada, como si se hubiese quitado un peso de encima.
Ay, hija, me he enrollado con Inma y ni me he dado cuenta dijo sentándose a la mesa. Y Lucía se durmió sola mientras yo arropaba a la muñeca Ay, y el té, ya se me ha quedado frío.
Le puse una taza nueva de té. Ni me tembló la mano.
¿Y de qué hablabais tanto rato? le pregunté, como quien no quiere la cosa. Casi cuarenta minutos. ¿Ha pasado algo?
Se le iluminaron los ojos; esa chispa que antes veía como curiosidad genuina hacia los demás.
Imagínate, la nuera de Inma, esta ¿cómo se llamaba? Mariola. Pues ahora quiere coche nuevo, y la pobre Inma me contaba que el hijo se deja todos los ahorros en caprichos y ni siquiera le llama en fiestas. ¡Los hijos de hoy en día, se están echando a perder!
En su voz se notaba ese gustillo de compadreo y la indignación de quien siente que tiene toda la razón. Exactamente la misma que había usado conmigo minutos antes.
Sentí unas ganas terribles de vomitar por tanta falsedad.
¿Y qué necesidad tienes tú de darle vueltas a la vida de los demás? le solté, más bajito de lo que parecía. Igual la nuera esa tiene sus razones, ¿te has planteado?
La cara de mi madre cambió al instante. El brillo se tornó enfado y soberbia.
¿Chismes? Pero si es mi amiga. Tengo que escucharla y apoyarla. Tú no tienes ni idea de lo que son las relaciones entre personas cercanas.
La ironía dolía. Personas cercanas
La miré y, por primera vez, dejé de ver a mi madre. Era una desconocida. Una mujer a la que le hacía falta el drama para sentirse viva. Una mujer que seguramente llevaba años resentida porque mi vida no seguía el guion que ella había escrito para mí.
Y su ayuda. Esas montañas de tomates y nísperos, esas camisetas de oferta No es amor, es el impuesto que paga para tener el derecho a criticar: como ayudo, pues puedo opinar.
Quise echárselo en cara, pero me contuve. No hacía falta: mi madre, en el fondo, se dio cuenta de que la había desenmascarado. Terminó marchándose dando un portazo, llena de dignidad herida. Me quedé sola, en el silencio total del piso. Al principio sentí rabia, luego dolor y después, una punzada rara, casi de ternura.
Recordé cuando era joven. Esa mujer que tuvo que sacarme adelante sola tras el divorcio. Lo orgullosa que estaba cuando consiguió un buen trabajo. El miedo que siempre la acompañó al qué dirán.
Su vida siempre fue una lucha por mantener el estatus, la apariencia, el respeto. Y mi vida humilde, sencilla, pero plena de cariño, mi decisión de criar a Lucía sin carrera de fondo, para ella era casi una ofensa. Algo de lo que jamás podría presumir delante de la señora Paquita o de Inma. Ella quería el relato del éxito perfecto, pero yo le di una historia real
Al día siguiente, recibí un mensaje: Perdóname si te ofendí ayer. Ya sabes que te quiero.
La típica excusa. Antes me habría lanzado a buscar la reconciliación. Esta vez simplemente dejé el móvil y no contesté. El siguiente capítulo, el que quizá esperaba, pero no así, llegó una semana después.
Vino a verme Inma, la amiga confidente de mi madre, Inmaculada Fernández. Se notaba cortada, inventó que está por el barrio haciendo unos recados. Clarísimo que la había enviado mi madre.
Tomamos té y jugamos con Lucía. De pronto, mientras la niña montaba una torre de cubos con carita concentrada, Inma suspiró:
Se está bien aquí Hay tranquilidad y calor de hogar. No parece un callejón sin salida.
No respondí nada. Ella se quedó callada mirando por la ventana.
Mi hijo y su mujer viven lejos. Muy bien colocados: hipotecas, préstamos, siempre con prisas. Al nieto lo veo dos veces al año. Y tú estás aquí, disfrutando. ¿Sabes? Tu madre lo que tiene, en realidad, es miedo.
¿A qué? no pude evitar preguntar.
A no ser necesaria para ti. A que toda su lucha y su experiencia no interesen a nadie. Has elegido un camino distinto y eso, para ella, es una crítica en sí mismo. Le resulta más fácil sacarle defectos a tu vida y comentarlos, que aceptar que eres feliz a tu manera. Esas verduras que trae son su forma quizá la única de seguir manteniendo un puente, aunque sea como jueza y no solo como espectadora.
La escuché y entendí que enfrente tenía a otra persona perdida, como yo. Una mujer que estaba cansada de ser el eco de mis dramas familiares.
¿Y me lo cuenta para qué? susurré.
Para que no te envenenes contra tu madre. Está desorientada. Aguanta. Pero marca tus límites, sé firme.
Inma se fue. Y yo entendí lo esencial: la visión de mi madre es solo la suya, no la mía.
La mía es Diego, que al volver del trabajo me abraza y nos besa a Lucía y a mí, diciendo: No sabes cuánto os he echado de menos.
La mía es nuestro piso humilde, pero nuestro, por el que pagamos la hipoteca euro a euro, sin ayuda de nadie. Es mi derecho a decidir cuándo trabajo y cuándo no; y a elegir si Lucía va a la guardería o no. Es mi derecho a vivir la vida que quiero, sin pedir permiso.
No monté ninguna escena. Simplemente, empecé a levantar barreras nuevas. Dejé de contar detalles que se pudieran usar para dar la vuelta a mi relato y tirármelo a la cara.
Cuando lanza alguna pulla ¡Hoy en día todas ya han vuelto al curro! respondo tranquila:
Diego y yo lo hemos hablado todo, no te preocupes.
Si aparece con mil cosas que no necesitamos, digo: Gracias, pero mejor escoge un puzzle bonito y regálaselo tú misma a Lucía cuando vengas a jugar con ella.
Devuelvo a mi madre al papel de abuela, y no el de patrocinadora-jueza. No es fácil. Ella se resiste, se enfada.
Pero a veces, aunque sea de momento muy de vez en cuando, cuando hacemos galletas juntas y Lucía nos cubre de harina a las dos, veo esa mirada de mi madre. Y ya no es la de un severa jueza, sino la de una abuela prosternándose ante su nieta.
Quizá ese puente de harina, azúcar, risas de niña pueda salvar lo que nos queda.
***
Y esta lección me la aprendí de memoria.
Las heridas más profundas no las hacen los enemigos, sino quien más seguridad y protección debería darte. Y lo fundamental después de una herida así no es volverse de piedra, sino vendarse a uno mismo con la verdad: que no eres la caricatura que alguien se ha inventado. Eres una persona real, con derecho a tu propia vida, aunque no sea perfecta.
***
Cuando se lo conté todo a Diego, solo me abrazó y me dijo:
¿Sabes qué? El mes que viene nos vamos de vacaciones. ¡Que nuestra princesa, por fin, conozca el mar de verdad!
Y en sus ojos vi ese poco que, según mi madre, nos falta. Un océano entero.







