La nuera anunció que en la casa de campo no pensaba trabajar, pero el cosechón sí lo quería llevarse

¡Ay, Pilar Fernández, ya está usted empezando otra vez! Que habíamos quedado en que la casa de campo es para relajarse, recargar pilas y no para acabar reventada. Yo vengo aquí a respirar aire puro, no a poner el trasero en pompa plantada entre lechugas. Mire que justo llevo la manicura recién hecha, y encima la espalda echa polvo de tanto trabajar en la oficina. Toda la semana delante del ordenador para que ahora, encima, venga yo a darle a la azada en fin de semana

Lucía se ajustó el sombrero de ala ancha y, oculta tras unas enormes gafas de sol, se acomodó mejor en la mecedora del porche. En una mano sostenía un vaso alto de limonada fresquita, en la otra el móvil. Ni se dignó a mirar a su suegra, que estaba en medio del huerto, agarrada al rastrillo y secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Pilar Fernández suspiró como si le pesaran años encima. El sol ya apretaba aunque apenas era mayo, y la tierra reclamaba mimos. Las malas hierbas crecían a ojos vista, devorando las zanahorias y las acelgas. Allí al lado, en la siguiente fila, su marido, Antonio Ruiz, refunfuñaba y se estiraba la espalda de vez en cuando. Setenta años tenía ya, y la salud no la misma, pero seguía manteniendo que la tierra era lo único que de verdad te daba de comer.

Lucía, que tampoco te pido que desbroces media Castilla le dijo Pilar, intentando mantener la calma. Por lo menos echa una mano con las fresas, que sólo es un cuarto de hora y no puedo con todo. Mira qué jungla se ha montado. Y a Ignacio le haría ilusión comerlas limpias, que le gustan un montón

Ignacio, si quiere fresas, que se las compre en el Mercadona, Pilar replicó Lucía sin apartar la vista del móvil. Ahora hay de todo todo el año igual: fresas, frambuesas y hasta sandías en enero. ¿Para qué matarse? Con la de supermercados que hay, obsesionarse con el huerto es cosa del pasado. Económicamente, además, ni compensa. Entre gasolina, abonos, tu trabajo y la factura del fisio, ¡las zanahorias salen a precio de oro!

Esta conversación se repetía por lo menos cada mes desde que Ignacio, el único hijo de Pilar y Antonio, se casó con Lucía. La finca, que antes era el orgullo y el centro de la familia, se había convertido en el ring de dos maneras de ver el verano: Los mayores, con la idea de lo casero es lo mejor, y Lucía, urbanita hasta las trancas, sin comprender la batalla eterna contra el pulgón pudiendo pagar el doble en el súper para evitarse sudores.

Ignacio, mientras tanto, se peleaba con el carbón del asador. Trataba de no mojarse demasiado. Le daba pena ver a sus padres matándose a trabajar, pero tampoco estaba para enfrentarse a su mujer. Lucía era capaz de ponerse meses en modo semáforo rojo si se le cruzaba el cable. De hecho, a veces prefería madrugar él solo, levantar el huerto a escondidas y vivir tranquilo, aunque Lucía tampoco veía eso con buenos ojos. Aseguraba que se venía a la sierra a descansar, no a hacer de jornalero.

Anda, mamá, papá, dejadlo estar gritó Ignacio desde la barbacoa, dándole la vuelta a las brochetas. Ahora asamos la carne, comemos tranquilos Luego yo riego por la tarde.

Regar está muy bien, hijo asintió Antonio. Pero la maleza no espera Bah, Pilar, lo hacemos nosotros a ratos. Dios sabrá, si los jóvenes no quieren.

Pilar frunció el labio, sin decir nada. Se inclinó sobre las fresas y siguió arrancando hierbajos con furia. Lo que le dolía no era el trabajo: amaba la tierra. El dolor venía de otra parte. Ella y Antonio tenían la ilusión de que su casa de campo sería un nido donde el esfuerzo y la fiesta fueran cosa de todos. Pero ahora la pareja parecía más el personal de servicio para el retiro de lujo de los hijos.

