Llegar a las bodas de oro: La historia de amor, rutina y tentaciones de una pareja castellana tras veinticinco años de matrimonio, con hijos independizados, vida de pueblo, y el inesperado despertar de la pasión a los cincuenta años

Llegar a las bodas de oro

Veinticinco años llevaban juntos Consuelo y Manuel. Ella, cincuenta ya cumplidos, él le sacaba dos años. Su vida matrimonial era como la de cualquier pareja de un pueblo de Castilla: casa, huerto, trabajo, y su hijo Fermín, que ya volaba solo y residía en Valladolid, donde se había graduado en Formación Profesional y curraba en una fábrica de acero.

Un día, Fermín llegó de visita el fin de semana con una muchacha.

Os presento, queridos padres, a Lidia. Vamos a casarnos, sólo falta entregar los papeles en el registro civil anunció, orgulloso.

Buenas tardes saludó Lidia, roja como un tomate.

Pasa, Lidiuca, siéntete como en casa, aquí no tenemos lujos y nadie se escandaliza triló la suegra en potencia, mientras llenaba la mesa de embutido y pan candeal.

Lidia cayó bien. Cuando volvieron a Valladolid, Fermín llamó a su madre y le contó que la boda sería en verano. Consuelo, encantada, se lo comentó a Manuel: otro motivo de alegría en la familia

Todo marchaba sobre ruedas, pero Consuelo estaba preocupadísima por algo tremendo; ¿quién iba a decirle que a los cincuenta años le daría por enamorarse del vecino, Julián, nada menos que el mejor amigo de su marido?

Julián apareció una tarde cargando una botella de brandy. Su mujer, Mercedes, era revisora de trenes, pasaba el día yéndose de aquí para allá y se quedaba a menudo semanas fuera. Parecía tan tranquila con su vida, confiando ciegamente en que Julián no se iría “de picos pardos”.

La hija de Julián y Mercedes, Teresa, vivía en Burgos. A veces se dejaba caer por el pueblo, traía víveres para su padre cuando Mercedes tardaba en volver. Hablaban todos por teléfono cada dos por tres, y cuando Mercedes volvía se quedaba unos días antes de desaparecer de nuevo, rumbo a Soria o Zaragoza.

Julián, espera que te voy a enseñar el pedazo de taladro que compré en el mercadillo de Salamanca. Era necesario, ¡menuda herramienta! dijo Manuel, y salió disparado al trastero.

Ni dos minutos habían pasado cuando Julián abrazó a Consuelo por la cintura y empezó a besarle el cuello con ansia. Un temblor le recorría el cuerpo y, en cuanto oyó la puerta del patio, se apartó del vecino, cogió un trapo y empezó a repasar la mesa con la cabeza agachada y las mejillas ardiendo. Sabía bien que los ojos le brillaban más que nunca.

Manuel, feliz con su taladro nuevo, ni notó el rubor de su mujer ni el nerviosismo de su amigo. Le pasó la caja a Julián.

Buena compra, sí señor. Habrá que celebrarlo, ¿no? dijo Julián, sirviendo un chato de brandy. ¿Te animas, Consu?

No, chicos, estoy agotada, me voy a tumbar y desapareció en la habitación. Miró su reflejo en el espejo. Anda, Consuelo, pareces una quinceañera, ¡menuda cara se te ha quedado! y se sonrió con picardía.

Consuelo había cogido algo de peso; el pecho y el rostro se redondeaban, pero seguía teniendo unos ojos preciosos y las facciones muy dulces. Caminaba por el pueblo con su mejor vestido, los labios pintados, y los tacones rescatados del fondo del armario: igual era la más guapa del lugar. Julián llevaba años mirándola con pasión, y hacía poco Consuelo se enteró de que el sentimiento era mutuo.

Julián, con sus cincuenta y cuatro, seguía casado con Mercedes, y la amistad entre las dos parejas era legendaria. Un día, pasando Consuelo por la plaza, Julián la llamó:

Consu, entra un momento, ayúdame con unos callos, que no tengo ni idea.

