¿Pelusa? Yo la llamé Abeto. Esta mañana no paraba de corretear por aquí. Se notaba de lejos que estaba perdida. Y luego, de repente, se acurrucó a mis pies. Así que la subí al coche, pobre criatura, no fuese a coger frío me sonrió el hombre…
Clara, hija, ¿pero cómo puedes ser tan gafe? ¿Cuántas veces te he dicho que ese Alberto no era para ti? le soltó su madre a Clara, casi regañándola.
Clara se quedó allí de pie, cabizbaja. Y mira que hace poco había cumplido treinta y siete años, pero en ese momento se sentía como una niña pequeña llevándose un suspenso a casa.
Aunque lo que más le dolía era ese sabor amargo e injusto por ella, por su vida que no salió como esperaba, y por su pequeña hija. Porque justo antes de la Nochevieja, la magia de las fiestas se les había venido abajo, por quedarse de repente sin cabeza de familia.
Me voy de casa le soltó Alberto de repente una noche, como si hablara del tiempo. Clara tardó hasta en darse cuenta de lo que le estaba diciendo.
¿Que te vas dónde? preguntó ella, como por inercia, mientras le ponía el plato de cocido delante.
De verdad, Clara, es que vives en las nubes. ¡No pillas nada serio! ¿Cómo he podido estar tantos años contigo? puso los ojos en blanco Alberto, teatral.
Antes de que Clara pudiera reaccionar del todo, ya él mismo le estaba explicando la situación con pelos y señales:
¡Mira, que no aguanto más! Y encima tu perra siempre chillando, y la niña siempre con algo, y ya no hay romance ni nada, Clara. Mírate, ¿en qué te has convertido? remató Alberto, descargando su frustración.
Clara intentó ver su reflejo en las puertas del mueble, pero solo vio una silueta borrosa y asustada; las lágrimas le resbalaban y ahí se quedó, sola en la cocina.
A Alberto las lágrimas le daban entre pereza y rabia; lanzó una mirada al cocido, empujó la silla, y se puso con las maletas…
La perrita, Pelusa, notando el ambiente, no paraba de dar vueltas lloriqueando a los pies de su dueña, intentando consolarla.
Pues por fin voy a dormir tranquilo y sin tanto jaleo, anunció Alberto desde el umbral, la bolsa al hombro.
Pero Alberto, ¿y Candela? le susurró Clara, imaginándose lo que sufriría su niña de cinco años que dormía en su cuarto.
¡Ya te apañarás! Eres su madre, ¿no? le contestó, y con el aullido de Pelusa de fondo, cerró la puerta tras de sí…
Clara pasó la noche entera en la cocina, abrazada a la perra. Pelusa le lamía la cara, intentaba reconfortarla a su manera, porque sentía que algo grave había pasado.
Durante varios días, Clara no supo ni cómo contárselo a su madre. Esta llamaba de vez en cuando, preguntando cómo iban las cosas, y ella solo contestaba rápido que todo bien y apagaba el móvil.
¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo? Como te deje el sinvergüenza de Alberto, ¿de qué vais a vivir? dijo su madre, de visita.
Y ahí, Clara ya no aguantó más: rompió a llorar y le contó de golpe que nadie la había llamado para ninguna entrevista y que Alberto se largó hacía días.
La madre resopló, llevándose la mano al pecho. No se lo esperaba.
Si es que se veía venir. Cinco años juntos, una hija, y ni boda ni nada serio. ¡Ese hombre no era trigo limpio! soltó indignada.
Le daba pena su hija, claro, y también la nieta.
¿Y ahora qué, hija? susurró.
Ya veré qué hago. Lo más seguro es que intente entrar de cuidadora en la guardería de Candela, suspiró Clara, como resignada.
Ya me dirás tú cómo vas a llegar a fin de mes con un sueldo de cuidadora, y encima con la perra esa que criaste de la calle… No es que yo tenga nada contra los animales, pero hija… la madre bufó, claramente exasperada con Pelusa.
Estaba a punto de soltarle otra sentencia, cuando vio que a Clara se le llenaban los ojos de lágrimas.