El verano fue avanzando, el calor apretando, y cada fin de semana se repetía la misma escena: Ignacio y Lucía llegaban el viernes con la maleta, la carne adobada y, si era fiesta, alguna tarta. Lucía no bajaba del edredón antes de la una, luego salía al jardín en bañador, extendía su toalla en el césped (cortado siempre por Antonio) y se dedicaba únicamente a tostar el color. Pilar, mientras tanto, girando como una peonza: escardar, regar, abonar, fumigar y encima cocinarle sus famosos platos a toda la tropa.

Lucía, en la cocina, poco y nada.

Ay, Pilar, que ese cocido tuyo no me sale ni de lejos. Eres una artista, en serio. ¡Y esas empanadillas! ¡De escándalo! Tú sí que vales para MasterChef.

Pilar, ante el piropo, se emocionaba y se olvidaba del cansancio, volviendo alegre a los fogones, mientras la nuera hojeaba el Hola en la terraza.

Pero un día, al llegar la frambuesa, estalló la tormenta. Las matas reventaban de frutos, pero había que recogerlos ya o acabarían en el suelo. Pilar se levantó con un dolor de cabeza espantoso.

Lucía, por favor, recoge un poco de frambuesa. Si no, se pierde y yo quería haceros un bote de mermelada para el invierno.

Uf, ahí hay ortigas y los mosquitos son gigantes, Pilar. Mejor bajo a la tienda y te compro confitura, ¿te parece?

¡Que no quiero confituras industriales! no pudo más Pilar. Eso son potingues y colorantes. Aquí todo es natural, ¿tan difícil es dedicarle media horita?

¡Pues sí, es difícil! bufó Lucía. Yo no tengo contrato de recogedora de frutos del bosque, Pilar. Si quieres mermelada, la recoges tú. ¡Con la dieta ni la necesito!

Al final, Ignacio recogió las frambuesas a escondidas mientras su mujer se duchaba. Salió arañado pero con el cubo lleno. Pilar se le quedó mirando, viéndolo partido entre dos frentes, y le dolió en el alma. Preparó la confitura, rellenó la despensa, colocó los tarros con mimo y se dijo: Ya vendrá el invierno y veremos quién agradece el verano.

Agosto trajo una cosecha brutal de tomates. El invernadero era su orgullo y aquello daba más de lo que podían comer: tomates de pera, rosados, negros, amarillos Y luego los pepinos, crujientes, y los pimientos a rebosar.

La faena se multiplicó por tres. Había que procesarlo todo: se convirtió la cocina en una fábrica de conservas, con frascos hirviendo y el aroma a eneldo, ajo, y hoja de laurel flotando por la casa.

Lucía, entonces, no se despegaba de las sartenes:

¡Cómo huelen esos pepinillos! Ignacio se los ventila con las patatas fritas y ni se entera. ¿Has hecho pisto este año? El año pasado nos zampamos media despensa.

He hecho, sí contestó Pilar, abriendo más botes, con las piernas que ya le temblaban. Tendrás para rato.

Perfecto. Nos llevaremos unas cuantas. En el súper echan mucho vinagre y es incomible. ¡Tu receta es la mejor!

Pilar no dijo ni mu. Miró de refilón a Antonio, que pelaba cebollas en un rincón gritando ¡es por lo que tiene la huerta!. Él simplemente negaba, consciente de la situación.

Y llegó septiembre, la hora de recoger las patatas: el gran final de la temporada. La faena más dura; cavar, embolsar, guardar. Pilar tenía la esperanza de que los jóvenes, por una vez, arrimasen el hombro. Habían plantado para los dos hogares.

Pero por la tarde del viernes, Ignacio llamó, titubeando:

Mamá, este finde no podemos ir. Es el cumpleaños de una amiga de Lucía, cenamos en restaurante. ¿Podéis hacerlo vosotros? ¡O lo dejamos para la semana próxima!

El parte da lluvia, hijo susurró Pilar. Se va a pudrir la cosecha

Bueno, pues contratad a alguien. Yo os hago una transferencia. Algún paisano del pueblo.

Colgó. Los paisanos del pueblo ya tenían bastante con su huerta y los que iban, a saber con qué aparecían, así que a Pilar y Antonio no les quedó otra que apañarse ellos solos.

Fueron dos días duros de verdad. Volvieron a casa destrozados. Antonio cavaba, Pilar acarreaba. Paraban cada hora para beber Aquarius, untarse la pomada y tomar pastillas para la presión. Al acabar, 25 sacos de patatas hermosas. Y zanahorias, acelgas, calabacines y hasta calabazas. El sótano rebosaba: filas de mermeladas, tomates en conserva, pimientos asados, alcachofas.