Ay, Julián, que tengo prisa para la tienda dijo ella, lamentando no haberse dado un retoque o al menos peinado decentemente.

Pero sin saber cómo, se vio entrando en el corral de Julián, subió los escalones y, nada más cerrar la puerta, él la atrapó en un abrazo. Los besos de Julián la volvían loca y ninguno de los dos pensaba parar.

Que la tienda no se va a mover, mujer le susurró Julián. Yo aquí sin Mercedes, no sé ni cuánto hay que cocer estos callos y la metió de cabeza en la cocina.

Diez minutos, más o menos, ¿no has cocinado nunca?

Hay muchas cosas que hago por primera vez últimamente rió Julián, desenfadado. Sin Mercedes soy un desastre.

¿Quieres que te eche una mano?

No, no, tenemos mejores cosas que hacer… y la agarró aún más fuerte.

El abrigo al suelo, la cabeza perdida en la locura de la pasión.

Ay, Julián, pero si yo estoy casada.

Y yo también, ¿y qué? Me encantas, Consuelo, y bien que veo cómo me miras. Seguro que Manuel no te mima lo suficiente… se le ha olvidado lo que es la ternura.

Consuelo no contestó; hacía tiempo que Manuel no elogiaba su belleza ni le decía cosas bonitas. ¿Acaso no lo merecía? Siguieron besos y luego… la primera infidelidad de su vida. Ni culpa le dio; se convencía de que hacía lo correcto.

Si tú fueras mi mujer, viviríamos juntos le susurraba Julián. A Mercedes, ni la veo. Ahora me pregunto si también no tendrá algún amante, con tantas horas fuera… Igual uno de esos maquinistas de Renfe…

Pero Consuelo recordó la tienda, se puso el abrigo y ya en la puerta oyó la voz de Teresa.

¡Hola, tía Consuelo!

Consuelo titubeó, pero reaccionó rápido.

Hola, Teresita. El pobre de tu padre andaba perdido cocinando, le he dado unas instrucciones, sin tu madre no da pie con bola.

Si ya lo sé, papá siempre anda hambriento cuando mamá está fuera por el AVE, por eso he venido con un taper y cosas del súper y entró a la cocina.

Bueno, yo me voy, que se hace tarde dijo Consuelo, y escapó sigilosamente.

Le hervía la sangre: nunca pensó que acabaría liada con el vecino que toda la vida le pareció tan fuera de su alcance. Ahora se sentía la protagonista de un culebrón. Y regresó una vez, otra… sin darse cuenta, empezaron los rumores en el pueblo.

Oye, últimamente te pasas horas en la tienda dijo Manuel con cierta mala leche un día. ¿Y qué hacías en casa de Julián?

Nada, solo ayudarle con los callos, que sin Mercedes no es nadie… Ah, y justo estaba su hija. Creo que también se va a casar.

Julián, por su parte, ya bromeaba sin filtro:

Si nos pillan, decimos que es amor del bueno y punto. Mercedes que se busque a su ligue, e Iván perdón, Manuel… y aquí las palabras sobraban, prefería un beso.

Ay, Julián, qué estamos haciendo… ya no tengo edad para enamorarme como una adolescente.

La edad no importa para el amor añadió él, abrazándola aún más fuerte.

El último gramo de vergüenza se disolvió: Consuelo sentía que merecía vivir ese amor, a pesar de todo.

Durante la segunda semana de sus escarceos, una tarde Manuel casi la pilla en casa de Julián. Tuvo que esconderse en la caseta y rezar para que no la descubrieran.

Aquella noche, el golpe fue directo. Manuel la confrontó:

Lo sé todo… Me lo ha contado Feliciano, que te ha visto metiéndote en el patio de Julián. Dentro de tres días es nuestro aniversario: reservas hechas, invitados confirmados… Y tú, mientras, enredando como una quinceañera.

