Le reproché a mi esposo que vivía en mi piso; un fin de semana hizo las maletas y se marchó.

Le estaba echando en cara a mi marido que vivía en mi piso. Un fin de semana hizo las maletas y se marchó.

Hace poco, fui al pueblo con mi familia y escuchamos allí una historia curiosa. Es la siguiente. Se trata de Aurora, la exmujer de Gabriel. Su matrimonio duró más de veinte años. No conozco todos los detalles de su vida, solo lo que me han contado los vecinos del lugar.

Tras casarse, los padres de Aurora regalaron el piso a la joven pareja. En aquel tiempo, Gabriel trabajaba en una fábrica de muebles y Aurora en una oficina de la administración pública. Los sueldos no estaban mal; les llegaba para todo. Gabriel era muy manitas, arreglaba cualquier cosa en su nuevo hogar.

Tuvieron solo un hijo, un chico. De carácter complicado y poco simpático: travieso y demasiado seguro de sí mismo. La madre lo consentía en todo, mientras que el padre intentaba ponerle límites. Por eso siempre discutían. Gabriel insistía en que su hijo debía crecer siendo responsable e independiente.

Cuando Álvaro era niño, su padre intentó enseñarle a trabajar con las manos arreglos, pequeñas reparaciones, tareas cotidianas. Al principio Álvaro se interesó, pero pronto perdió el entusiasmo.

Aurora eligió otro método para criarle. Le decía a Álvaro que él no necesitaba esforzarse, que el trabajo manual no era lo suyo. Siempre le regalaba cosas caras. Así, el chaval se volvió cada vez más vago y acostumbrado a que todo le viniera dado.

Todo esto fue desgastando mucho la relación entre Aurora y Gabriel. Las discusiones se hicieron continuas. Cuando llegó el momento, Álvaro terminó el bachillerato y comenzó la universidad. Los padres pagaron sus estudios, pero a él no le gustaba estudiar y suspendía constantemente.

¿A quién tenemos aquí? ¡No quiere hacer nada! Está feliz dejando que todo el mundo le resuelva la vida. ¿También vas a buscarle tú el primer empleo? No, mejor, déjale a tu cargo para siempre. ¡Así no hay problema! le recriminó Gabriel a Aurora.

¿Por qué a mí? ¡También es tu hijo!
Ya no es un niño; en pocos meses cumple los dieciocho. Es un hombre; hay que dejarle buscarse la vida. Yo te avisé, pero nunca me escuchaste. Habría hecho de él un hombre, pero no me dejaste. ¿A quién has criado, entonces?

¿Y tú estás contento con tu vida? ¡Llevas años viviendo en mi piso! ¡Y todavía no te has comprado uno propio! Parece que no te apetece. Muy buen empleo, y ahí estás, exigiendo derechos. ¿Y eres tú quien me va a decir cómo criar al niño?

De eso precisamente hablamos. Jamás pensé que llegarías a reprocharme lo del piso. Déjame que te explique, querida: nos regalaron las llaves como presente de boda, y creía que era un hogar para los dos. He puesto todo mi esfuerzo en este lugar, mira cómo lo hemos dejado. No todo el mundo tiene la suerte de tener una vivienda tan buena. ¿Y ahora me sueltas esto? No me lo esperaba para nada.

Aurora suspira y sale de la habitación. Después de esta discusión, su relación terminó por quebrarse. Álvaro siempre se ponía del lado de su madre y, cuando su padre le pedía ayuda, nunca respondía. Siempre tenía alguna excusa: que si quedadas, que si mil asuntos pendientes. Gabriel se dio cuenta de que ya no le necesitaban en casa.

Así que un fin de semana, hizo la maleta y se fue. Resulta que llevaba toda la vida ahorrando, con la idea de comprar una casita y retirarse en calma. Soñaba con pasar la vejez con Aurora, cerca de un río. Gabriel se instaló en nuestro pueblo y tardó algunos meses en dejar el nuevo hogar a su gusto. Allí conoció a otra mujer: una viuda llamada Mercedes. Han pasado dos años. Ahora viven juntos.

¿Y qué fue de la exmujer y de Álvaro? Nunca se han puesto en contacto con Gabriel, ni una sola llamada. Así es la vida, a veces.

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Le reproché a mi esposo que vivía en mi piso; un fin de semana hizo las maletas y se marchó.