Quince días después, con todo ya en orden y la finca lista para invernar, llegarón Ignacio y Lucía. Vinieron en coche, vaciaron el maletero de cajas y bolsas vacías.

¡Holaaa! Lucía estaba llena de energía. ¿Qué tal, chicos? Venimos a por el reparto del año. Ignacio, a por las cajas, que cargamos la despensa.

Entró en la cocina, abrió la nevera, mordió una manzana.

Están brutales este año, ¿no? Nos llevamos cinco cajas, que tengo la terraza libre. Patatas, otras cuatro bolsas para aguantar hasta Semana Santa. Y zanahorias, remolacha Las conservas me las bajo yo, a ver cuáles hay. Pimientos, todo tomate, pisto, y, por supuesto, la mermelada de frambuesa, ya que la has hecho.

Pilar los miraba desde la ventana. Se le encogía el alma recordando el calor, los mosquitos pegados al cuello, el peso de la regadera, la espalda de Antonio crujiendo. Se acordó de Lucía tendida al sol diciendo lo poco rentable que sale el huerto.

Antonio llamó Pilar.

Él acudió de inmediato.

Mira ¿Tú ves lo mismo que yo?

Lo veo, sí.

¿Y qué hacemos?

Lo que veas, Pilar. Aquí quien manda eres tú. Si hay alguien que se lo ha currado, eres tú.

Pilar se ató bien el pañuelo y bajó al porche. Ignacio estaba rebuscando en el cobertizo, Lucía daba instrucciones desde la entrada.

Espera, Ignacio dijo Pilar fuerte y claro.

Ignacio se giró, dudoso. Lucía se quedó a medio bocado.

¿Qué pasa, mamá? ¿Te hacen falta las llaves del sótano? Sé dónde las guardas.

No necesitáis llaves dijo Pilar con una calma tremenda. Y las cajas las podéis ir metiendo otra vez en el coche. Vacías.

¿Perdona? Lucía abrió los ojos como platos. ¿Pero si hemos venido a llevarnos el género? Que llega el invierno, mujer.

Eso mismo, Lucía. Llega el invierno. Y ya lo decía la fábula: “Quien no trabaja, no come”. ¿Te suena la cigarra y la hormiga?

Pero mamá Ignacio sonrió, pensando que era una broma. ¿Pero si hay kilos y kilos, si lo he visto yo? ¿No nos vas a dar ni un poco?

Pues claro que ha salido una buena cosecha asintió Pilar. Pero esa cosecha no es vuestra. Es nuestra. Nosotros la plantamos, regamos, desbrozamos y recogimos. Yo he hecho las conservas con una paliza encima de campeonato.

¡Pero somos familia! replicó Lucía bajando al empedrado. ¿Vas a negarle comida a tu propio hijo? ¡Esto es de locos! ¡Os sobra!

Si sobra, se pudrirá. O lo venderemos. O, mejor aún, lo daremos a los que sí han arrimado el hombro mientras tú te ibas de cañas. Pero a vosotros no os doy ni una sola cebolla ni un bote.

¿”Castigo ejemplar? rechistó Lucía, cada vez más aguda. ¿Nos vas a educar a base de hambre?

No es castigo, Lucía. Es justicia. Llevo todo el año escuchando que el huerto no compensa y que el súper es mucho más cómodo. Pues hala, al Eroski, que está todo limpito y con etiquetas. Aclara, que ni siquiera te tienes que lavar las manos.

Ya, pero lo de tienda es pura química balbuceó Lucía. Aquí todo es casero

Lo casero exige esfuerzo remató Antonio, saliendo y poniéndose junto a su mujer. Y aquí el que se mete en la cocina, tiene que remangarse. Tú no te has despeinado ni para ir a por frambuesas. Y ahora llegas con las bolsas como al mercado, pues no. Se cierra el chiringuito.

Ignacio se puso rojo. Sabía que tenían toda la razón. Se acordó de cuántas veces había mirado para otro lado, de las excusas, de los caprichos de Lucía.

Mamá, papá perdón dijo bajito. Entiendo lo que hacéis.