Manu, perdona musitó ella, avergonzada. No sé qué me pasa. Ya sabes, los hombres a veces también os dais alguna alegría… Será cosa de la edad.

Él la miró como nunca.

Celebramos el aniversario, fingimos que todo está bien, y después cada uno por su lado. Se lo explicas tú a Fermín, que está a punto de casarse: su madre dando saltos de cama en cama.

Llegó el día señalado y todos se reunieron en el salón del ayuntamiento de Peñaranda. Consuelo, sentada junto a Manuel, resplandecía: vestido nuevo, labios rojo intenso, collar de perlas… Le lanzaba miradas furtivas a Julián, que acudió solo porque Mercedes aún viajaba por tierras gallegas.

No le importaban las miradas de medio pueblo, los cotilleos corrían como la pólvora. Consuelo les plantaba cara mentalmente.

¡Que miren lo que quieran, qué sabrán ellos de lo que es el amor verdadero! se decía, riendo por dentro.

Hubo brindis y hasta discurso de Julián:

Que los jóvenes celebren otros veinticinco años más juntos. Salud y que volvamos a vernos por aquí dentro de otros veinticinco, si es que queda vino.

Al finalizar la fiesta, Manuel tomó una decisión: había que hablar de divorcio, esto no podía seguir así, la situación ya era el comentario principal del pueblo. Y desde entonces, con Julián, ni agua.

Esta noche lo hablamos, cuando acabe de sacar las gallinas pensó Manuel, ya resignado.

Mientras él ventilaba su tristeza, Consuelo fue al ultramarinos, y de paso paró a desahogarse con Julián.

Entró en el corral y Julián, que salía del cobertizo, le hizo una señal.

Consuelo, quieta ahí.

¿Qué pasa? dijo ella, intrigada.

Ha vuelto Mercedes.

¿Y? ¿Le has dicho algo?

¿Decirle qué?

¡Pues que tú y yo…!

Baja la voz susurró Julián, mirando de reojo a la puerta. Consuelo, eres una mujer lista, esto era un pasatiempo. A Mercedes la quiero, ahora que ha vuelto me he dado cuenta. No tengo a nadie más, ni ella tampoco, y se acabó. Sabes cocinar, eres buena mujer, pero tienes tu casa y yo la mía.

Consuelo se mordió el labio, dio media vuelta y se fue, digna. Aquella tarde, la charla con Manuel fue definitiva.

Lo he decidido: nos separamos. Me has avergonzado.

Consuelo no pudo evitar las lágrimas. Manuel era su vida, y aunque la pasión se hubiera marchitado, podía recuperarse. Lo conocía de toda la vida, con sus virtudes y sus manías.

Manu, tenías razón: soy más tonta que una cabra. A saber qué se me ha pasado por la cabeza… Perdóname. Lo he entendido todo. Nuestro hijo se casa en dos meses, pasemos página y esperemos a los nietos.

Lo bueno que tiene Manuel es que sabe perdonar, y si acaso, quiere a Consuelo a su manera. El tiempo pasó y terminó por perdonarla. Ahora viven tranquilos, son abuelos y disfrutan siempre que Fermín y Lidia les visitan con los peques.

Julián sigue igual: cuando Mercedes se va de viaje, él se entretiene ahora con la Tere, la viuda del quinto, o vete tú a saber con quién. Pero por casa de Manuel ya no asoma. Mercedes se jubiló, siguen juntos, riñen como perros y gatos, las vecinas lo oyen todo, pero oye, cada nido tiene sus cascabeles.

Gracias por leer hasta aquí, por tus saludos y tu apoyo. ¡Suerte y mucha alegría a todos!

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Llegar a las bodas de oro: La historia de amor, rutina y tentaciones de una pareja castellana tras veinticinco años de matrimonio, con hijos independizados, vida de pueblo, y el inesperado despertar de la pasión a los cincuenta años