Venga, no llores, mujer. Ya te echo una mano. Si hace falta, cuido yo de Candela le dijo, suavizando el tono.
Así pasó una semana más.
Clara Jiménez consiguió por fin un trabajo, y todas las mañanas iba con Candela a la guardería. La niña estaba encantada.
Mamá, ¿y si nos llevamos a Pelusa de ayudanta? Que abuela siempre está protestando porque tiene que sacarla, y a lo mejor Pelusa también sabe limpiar platos y vigilarnos durante la siesta decía la pequeña, sonriendo.
Clara se reía y la abrazaba, aunque no podía evitar que se le empañasen los ojos cada vez que Candela preguntaba:
Mamá, ¿tú crees que papá volverá antes de Nochevieja?
No se atrevió a confesarle la verdad. Le inventó un cuento de que su padre estaba de viaje por trabajo. Intentó hablar con Alberto para que viniese a ver a la niña, pero él siempre tenía prisa:
Clara, no me líes. Dile a Candela que soy agente secreto y me han mandado a una misión. No volveré pronto. Ah, y si ves mi corbata azul, dímelo, que no tengo nada decente para Nochevieja, decía, preocupándose solo por sus cosas.
Clara se quedaba un rato largo mirando al vacío después de aquellas llamadas. No sabía cómo afrontar aquel año nuevo, cómo contárselo a la niña.
Y entonces todo se precipitó: la abuela llevaba a Candela al ambulatorio, porque la peque estaba mejorándose de un resfriado, cuando, al doblar la esquina, se toparon de frente con Alberto.
¡Papá, papá! ¿Has vuelto? gritó ella, corriendo hacia él.
Alberto se sobresaltó; trató de esbozar una sonrisa y con suavidad le explicó a la peque que él y mamá ya no iban a vivir juntos. Luego se marchó deprisa.
Igual vengo a verte, si puedo dijo al irse.
Candela se quedó parada, con cara de piedra, y murmuró:
Pues mejor que no vuelvas…
Esa noche volvió la fiebre, y al par de días, tuvo que venir el médico.
Candela no quería hablar con nadie; y por la cara, ni ganas de mejorar tenía.
Seguramente es por el estrés dijo el médico al escuchar toda la historia.
Clara, llena de culpa:
Tenía que haberle contado la verdad desde el principio. Mi niña es lista, lo habría entendido, le decía a su madre, que negaba con la cabeza.
Entonces, otro drama más: la abuela, con prisas, bajó a Pelusa a la calle sin correa. Y, en cuanto la reprendió, la perra se giró y salió despavorida.
¡Anda, pues si quieres pasar frío en la calle, allá tú! Ya volverás gritó la abuela, marchándose rápidamente porque Candela necesitaba el jarabe.
Pero nada: la niña se negó a comer o beber hasta que volviese Pelusa. Por mucho que Clara le prometiera que encontraría a su amiga peluda, Candela fue tajante:
Cuando aparezca Pelusa, comeré.
Es culpa del modo en que la has criado, Clara. La tienes demasiado consentida; ya te lo advertí… empezó su madre.
Lo que deberías es haber prestado atención a Pelusa y no a decirme cómo debo educar a la niña le espetó de pronto Clara, que siempre fue tan callada.
¡Mira! Que todo lo hago por vosotras la madre se ofendió y se marchó, cerrando la puerta.
Clara se volvió a quedar sola. Anduvo dando vueltas por los alrededores toda la tarde.
Candela por fin se durmió en su camita, pero Clara aún tenía la esperanza de que Pelusa volviera, sin suerte. Tiritando, regresó a casa y al final se quedó dormida, entre sueños inquietos…
Candela se despertó temprano:
¡Mamá, he tenido un sueño! ¡Soñé con un abeto! Lo decorábamos y encontrábamos a Pelusa dijo, entusiasmada.
Clara sonrió con tristeza. En la mesa resplandecía un pequeño abeto artificial. Se acercaba la Nochevieja, y habían intentado preparar la casa lo mejor que podían.
Pero la niña estaba empeñada en que lo importante era que el abeto fuera de verdad, uno grande.