Vete, hijo respondió Pilar con voz temblorosa. No te lo tomes a mal. A ver si os dais cuenta de que no se puede solo pedir sin dar nada a cambio. El amor se demuestra en las acciones, y el respeto por el esfuerzo es la raíz de todo.

Ignacio les abrazó, fuerte y sincero, sintiendo las manos ásperas de su padre, y se marchó hacia el coche.

Arrancaron y se fueron. Regresó la calma y el viento barría las hojas secas por la finca.

¿Habremos sido demasiado duros, Pilar? murmuró Antonio, dándole un abrazo.

No, Antonio. Si no lo entienden así, creerán que las patatas crecen del aire.

Pasó un mes, y luego otro. Las llamadas de Ignacio se reducían a lo básico. Lucía, ni eso.

Llegó el crudo invierno. Pilar y Antonio, de vuelta en la ciudad, se alegraban al abrir el trastero y ver su reserva: patatas harinosas, pepinillos caseros, pisto de escándalo.

A mediados de diciembre, justo antes de Navidad, alguien llamó a la puerta. Era Ignacio. Venía solo, con una bolsa y un ramo de flores.

Hola, mamá. ¿Puedo pasar?

Claro, hijo, pasa. ¡Antonio, ven, que ha venido Ignacio!

Se sentaron en la cocina a tomar té con la mermelada famosa. Ignacio, visiblemente más delgado.

¿Y Lucía? preguntó Pilar cortés.

Bien trabajando. Se mosqueó mucho, como imaginas. Pero, mira, compramos patatas en una red del súper. Y sabían a suela. Aguachirri, insípidas y ennegrecieron enseguida. Los pepinillos industriales ni hablábamos Vino puro. Tuvimos que tirarlo.

Pilar sólo le rellenaba la taza.

Entonces le dije: ¿Ves? Eso es el precio de tu relax. Discutimos mucho, pero al final lo entendió. Y me dijo ayer: Igual nos pasamos. No quedamos bien. Tus padres curraron y nosotros, ni el aire. Por eso vengo abría la bolsa. Mamá, papá Aquí hay dinero. Hemos calculado el precio de mercado de los productos caseros. Tomadlo. Aunque no hayamos ayudado, compramos la parte que nos toque. Por lo menos seremos justos.

Antonio frunció el ceño, diciendo que a un hijo no se le cobra. Pero Pilar le posó la mano en el brazo:

Está bien, Ignacio respondió seria. Lo aceptamos. No como pago, sino como ayuda para la finca: semillas, arreglar el invernadero Así ponéis también vuestra parte.

Se levantó, se fue al armario y sacó la despensa de emergencia.

Antonio, vamos al trastero. Prepara una cesta para los chicos.

Le llenaron una bolsa: pepinillos, tomates, pisto, setas, patatas, zanahorias. Todo lo que un hijo puede llevarse con orgullo.

Gracias dijo Ignacio, embargado. Y Lucía y yo hablábamos. En primavera, en el puente de mayo, volveremos. Pero no a tumbarnos. Yo arreglo el invernadero, que ya tengo el material mirado. Lucía se ocupa del huerto y de las flores. Dice que la manicura aguanta si llevas guantes.

Así me gusta sonrió Antonio. Trabajo para todos hay. Y después de la faena, mejor sabe el vino y el asado.

Ignacio se marchó. Pilar, mientras veía la nieve desde la ventana, sintió alivio. Dura, pero necesaria, fue esa lección. El próximo verano, la finca volvería a ser nido de verdad. Donde todos ponen, todos reciben. Y hasta las patatas tendrían otro sabor, pensando que estaban hechas con manos de familia.

En Nochevieja, en la mesa de los jóvenes, había embutidos y conservas de casa. Lucía, sirviéndose setas, no soltó su qué rico de compromiso. Por primera vez, reflexionó en voz alta:

Ignacio, ¿y si el año que viene plantamos más calabacines? Encontré una receta de pisto que dicen es la caña. ¡La preparo yo!

Y ese fue el mejor regalo que le pudo dar Ignacio a su madre.

¿Y tú, de qué lado estás: de Pilar o de Lucía? Déjalo en comentarios y, si te ha hecho gracia la historia, dale a seguir, que todavía quedan historias para rato.

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La nuera anunció que en la casa de campo no pensaba trabajar, pero el cosechón sí lo quería llevarse