Así seguro que Pelusa vuelve, como en mi sueño lloraba.
Clara suspiró. Comprar un abeto natural no estaba ni de lejos en sus planes, ni en su presupuesto. Probó a llamar a su madre, pero esta se negó tajantemente a pasarse:
Prefieres a una perra antes que a tu madre, piénsalo bien, le soltó dolida.
Clara colgó y se resignó. Al menos, tenía el fin de semana para intentar arreglarlo.
Candela seguía mal, sin ganas de levantarse. Cuando todo parecía listo para la Nochevieja, al anochecer, la niña se echó a llorar:
No hay abeto, mamá. Y Pelusa tampoco volverá, lo mismo que papá…
Clara le acarició la cabeza, conteniendo el llanto. Le pidió a la vecina, una abuela adorable del bloque, que vigilara a Candela, y salió a la calle…
El aire gélido golpeaba la cara, y los copos bailaban en círculo a su alrededor. La gente iba y venía con bolsas llenas y sonrisas, pero Clara camuflada como un fantasma, solo buscaba a su perra.
¿Dónde te metiste, chiquitina…? susurraba mientras recorría las calles.
De pronto, llegó a un mercadillo donde quedaban ya casi sin abetos. Un señor, muy sobrio, ajustaba el gorro mientras vigilaba los tres últimos árboles.
¿Un abeto para la Nochevieja? Sólo quedan estos y hago una rebaja, le ofreció amable, con ganas de volver a casa cuanto antes.
“Seguro que en casa le esperan la mujer y los niños” pensó Clara, viéndole y sintiéndose aún más sola.
Justo entonces, una pareja joven se acercó y compró uno.
¿Y tú? ¿Te animas? Este es el último, dijo el hombre, señalando el árbol que quedaba y ofreciéndose a ayudarle a llevarlo.
Clara le miró con desespero. Ni siquiera llevaba suficiente dinero encima, ni con lo que tenía en casa llegaba.
La vergüenza le pudo, y entonces vio unas ramas tiradas en el camión.
Oiga… ¿me deja coger unas ramas… si ya no le hacen falta? se atrevió a pedir, casi en un susurro.
El vendedor la miró un momento y suspiró:
Llévatelas, claro. Te ayudo a coger algunas y sacó un gran puñado del camión.
Clara se lo agradeció tanto que se le escapó la explicación:
Es que la niña está malita… y sueña con un abeto, y la perra se nos ha escapado… está siendo todo, de verdad, muy poco navideño…
El hombre la escuchó, sorprendentemente atento. A él también le habían dejado hacía poco; sentía ese mismo vacío de celebrar fiestas solo.
Y entonces se acercó otro hombre:
¿Por cuánto vendes ese abeto? preguntó.
Ya está vendido, prueba con mi compañero, creo que le quedan respondió el vendedor, señalando hacia al lado.
Clara se quedó perpleja.
Te ayudo a llevar las ramas a casa dijo él, sonriendo de repente.
Y Clara, aún asustada, se dio cuenta de que no era tan serio como parecía.
Pero, si es que no tengo dinero… balbuceó.
Ya lo sé, le contestó, bajando la voz.
Entonces, ocurrió algo casi mágico: el hombre abrió la puerta del camión, y allí vio Clara a Pelusa, dormida, envuelta en un jersey de lana, medio despistada.
¿Pero… cómo está aquí Pelusa? preguntó Clara, al borde de las lágrimas.
¿Pelusa? Yo la llamé Abeto. Llevaba toda la mañana por aquí, perdida… y luego se quedó a mis pies y la metí en el coche, pobre. No quería que se congelara respondió sonriendo el vendedor.
Se llamaba Pablo. Era de los que adoran los animales y se llevaba genial con los niños.
En poco tiempo, la casa de Clara se llenó de un calorcito nuevo, como nunca habían sentido antes. Quizá era la magia de la Nochevieja, que había unido a dos almas buenas. O puede que fuera el destino
Solo sé que esa familia empezó a sentirse feliz. Y a Pelusa, de vez en cuando, seguían llamándola Abeto.







